INTRODUCCIÓN

           Este apartado y recogido lugar de la historia donostiarra, empezó siendo un espacio dedicado única y exclusivamente a mis juegos de infancia. Incontables ocasiones me han servido estas venerables piedras de escondite o de atalaya guerrera contra un enemigo personalizado en algún entrañable amigo de la infancia. Corrí entre ellas, salte, me cansé y sudé como lo hace todo chaval… pero para mí no era más que un mero lugar de juegos y esparcimiento.

           Con el paso del tiempo pasó a gustarme tanto el lugar, que no había día, lloviese o no, que no lo visitase acompañado de mi fiel perro. Poco a poco empezó a conquistarme su encanto y romanticismo su historia escrita en piedra, su frondosidad… de manera que con estos ingredientes y el amor a nuestra tierra e historia inculcadas por mi padre, empecé, junto a él, a investigar un poquito. Fruto de estas inquietudes es el trabajo que a continuación os muestro, para disfrute de todo amante de la historia.

LOCALIZACIÓN

El Cementerio de los Ingleses de San Sebastián, se encuentra en la ladera norte del Monte Urgull, bajo su castillo. En el plano que adjunto, detallado en color rojo, se puede apreciar con claridad su posición exacta.

ORIGENES E HISTORIA

      No están claros los orígenes de este camposanto. Las tumbas actuales pertenecen a los militares muertos en acción durante la Primera Guerra Carlista y los movimientos insurreccionales de 1837, con la excepción de la tumba de Sara y su hija, de la que ya hablaremos más tarde. Hay algún resto lapidario que remontaría este cementerio a épocas de la Guerra de Independencia, pero lo más lógico es que los muertos notables de esta contienda se enterraran en el cementerio que precedió, al ya desaparecido cementerio de San Bartolomé, como mencionan algunas fuentes del siglo pasado.

      De todas maneras hay lápidas que pueden confundir al historiador y al visitante, como la que nos habla de Richard Fletcher y los ingenieros reales, o, sobre todo, los restos de losas que se encuentran en una esquina de la tumba de Sara Callender, formando parte de ella, en los que puede leerse claramente el nombre de los cuatro ingenieros reales muertos en 1813. A mi entender esto es una consecuencia de la casualidad y del reaprovechamiento del material de una tumba ya desaparecida, aunque no niego que es muy curioso y enigmático a la vez.

      La pregunta del “millón” sería: ¿Porqué se elige este emplazamiento?. Como buena e importante fortaleza, el castillo y su guarnición tendrían un cementerio propio, estrictamente militar y en terreno militar. Lamentablemente, este hecho no pasa de ser una simple conjetura, ya que no hay resto alguno que atestigüe este punto. De todas maneras, una explicación lógica y sencilla, a mi humilde entender, es que se eligiera este emplazamiento como consecuencia de una costumbre anterior. El sitio es muy apropiado para ello, ya que se encuentra protegido de cualquier ataque por tierra.

      Una gran incógnita es donde se encontrarían enterrados los franceses muertos durante el asedio de 1813, máxime, cuando se sabe que el cercano almacén de Bardocas fue habilitado como hospital militar por estas tropas. Su cercanía al lugar que nos ocupa, hace ganar puntos a la teoría de que ya se utilizaba como enterramiento en épocas anteriores.

      Hay que indicar también que en el bombardeo de 1813 a Urgull, fallecieron una treintena de soldados británicos que estaban como prisioneros en el Castillo. ¿Dónde los enterraron? Todavía nos queda otra incógnita, que también nos puede indicar dónde puede estar el hipotético origen del cementerio.

      El siguiente hecho de armas que comento, también perteneciente terrible sitio a que fue sometido el ejército francés por los ingleses en 1813, siendo calificado por Delmás y recogido por los historiadores Olavide, Alvarellos y Vigón , como un hecho de autentica barbarie por parte de las tropas británicas. En el almacén próximo a la batería de Bardocas se habían hacinado 26 oficiales y 340 soldados franceses heridos, que ni aún allí estaban protegidos de las bombas lanzadas por los morteros del Chofre. Los sitiados habían  izado una bandera negra como distintivo claramente indicativo de que era una zona con heridos, y para mayor garantía lo habían rodeado por prisioneros ingleses, cuyas casacas rojas debían ser bien perceptibles aún en la distancia. Romperemos una lanza a favor de las tropas de su graciosa majestad británica, aclarando que la falta de precisión en los disparos de la época pudo ocasionar esta pequeña matanza.

      Otra tesis apunta a que se utilizó como lugar de enterramiento durante la ocupación del castillo por las tropas francesas de la Guerra de la Convención, a finales del XVIII, aunque esta teoría, recogida por el historiador D. José Berruezo, carece de base documentada. Se basa en que el período de ocupación fue muy largo, ya que permanecieron en España unos cinco años, ocupando el castillo varios meses. La única argumentación que expone, y que yo comparto, sería la basada en que las convicciones religiosas de las tropas extranjeras les impedirían enterrarse en camposantos católicos. Pero hay que señalar al respecto, que ni el Diccionario Geográfico–Histórico de España, escrito por la Real Academia de la Historia en 1802, ni el Geográfico-Estadístico de España y Portugal de D. Sebastián Miñano, publicado en 1827, hablan de su existencia.

      El origen cierto del actual cementerio, lo encontramos en las descripciones que de este lugar hace Henry Wilkinson en 1838, un miembro del Real Colegio de Cirujanos, y a la postre cirujano de Legión Auxiliar Británica.

“Subiendo de la ciudad al castillo de San Sebastián, pasando un faro provisional y volviendo bruscamente por un ángulo de roca donde el sendero zigzaguea por el declive de la pendiente, nos quedamos asombrados ante la bravía y salvaje grandeza de la escena. Numerosos fragmentos gigantescos de peñas yacen en la falda del monte, en medio de una vegetación lozana y exuberante, y en lo alto, asoma ceñuda la fuerte ciudadela de San Sebastián. En medio de este imponente paisaje, que parece haber sido causado por alguna convulsión terrible de la naturaleza, en un pequeño y abrigado rincón, hoy tierra sagrada, inminentemente debajo de la prominencia escarpada y colgante sobre la cual se yergue el castillo, pueden verse numerosos montículos de césped, que marcan los lugares donde reposan los restos de muchos valientes oficiales de la Legión Británica. Se han erigido unas pocas y sencillas cruces de madera con los nombres de los que cayeron; pero incluso estas letras provisionales han comenzado a borrarse antes de que sus propios compañeros hayan partido, y dentro de muy poco tiempo el único recuerdo que permanecerá será el túmulo de césped que los amigos de los muertos hayan amontonado sobre ellos.”

      Este grabado del Coronel Townley nos puede dar una idea de lo que sería el cementerio en sus primeros tiempos, con estas tumbas “provisionales”, muchas en espera de la construcción de otra más digna, o simplemente, de la colocación de una lápida en lugar de una perecedera cruz de madera. Lo curioso de este gravado es su fecha de publicación en Londres, ya que data del año 1877, y para entonces las tumbas ya estaban hechas.

      El cementerio que actualmente conocemos se formó con las sepulturas de los oficiales británicos muertos durante la Primera Guerra Carlista. Estos oficiales formaban parte de la División Auxiliar Británica, que a las órdenes de Sir George de Lacy Evans combatieron y defendieron los derechos de Isabel II y los ideales liberales de quienes la apoyaban. Este cuerpo militar formado por más de 10.000 voluntarios de todo tipo y condición, actuó principalmente en la provincia de Guipúzcoa, teniendo como base de operaciones San Sebastián. Como ya he señalado también existe una tumba con civiles, y otra perteneciente a un militar español, pero estas las desarrollaré en el capítulo que titulo “tumbas mayores”.

      Se sabe que una vez terminada la Guerra Carlista, el cementerio quedó en un estado lamentable por el descuido  y abandono, desapareciendo inscripciones de las cruces de madera, e incluso estas.

      En el grabado superior, perteneciente a la obra de Henry Wilkinson, pude verse el conjunto de “las tumbas mayores”. Hay que comentar aquí la diferencia existente en la tumba de Tupper, que con fechas posteriores, seguramente, fue reformada. La más lejana es la del mariscal Gurrea, sufragada con el dinero particular de su viuda, sus hijos y su amigo personal, el teniente general Lacy Evans. Es importante indicar otro detalle, que ha dado pie a muchas equivocaciones, referente a las cruces que se pueden ver en primer plano. Estas no pertenecen a ningún tipo de enterramiento, ya que formaban parte del antiguo vía crucis que aún hoy se sigue celebrando en el monte una vez al año.

      Wilkinson ya menciona la existencia de catorce cruces de madera, significando cada una de ellas una de la estaciones de Cristo.

      Más arriba podía leerse una inscripción en mármol que rezaba:

ESTANDO EN LA PLAZA DE SAN SEBASTIÁN

LOS REYES AMADOS

FERNANDO VII

Y SU AUGUSTA ESPOSA JOSEFA AMELIA,

FUE RESTABLECIDA ESTA VIA CRUCIS

POR DISPOSICIÓN DEL EXMO. SEÑ. CAPIT. GEN.

D. BLAS DE FOURNAS, Y CON LA LIMOSNA DE LOS DEBOTOS,

PRESIDIÓ EL ACTO

EL Ymo. SEÑOR OBISPO DE CIUDAD RODRIGO,

CONFESOR DE LA REYNA;

DIA 10 DE JUNIO DE 1828

      De este Vía Crucis originario del siglo XVIII todavía se podían ver algunos restos a mediados del siglo XX, justo en los escalones números 34, 39 y 42, del camino que lleva hasta la galería de tiro.

      Resumiendo, diremos que la mayoría de los muertos enterrados en este cementerio pertenecen a la I Guerra carlista, que mantuvo la ciudad de San Sebastián sitiada. En sus alrededores se dieron importantes combates, como la derrota en la batalla de Oriamendi y la decisiva toma del alto de Ayete con el consiguiente levantamiento del cerco. También hay un muerto en las insurrecciones ocurridas en 1837 y en la toma de Andoain. Finalmente encontramos dos entierros de personas civiles que comparten una sola tumba.

      La batalla de Oriamendi fue un desastre para las tropas liberales, y un fuerte golpe para la moral de los habitantes de San Sebastián, ya que la reciente llegada de la Legión Británica parecía presagiar una rápida victoria. José Berruezo recoge este momento histórico:

           “Tan confiados estaban nuestros abuelos en el triunfo de las armas cristinas, que la noche del 15 de Marzo hubo jolgorio municipal, alegría patriótica, y hasta música por las calles. Santesteban, organista de Santa María,, compuso una marcha triunfal que la banda ensayó., Una tradición local, recogida por el padre Apalategui, dice que aquella música marcial, escrita para celebrar la presunta victoria,, fue hallada por los carlistas entre los papeles abandonados por los músicos, que, en unión de muchos donostiarras, habían subido al vecino monte para desde él presenciar la victoria de las tropas de la Reina, y que hubieron de emprender la huída a velocidad de campeonato. Los soldados de Don Sebastián se apoderaron de la partitura y, bautizada con el título de “Marcha de Oriamendi” es el himno que todos conocemos”.

      Por lógica tiene que haber enteramientos que no han llegado a nuestros oídos más que por el comentario popular. Entre los anónimos entierros, hay una leyenda que dice más o menos….

“En el cementerio de los Ingleses de San Sebastián descansa una víctima del amor y no de las balas. Un oficial de la Legión inglesa, de origen irlandés, apuesto y garrido, que se hallaba acantonado con su regimiento en Ategorrieta, en el grupo de casas que el pueblo conocía como Westminster Square, y que se enamoró perdidamente de la dueña de su alojamiento, una mujer casada y de “rara” belleza. Él requirió sus amores, y se cree que fue correspondido. Una noche, el cuerpo del oficial apareció acribillado a cuchilladas junto a la fuente del Chofre, siendo rápidamente enterrado en el cementerio del monte Urgull. Años después, en el barrio que conocían nuestros antepasados como Puertas Coloradas (Ategorrieta), se veía correr entre los muchachos morenos a uno rubio, “como unas candelas”, al que las malas lenguas bautizaron con el nombre del “inglesito”.”

CEREMONIA DE “INAUGURACIÓN” DE 1924

      En los actos de la conmemoración del centenario de 1813, se procedió a una restauración del lugar, que debía encontrarse en total abandono. Posteriormente, con la enajenación del monte y castillo (8 junio 1821), puede leerse en un documento posterior de fecha 24 de Agosto, que quedaban exceptuados de esa enajenación, el terreno llamado “tumbas de los ingleses” y las edificaciones declaradas monumento nacional. Este litigio, creo que aún se encuentra sin resolver.

      Este cementerio fue inaugurado oficialmente casi un siglo después de la apertura de sus primeros nichos, exactamente el 28 de Septiembre de 1924. Junto a las tumbas ya existentes, se levantó un gran monumento que había pertenecido al desmembrado monumento del Centenario, de 1913, situado en Alderdi Eder, frente al actual ayuntamiento. Se trata de un grupo escultórico representando a soldados de la guerra de independencia mientras arrastran un cañón, junto a la pared de una muralla con garita.

      El estado del cementerio no debía de ser muy bueno, así que a iniciativa del general Don Juan Arzadun Zabala, Gobernador Civil y Militar de Guipúzcoa se hicieron importantes obras, para que ese lugar fuera digno de los restos allí enterrados. La “reinauguración” de este cementerio se debe sobre todo a la actuación de este militar nacido en Bermeo en 1862, y fallecido en la misma localidad en 1950. Era amigo de Unamuno y tío abuelo del famoso escultor Néstor Basterrechea. Fue honrado por el Rey de Inglaterra con el título de Sir y su señora Lady.

      La mismísima Victoria Eugenia, reina de España, asidua veraneante en nuestra ciudad, descorrió una bandera que cubría una gran lápida de piedra, escrita en español e inglés, bajo sendos escudos de ambas naciones, coronada por un águila de bronce, que rezaba:

“A la memoria de los valientes soldados británicos que dieron la vida por la grandeza de su país y por la independencia y libertad de España”.

      En otra inscripción algo más baja también puede leerse:

“Inglaterra nos confía sus gloriosos restos. Nuestra gratitud velará su eterno reposo”

En la fotografía de arriba puede verse los dos cañones que fueron regalados, uno por el gobierno inglés, y otro por el museo de artillería, detrás de los cuales se ve, a ambos lados de la inscripción de la pared, la cortina que descubrió su majestad la reina. Los asistentes a este acto, saludan militarmente el momento de la interpretación de los himnos nacionales.

En la fotografía superior se puede ver a la reina Victoria Eugenia delante de la tumba de Sara Callender.

      En el momento en que la tela dejaba ver las inscripciones, sonaron, como ya he señalado, los himnos de España y el “Dios salve a la Reina” de Gran Bretaña, a la vez que eran honrados por las tripulaciones de los buques Malcolm (Destructor de 1200 tm. Y 165 hombres de tripulación) y del Reina Victoria Eugenia, anclados en la bahía de La Concha y puerto de Pasajes respectivamente. Después participaron en un desfile militar conjunto, al que se sumó un batallón del regimiento de Sicilia, de guarnición permanente en San Sebastián.

Momento en que la Victoria Eugenia saluda la bandera. Detrás puede verse a la reina María Cristina.

      Entre la ilustres personalidades asistentes al acto, destacamos a la mencionada reina Victoria Eugenia, a la reina viuda María Cristina, al entonces príncipe de Asturias Don Juan y su hermano el infante Don Jaime, al enviado especial por el gobierno inglés, Sir Oman, y el embajador de este país en Madrid. El embajador de España en Londres, señor Merry del Val, y al embajador de los Estados Unidos de América.

      Sir Charles Oman, profesor de la Universidad de Oxford, representante oficial del Imperio Británico en la solemne inauguración del Cementerio de los Ingleses, leyó su discurso y dijo lo siguiente:

“Oficiales y soldados británicos que han muerto luchando por su país, o aliados con las tropas de otros países, se hallan enterrados en diferentes partes del mundo. Pero es seguro que ningún soldado británico tiene un lugar de reposo tan noble y extraordinario como este cementerio del Monte Urgull.”

      Como anécdota es digno mencionar los enormes problemas que tuvieron los cocheros, maniobrando los carruajes, por las empinadas cuestas del monte. Muchos de ellos desistieron, dejando los carruajes en el entonces llamado Paseo del Príncipe de Asturias, es decir, nuestro actual Paseo Nuevo. Fue un día caluroso, lo que originó que muchos invitados que subieron andando, sufrieran por culpa de los uniformes y trajes engalanados que portaban para la ocasión. Pero eso sí, el camino estaba adornado con banderolas y gallardetes, como requería tan solemne acto. Algunas de las personalidades que subieron andando fueron el Alcalde de la ciudad, acompañado por sus maceros, el embajador inglés, el embajador español en Londres, y el gobernador militar de la plaza.

      A las diez y media en punto comenzó la ceremonia, coincidiendo con la llegada en carruaje la reina Victoria Eugenia, la reina María Cristina, los infantes y diversas personalidades de la nobleza y corte española.

      Los discursos corrieron a cargo del general Arizcun, gobernador militar, Sir Omar, quien leyó un mensaje de su rey, Jorge V, mostrando su gratitud por el acto que se celebraba y el alcalde de la ciudad D. Juan José Prado, quien dijo textualmente:

“Decid a vuestra nación que el pueblo de San Sebastián, Hidalgo y caballeroso, sabe prometer y cumplir lo prometido… por eso, decid a vuestro pueblo que tenga la seguridad de que los restos de sus hijos que hoy deja entre nosotros serán tan venerados como si fueran hijos nuestros”.

“Con profunda emoción y respeto asistimos hoy a la visita que la Madre Inglaterra hace al cementerio de los suyos, y antes de que abandone su recinto, le prometemos, para su satisfacción y para su consuelo, que el beso que hoy deposita sobre las tumbas será renovado todos los años, con la misma efusión y el mismo cariño que si de hijos nuestros se tratara. Cada donostiarra llevará en su corazón grabadas las palabras: Inglaterra nos confía sus gloriosos restos. Nuestra gratitud velará su eterno reposo.”

      Una vez terminada la ceremonia, el cementerio quedó relegado a un segundo plano, quedando en poco tiempo su estado en total abandono, sufriendo la desaparición de algunas inscripciones, y el ocultamiento y consiguiente olvido de otras, aún hoy existentes, a consecuencia de movimientos de rocas y desprendimientos. Esta situación se mantiene hasta 1963, cuando en la celebración del 150 aniversario de 1813, se procede a una restauración a fondo del mismo.

      Después, nuevamente, pasa otra vez al olvido, hasta que en 1987, varias tumbas sufren una violencia incontrolada e irracional, a resultas de la cual,  la tumba del mariscal Gurrea es tirada al suelo, a la vez que se intenta violar el reposo de los dos coroneles ingleses.

TUMBAS MAYORES 

COR. OLIVER DE LANCEY (15 de Marzo 1837)

      Era primo del coronel Guillermo Tupper, que descansa en la tumba de al lado. Cayó mortalmente herido en la batalla de Oriamendi el 15 de Marzo de 1837.

      El estado de la sepultura es lamentable, ya que al deterioro de las inscripciones, cada vez menos legibles, hay que añadir que en las anteriores restauraciones nunca se procedió, no entiendo el porqué, a la colocación de la cruz que originalmente coronaba el monolito.

COR. GUILLERMO TUPPER (5 de Mayo 1836)

                       Primo hermano del anterior, Tupper  era Teniente Coronel del 6º Regimiento de escoceses. Durante la batalla del alto de Ayete, recién llegada la Legión Británica a San Sebastián, fue herido en un brazo, pero cubrió la herida con su capa para no desmoralizar a la tropa, siguiendo en la lucha durante dos horas más, hasta que una descarga de fusilería lo alcanzó en la cabeza, muriendo casi instantáneamente. Estos hechos ocurrieron el 5 de Mayo de 1836.

                       Al igual que su primo el coronel Oliver de Lancey, tras fallecer Tupper en el hospital militar de San Sebastián, seguramente San Telmo, fue enterrado en el lugar en que cayó, conocido como Aizerrota o Molino de Viento, siendo trasladados sus restos un año después, a su lugar de descanso definitivo en el Cementerio de los Ingleses.

                       Se había alistado en la Legión en el mes de Julio de 1835. El 1º de Septiembre de ese mismo año recibió un desafío por parte de los carlistas, en el que le proponían un enfrentamiento singular. Mil quinientos hombres de cada bando se enfrentarían sin ningún tipo de ayuda exterior, hasta la total aniquilación de una de las partes. Tupper contestó que no aceptaba desafíos de gentes que solamente sabían luchar mediante emboscadas, pero que en campo abierto, estaría dispuesto a enfrentar su regimiento, compuesto por unos seiscientos hombres, contra mil de los carlistas. El desafío no fue aceptado. Esta anécdota es recogida  por John Richardson, en su publicación “Movements of the British Legion”, Londres, 1837, pág. .

                       Otra curiosa anécdota con nuestro coronel como participe, ocurrió durante la marcha realizada por la Legión  desde el 31 Octubre 1835 al 3 de Diciembre del mismo año, finalizada tras su llegada a Vitoria. Cuando aún se encontraban en terrenos colindantes con las levantiscas provincias vascas, Henry Wilkinson, cirujano de la Legión, acudió al Coronel Tupper para informarle de la existencia de una joven en estado parturiento, y que sin la ayuda de uno de nuestros cirujanos corría gran peligro su vida y la de su bebé. Adjudicó el coronel una escolta de treinta hombres para que el señor Jenner, cirujano ayudante del 6º Reg. de Granaderos Escoceses la atendiera correctamente. Esta medida era algo peligrosa, ya que el grupo se quedaría separado del principal cuerpo, en la retaguardia, muy expuesto a un ataque enemigo. Afortunadamente, las tierras en que se desarrollaron los hechos aquí narrados, no eran favorables a la causa carlista, por lo que todo transcurrió con normalidad. La muchacha, de diez y siete años de edad, dio a luz a una niña preciosa. El señor Jenner ofició como padrino en su bautizo, siendo llamada la niña Isabel Medina de Pomar Berry (puede que haya adoptado como nombre el de la población donde vio por primera vez la luz, Medina de Pomar).

Esta curiosíma fotografía es fruto de una de las muchas colaboraciones de D.Gregorio Lacort en el Boletín de Información Municipal.

      El panteón contiene una inscripción en español e inglés, una en la cara norte y otra en la sur, que dice:

CONSAGRADO A LA MEMORIA DE

GUILLERMO L.M. TUPPER

CORONEL DEL 6º ESCOCESES B.A.L.

Y ANTES DEL REG. Nº 25 DE S.M.B.

QUIEN A LA CABEZA DE SU CUERPO

A LA TOMA DE AYETE

EL 5 DE MAYO DE 1836

CAYÓ HERIDO MORTALMENTE

A LOS 32 AÑOS DE EDAD

MARISCAL DE CAMPO MANUEL GURREA (29 de Mayo 1837)

      Es el único de los personajes enterrados en este camposanto que tuvo representación familiar, gracias a un descendiente suyo, D. Joaquín Bellsolé Gurrea, en la inauguración del cementerio el año 1924.

      Se trata de Manuel Antonio de Gurrea, nacido en Olite (Navarra), el 19 de Julio del año 1790,  el único español que descansa en este cementerio británico. Este hecho, seguramente, se deba a su gran amistad con Lacy Evans, general en jefe de los británicos, quien le dedicó la lápida que adorna su tumba.

      Fue muerto intentando tomar el puente de Andoain, el 29 de Mayo de 1837, montado en su caballo, y a la cabeza de las tropas liberales, cuando una descarga le destrozó la cabeza. El hecho de encabezar el avance y la enorme corpulencia de este oficial (medía 2 metros), facilitaron el tiro a los fusileros carlistas. Su cuerpo fue traído hasta San Sebastián, velándose en un piso de la calle 31 de Agosto, ocupado hasta fechas recientes por el Circulo Riojano. De allí se le trasladó al monte Urgull para darle  cristiana sepultura.

      La lápida que adorna su tumba tiene un grabado en el que se le representa a lomos de su caballo cruzando un puente, con un brazo en alto blandiendo una espada.  No hay que ser muy inteligente para saber que se trata del de Andoain. Su estado general no está tan deteriorado como algunas de las tumbas que le rodean, ya que ha sufrido hace poco una restauración, pero la representación mencionada anteriormente presenta el inequívoca muestra del intento de “damnatio memoriae” de algún descerebrado o “salvapatrias”.

      Vamos a conocer algo más de este personaje. Durante la Guerra de Independencia estuvo a las órdenes del Prior Uxue, formando parte de la activa guerrilla navarra.  Posteriormente siguió militando en las guerrillas navarras, pero esta vez a las ordenes de Javier Mina, para más tarde, una vez reorganizadas por Espoz y Mina seguir luchando bajo este nuevo mando, encargándose, de manera personal, de la creación de una guardia personal para este cabecilla militar, cuerpo que acabó convirtiéndose en el Regimiento de Cazadores de Navarra.

      De tradición completamente liberal, tuvo que exiliarse en Francia tras el advenimiento del absolutismo más reaccionario de Fernando VII. Con la llegada del Trienio Liberal, formó nuevamente parte del ejército con rango de coronel. Finalmente, tras la llegada de los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis” en 1823 con la intención de proclamar otra vez el absolutismo como forma de gobierno en España, luchó infructuosamente contra ellos, no teniendo más remedio que exiliarse por segunda vez. En el exilio, esta vez en Londres, ya que la procedencia de las tropas invasoras era principalmente francesa, se reúne con su viejo amigo Espoz y Mina.

      El año 1830 fue convulso en cuanto a insurrecciones militares, al igual que su década, entrando al mando de un ejército por Aragón, mientras que Espoz y Mina lo hacía por Navarra.

      Al comenzar la Primera Guerra Carlista, formó inmediatamente junto a las tropas liberales, participando en la batalla de Luchana, al lado de su amigo personal, el general Espartero, hasta su muerte en acción durante el intento, como ya he mencionado anteriormente, de tomar el puente de Santa Cruz de Andoain, persiguiendo a la expedición carlista del infante Don Sebastián.

Esta lápida es una reproducción de la original, destrozada en 1993 por otro acto vandálico. Hay un error, ya que el general inglés se apellidaba Lacy Evans, y no Ewans.

      Fue comandante general de la primera división del ejército del norte y posteriormente de la segunda. El día de su muerte actuaba como ayudante del mismísimo Espartero.

      En su tumba se puede ver una inscripción que reza:

“AL MARISCAL DE CAMPO

D. MANUEL GURREA

MUERTO EN LOS CAMPOS DE ANDOAIN

EL 29 DE MAYO DE 1837, SU ESPOSA,

SUS HIJOS, SU AMIGO EL GENERAL LACY EVANS”.

Grabado que representa el momento en que es herido de muerte.

La siguiente fotografía data de finales del s.XIX, tomada por F. López Alen, fotógrafo aficionado, cronista de la ciudad, escritor, pintor, periodista, y un largo etcétera, (firmaba bajo el pseudónimo Mendiz Mendi).

TUMBA DE SARA Y MARIA MATILDE (1836-37)

      En esta tumba descansa Sara y su hija de corta edad, que llegaron a nuestro país siguiendo los pasos de su amado esposo, John Callender, médico cirujano, Inspector General de los Hospitales de la Legión, sin pensar que reposarían en ella para la eternidad. Sara falleció en San Sebastián el 31 de Mayo de 1837. Su hija, María Matilde había fallecido con anterioridad en la ciudad de Santander a la temprana edad de 22 meses.

      La tumba original no tenía a su alrededor verja, siendo esta incorporada al conjunto más tarde.

 

   

      A consecuencia de uno de los ataques sufridos por este conjunto histórico, la tumba perdió su inscripción en lápida de mármol el año 1993 (foto anterior), no siendo restaurada hasta el momento por las autoridades municipales. En ella se podía leer:

 

 

A LA SAGRADA MEMORIA DE SARA, LA ADORADA Y QUERIDA

ESPOSA DE DON JUAN CALLENDER, CIRUJANO DEL

EJERCITO DE S.M. BRITÁNICA, INSPECTOR GENERAL

DE LOS HOSPITALES B.A.L. FALLECIÓ EN

SAN SEBASTIÁN, EL 31 DE MAYO DE 1837, A LA

EDAD DE 33 AÑOS. ASÍ MISMO AQUÍ YACE MARÍA

MATILDE (…..ILEGIBLE…..)

FALLECIÓ EN SANTANDER, EL 19 DE ENERO

DE 1836, A LA EDAD DE 22 MESES.

THEII INFANT DAUGHTER WHO DIED AT LONDON

      Es curioso que esta tumba, ahora anónima, haya despertado tanto la imaginación y ternura de los donostiarras y visitantes que tuvimos la oportunidad de leer la lápida. Por este motivo, no es de extrañar que algunas veces se encontrase sobre ella un marchito ramo de flores, hecho recogido por D. Manuel Celaya en el Boletín de Información Municipal de 1962. Lamentamos que esto ya no ocurra, pero comprendemos que el visitante, o nuestras nuevas generaciones, desconocen la romántica y triste historia que estas desvencijadas piedras esconden en su interior, como consecuencia de la dejadez de nuestro ayuntamiento.

      En la base de esta tumba, exactamente en la esquina derecha mirándola de frente (ver fotografía anterior), aparece una lápida de arenisca, utilizada seguramente para completar el suelo de la tumba con motivo de la reinauguración del cementerio en 1924. Existe la posibilidad de que este trozo de arenisca perteneciera a un antiguo mausoleo levantado en Aitz Errota en honor a los ingenieros reales muertos en 1813. Sobre la existencia o no de una sepultura donde repose Sir Richard Fletcher en nuestro cementerio, hablaré al final de este articulo.

TUMBAS MENORES

Ayudante F.C. EBSWORTH (4 DE Julio de 1837)

      Durante muchos años su lápida estuvo desaparecida, no pudiendo situarse con exactitud su enterramiento en el cementerio. A comienzos de la década de los ochenta, el autor de estas líneas, tal vez como anticipo de lo que sería su futura profesión, la descubrió tirada y enterrada por tierra y vegetación. La cara principal de la losa se encontraba en perfectas condiciones, me acuerdo que me sorprendió el hecho de que parecía estar recién hecha. Esto era motivado a que esta se encontraba mirando al suelo, por lo que siempre ha estado protegida de las inclemencias meteorológicas. En estos treinta últimos años, ha sufrido más que en los 150 anteriores, una lástima. Su actual situación es fruto de la casualidad, ya que el ayuntamiento la recolocó de manera aleatoria y a capricho, pero, sinceramente, no había ningún dato o reseña que diera pistas de donde se encontraba situada originariamente. He de decir que se encuentra a escasos dos metros de donde la encontré.

      Como recoge en su obra el historiador Jesús María de Arozamena, esta es una de las tumbas que pertenecen a los caídos en los movimientos insurreccionales de 1837.

El Conde de Mirasol.

      Su muerte se produjo en uno de los movimientos insurreccionales de 1837, contra los que destacó luchando el entonces brigadier O’Donell. Ebsworth era el primer ayudante del General, Conde de Mirasol, sucesor en el mando de Lacy Evans.  Las tropas que mandaba este general, compuestas de granaderos y cazadores del Regimiento de la Princesa se habían sublevado contra los mandos, principalmente en la localidad de Hernani, al no recibir puntualmente las soldadas que les correspondían. Ebsworth fue muerto por un soldado español, de la segunda compañía de cazadores, curiosamente una de las pocas que sí había recibido la soldada, al interponer su cuerpo para salvar a su general de un disparo durante una insubordinación ocasionada por dicha falta de pagas. Este hecho de enorme valentía y arrojo suicida, aconteció el 4 de Julio de 1837, seguramente en la misma plaza de Hernani. Además de la muerte del ayudante del general y un cornetín de órdenes, resultó herido el general Rendón, otro de sus ayudantes, el capitán Tellería, del cuerpo de artillería, lo mismo que varios soldados del Infante.

      El año 1835 (3 Sept.),  Francis Crook Ebsworth formaba parte del 4º Regimiento de Granaderos de Westminster ,con el rango de Mayor, aunque otras fuentes también lo sitúan sirviendo en el 5º regimiento por esas fechas. Posteriormente fue destinado al 10º Regimiento, como ayudante del General Santa Cruz., exactamente el 15 Septiembre de 1836, con rango de Teniente Coronel.

      Esta insurrección fue valientemente sofocada por el propio O’Donnel, a riesgo de su vida, hecho que le otorgó la faja de mariscal de campo a petición del mismísimo Espartero.

      Ebsworth era miembro de la Real Orden de San Fernando.

TUMBA COLECTIVA

     Su estado es muy malo, ya que se trata de una lápida de arenisca, expuesta totalmente a la cara norte de nuestro castillo. Lo que pudimos descifrar de la misma en la década de los 90 es:

SACRED

TO THE MEMORY OF

JOHN NEWMAN. (Guinier) RE

None At

DAVID HOWARD GER. M. A.

D.V.   1837

JOHN GATES. Sergeant R.M.A.

d    a

HENRY BREXHOUS

BENJAMIN SMITH

JAMMES KEATES  R M A

1835

Jcgda  C. R.M.A.    D

      Como puede apreciase en la fotografía, se está produciendo un descascarillado en la cara principal de las inscripciones, pudiendo perderse estas para siempre.

TENIENTE H. BACKHOUSE  (1 de Octubre de 1836)

      Hay dos posibilidades, una es que la  tumba se encontrara en el suelo, a los pies de la placa, o que fuera un sencillo homenaje dejado aquí por sus compañeros de armas.                     

      La Lápida, a día de hoy, se encuentra totalmente ilegible. En un estudio y recogida de datos que afortunadamente realicé con mi padre en la década de los 90, sirve ahora para saber lo que decía, más o menos, la inscripción. No pudimos descifrarla entera, ya que su estado era bastante malo.

LIEUTENANT HENRY BACKHOUSE

SACRED

TO THE MEMORY OF

OFIIN? HORSE ARTILLERY

BACTISH? AUXILIARY LEGION OF SPAIN

C  ANDOF? THE W OUR MAJESTY

WHO WAS KILLED IN ACTION

FENDNGTHE? LINES

ON TIU OC

      Se trata del teniente de artillería a caballo Henry Backhouse, quien resulto muerto el 1 de Octubre de 1836, mientras se encontraba en plena acción al mando de una batería de cohetes.

En la parte superior de la misma se puede apreciar una cruz de San Fernando.

LÁPIDAS Y MONUMENTOS DESAPARECIDOS

TUMBA DE PEDRO JOSÉ de BERASALUCE y ELORZA (1866)

      Fue Gobernador General del Castillo. Falleció en 1866, no existiendo una explicación razonable del motivo por el cual se destruyó su sepultura. Esta desapareció totalmente, y su blasón, tallado en una pared rocosa cercana también, disimulándose cualquier resto del mismo en la posterior restauración al colocarse la placa de “Honor a los héroes que sólo Dios conoce”.

      En las fotografías de arriba se puede apreciar una tumba que no existe en la actualidad. Creemos que pueda tratarse de la tumba de Berasaluce, pero esto es una simple suposición, ya que no hay documentación al respecto. También podría tratarse de la tumba del antiguo Gobernador del castillo Latasa.

      El historiador Federico Bordejé Garcés en 1952 escribía lo siguiente:

           “Como detalle singular de este abandono haremos constar la desaparición de algunas lápidas como la del gobernador del castillo Latasa situada en el lugar exacto donde falleció. Y la poética tumba de Don Pedro de Berasaluce y Elorza, muerto en 1866, situada al pie de una gran peña y sombreada por un árbol que le proporciona la mayor belleza. Dicha lápida se hallaba encuadrada también por su blasón, lo que no impidió que al restaurar el cementerio de los ingleses, se colocara en dicha tumba otra lápida dedicada a los muertos que sólo Dios conoce, a pesar de lo bien que conocemos al personaje allí enterrado.”

TUMBA DE LATASA

      Lo poco que se sabe de ella ya lo he expuesto en la descripción de la anterior tumba.

TUMBA DE COURTENAY CHADWICKE (1836)

      Teniente del 3er Regimiento de la Legión Aux. Británica, muerto en la batalla de Ayete el 5 de Mayo de 1836.

      Tenía una dedicatoria cariñosa de parte de sus compañeros de armas, en la que se le mencionaba como “el pobre Court”. Su lápida se encontraba casi enfrente de la que señalaba la inauguración del Via Crucis por Fernando VII. En ella se podía leer:

CONSAGRADO A LA MEMORIA

DEL POBRE COURT,

QUE CAYÓ EN DEFENSA DE SU BANDERA

EN LA BATALLA DE

AYETE

EL 5 DE MAYO DE 1836.

LA BELLEZA Y LA AMISTAD

LE LLORAN SINCERAMENTE.

OTROS ENTERRAMIENTOS NO LOCALIZADOS

                       Entre los oficiales enterrados en el castillo hay que nombrar a un joven y valiente oficial llamado Dupont. Era alférez del 1º Regimiento desde el 8 de Julio de 1836. Fue herido en la batalla de Oriamendi el 16 de Marzo de 1837, y según Somerville falleció el 16 de Mayo de 1837, aunque el médico militar Henry Wilkinson retrasa su fallecimiento algunas fechas. Este cirujano nos relata así el encuentro con el joven Dupont, el día siguiente a haber sufrido la pérdida de la pierna.

                                   “Me recibió de un modo extraño, evidenciando la más filosófica indiferencia por su seria pérdida.

- Mala suerte… Pero ése es el destino de la guerra… ¡Eran de esperar los golpes fuertes…! ¿De qué serviría lamentarse ahora? Nunca me ayudaría a recuperar la pierna perdida, y ciertamente sería perjudicial para mi recuperación.-

Tales eran sus palabras, y no había nada de fingido en aquella actitud; su talante era natural, tranquilo y franco, y no se puede sino admirar tan sorprendente sangre fría. Puedo ya terminar aquí su historia. Las tres o cuatro semanas que permaneció en Irún siguió mejorando. Cuando transcurrió este período, se reunió a los oficiales heridos de los diferentes hospitales, los embarcaron en el Bidasoa, y fueron conducidos por mar hasta San Sebastián. Recuerdo que me comunicaron su llegada y me apresuré a ofrecer mi ayuda para su traslado. Hallé el barco varado en el fango profundo del puerto, e incluso para un hombre ágil resultaba difícil subir a bordo. Los heridos, pues, continuaron algún tiempo en su incómoda situación. ¿Cómo le iba al valiente y filosófico Dupont? Hablé con él después de haber saludado a Ormsby y De Burgh. Me sorprendió el tono agriado de su voz, tan diferente del de la primera vez que le vi tras la pérdida de la pierna. Tenía el pulso rápido, la piel seca y caliente, y en mi mente nacieron temores por su vida. Ví una sábana extendida en el fondo del navío y le pregunté qué era lo que cubría. Se estremeció y reaccionó con horror al contestarme:

- El cuerpo del pobre Pheelan…, que ha muerto mientras navegábamos, esto es lo que más me ha inquietado, y tengo miedo de seguir pronto sus pasos. –

Había en su voz y en su aspecto una seriedad y solemnidad tales que me hicieron estar seguro de que profetizaba. Dupont fue trasladado a su alojamiento, atacado allí por síntomas de fiebre y, a pesar del más constante cuidado y atención, a las tres semanas falleció. Lo enterramos en la colina del castillo de San Sebastián, entre los demás soldados muertos.”

Henry Wilkinson. Cirujano de la Legión Auxiliar Británica.

      Este párrafo nos da a entender que existen más entierros, de los que desconocemos su localización. Es lógico creer que otro de los cuerpos inhumados fuese el de Pheelan, el cuerpo que yacía bajo la manta del navío llegado a San Sebastián con los heridos.  Era alférez del 7º Regimiento, ascendiendo a teniente el 23 de Septiembre de 1836. Cayó herido el 16 de Mayo de 1837 en la toma de Irún y le fueron amputadas las dos piernas. De este infortunado oficial también nos habla Wilkinson:

“Pero nuestras tareas profesionales no habían terminado; una hora después del anochecer los heridos seguían siendo trasladados a la casa que ocupábamos. Entre ellos estaba el capitán de fusileros De Burgh, que había recibido un balazo en la rótula. También trajeron al desgraciado teniente Pheelan, un muchacho de sólo dieciséis años, con las dos piernas destrozadas por una bala de mosquete. El fuerte dolor que sufría quedaba manifiesto por sus gritos penetrantes y desgarradores.”

LÁPIDAS Y MONUMENTOS EXISTENTES

MONUMENTO  del CASTILLO Y AGUILA

        En este capítulo me limitaré exclusivamente a mostrar alguna fotografía del verano de 2011, para que sirva como testimonio gráfico de su actual estado de semi- abandono.

LAPIDA DEL CUERPO DE INGENIEROS REALES

      Esta lápida seguramente sea fruto de un testimonio de cariño y recuerdo que compañeros del Real Cuerpo de Ingenieros Británicos que presentes en San Sebastián, con la Legión Británica, colocaron en este lugar honrando la memoria de los que les precedieron y cayeron en combate. Este detalle ya viene mencionado en la obra de Olavide, Albarelos y Vigón.

      El estado de esta lápida es actualmente un desastre, ya que por un movimiento de rocas, quedó oculta, teniéndose que reptar para poder contemplarla. Se encuentra rota en su parte superior derecha, pero en comparación a muchas que la rodean y que han estado expuestas a la intemperie, el texto grabado es totalmente legible.

SACRED

TO THE MEMORY

OF

COLONEL SIR RICHARD FLETCHER B.A.R.T.

CAPTAIN C. RHODES

CAPTAIN G. COLLYER

LIET    L   MACHELL

CORPS OF ROYAL INGINEERS

WHO FELL AT THE SIEGE OF SAN SEBASTIAN

AUGUST 1.813

      En ella se nombran a los siguientes ingenieros militares británicos:

TENIENTE CORONEL RICHARD FLETCHER

                                   De él hablaré en el siguiente capítulo.

CAPITAN C. RHODES (Charles)

      Se le nombró capitán el 1 de Mayo de 1811.

      Llegó a la península en Septiembre de 1812

      Murió el 31 de Agosto de 1813

CAPITAN G. COLLYER (George)

      Sirvió en el Báltico en 1807

      Nombrado primer teniente el 1 de Mayo de 1807

      Nombrado capitán el 5 de Mayo de 1812

      Llegó a la península en Agosto de 1813

      Murió el 31 de Agosto de 1813

TENIENTE MACHELL (Lancelot)

      Nombrado primer teniente el 1 de Mayo de 1811

      Llegó a la península en Diciembre de 1812

      Murió el 25 de Julio de 1813

      En el grabado que he reproducido en la parte superior, realizado por Enrique Irabien, identifican el lugar como la tumba de Fletcher, aportando más confusión aún al tema. De todas maneras, si nos fijamos bien en el dibujo de la lápida, hay una cuestión que no me encaja…  ¿Porqué tapa los nombres de sus compañeros caídos dejando ver solamente el de Richard Fletcher?

      En la foto, se puede ver la gruta que se ha producido a consecuencia del corrimiento de rocas. En esa foto se ve la lápida que trato en el siguiente punto, pero nos sirve de referencia para situar la de los ingenieros reales. Esta se encontraría en la parte de debajo de la roca que está justo enfrente de la que se puede ver, a nivel casi del suelo.

LÁPIDA DE GEORGE REX

      Esta lápida de mármol blanco procede casi con toda seguridad del monumento que se erigió en honor de Fletcher y los Ingenieros Reales caídos durante el sitio de San Sebastián de 1813. Sus medidas son 33 cms. de alto por 81 cms. de largo. Originariamente estuvo emplazada en el lugar conocido como Aize – Errota (Molino de viento).

      Existe un documento de la Junta de Gobierno del Museo Municipal fechado el 19 de Abril de 1915, en el que la inscriben como perteneciente a la 3ª Sección de arte moderno, y la catalogan como un donativo con el número 2105. En esta entrada se dice:

“Lápida conmemorativa inglesa del sitio de San Sebastián de 1813, del monumento que existió en Aize errota (Molino de viento), estribaciones del Oriamendi, frente a Pintoré dominando la costa de San Sebastián”.

      En la inscripción podemos leer:

GEORGIUS

GEORGII * REGNUM UNITUM * REGENS

ET * QUI * REGIAE * MAIESTATI

A * SANCTIORIBUS * CONSILIIS * SUNT

HOC MONUMENTUM

PONENDUM * CURAVERUNT

AÑÑO * SACRO

MDCCCXIIII

 

      Hay un dibujo de finales del siglo XIX en el que se representa la peña en su posición original, conteniendo la lápida que estamos tratando. Posteriormente un corrimiento de piedras ha hecho que esté semi oculta, siendo su localización actual un poco complicada.

      Su estado actual de abandono la hace totalmente ilegible, ya que su cara principal está completamente expuesta a los elementos climatológicos.

LAPIDA HONOR A LOS HÉROES QUE SÓLO DIOS CONOCE

1808-1814, 1836-1838

      Esta lápida es una de las causantes de las numerosas equivocaciones que tienen los visitantes, y muchos donostiarras, que al leerla creen que  en este camposanto descansan los restos de soldados británicos de la Guerra de la Independencia. Esta placa se inauguró en 1924, no estando claro el porqué de la fecha reflejada.

Es probable que se pusiera para tapar un hueco en la pared, ya que en esa zona, estuvo una tumba anterior perteneciente a Don Pedro de  Berasaluce, antiguo gobernador General del castillo, fallecido en 1866, pero este detalle, con su ubicación exacta, está aún por confirmar. Fue un personaje de cierta importancia en su época, contando entre sus pertenencias incluso con una espada, regalada de manos del propio Welington.

El historiador de temas donostiarras Federico Bordejé Garcés, escribía lo siguiente ya por el año 1952:

“y la poética tumba de Don Pedro de Berasaluce y Elorza, muerto en 1866, situada al pie de una gran peña y sombreada por un árbol que le proporcionaba la mayor belleza. Dicha lápida se hallaba encuadrada también por su blasón, lo que no impidió que al restaurar el Cementerio de los Ingleses, se colocara en dicha tumba otra lápida dedicada “ a los muertos que sólo Dios conoce”, a pesar de lo bien que conocemos al personaje allí enterrado”.

ENTERRAMIENTO DE SIR RICHARD FLETCHER

      Existe en San Sebastián la opinión, sostenida por algunos escritores, que los restos de Fletcher se encuentran enterrados en el Cementerio de Los Ingleses. Sin llegar a afirmar o negar el hecho, voy a exponer una serie de circunstancias que atañen al mismo.

      Según testimonios de autores contemporáneos, Sir Richard Fletcher, con otros oficiales de Ingenieros, fue enterrado en los Altos de San Bartolomé.  No debemos confundir su emplazamiento con el del posterior cementerio de San Bartolomé, fundado en la década de 1850.

      Posteriormente, el Coronel Shaw, perteneciente a l cuerpo de Artillería de la Reina durante la I Guerra Carlista, y ya veterano en San Sebastián, ya que había intervenido también como artillero en el sitio de 1813, en un librito publicado con el título “Description of the Panorama of San Sebastián”, refiriéndose a las operaciones del 5 de Mayo de 1836, describe las mismas aludiéndolas y comparándolas con las operaciones efectuadas durante la Guerra de Independencia, en esos mismos escenarios. Después de presentar el teatro de operaciones, dice lo siguiente:

“The small monument near the windmill was erected to the memory of Sir Richard Fletcher, Capitán Rhodes and Collier, and Lieutenant Machel of the Royal Engineers, who were killed during the siege in 1813”.

“El pequeño monumento junto al Molino de viento, ha sido erigido a la memoria de Sir Richard Fletcher, Capitanes Rhodes y Collyer y Teniente Machel, de los Ingenieros Reales, que murieron durante el sitio de 1813”.

Grabado realizado por el Coronel Claudius S. Shaw en 1836, en el que puede verse, a la izquierda, el mausoleo de Fletcher en el Molino de Viento.

      A mayor abundamiento, ha llegado hasta nosotros una lápida de mármol, dedicada por el regente de Inglaterra, Jorge, luego Jorge IV, fechado en 1814, que debe proceder de este monumento, y que en este momento se encuentra medio escondida en el cementerio de los Ingleses. Hay dos páginas que reflejan un acta de la sesión de la Junta de Gobierno del Museo Municipal del 9 de Abril de 1915, en la que se cita la recepción de una lápida conmemorativa inglesa, del sitio de San Sebastián de 1813, perteneciente al monumento que existió en el alto de Aitze-Errota (Molino de Viento).

      Hay otra lápida, que también menciono anteriormente, y que insisto en que sea, seguramente, un recuerdo dejado por los Ingenieros Ingleses en tiempos de la I Guerra Carlista, a sus compañeros caídos 20 años antes.

      Me queda apuntar sólo unos restos en piedra arenisca, encontrados en la tumba de Sara, alusivos a Fletcher y sus compañeros ingenieros, que seguramente pertenecen a otro monumento o tumba, ya sea la de Aize-Errota o a la propia tumba del alto de San Bartolomé. De todas maneras, no pierdo oportunidad de insistir en la enorme “casualidad” de que esta lápida se encuentre aquí.

      En un artículo firmado por el Coronel E.A. Macartney-Filgate, cuya copia facilitó amablemente a mi padre el asistente de la librería del Instituto del Real Cuerpo de Ingenieros, Mrs. M. Magnuson, por mediación de Mr. Yuill, otro británico apasionado de nuestra historia, puede leerse:

“El coronel Sir Richard Fletcher, a cuya pericia deben su eficacia las famosas líneas de Torres Vedras, murió el 31 de Agosto de 1813, durante el segundo asalto a San Sebastián. Se encontraba comentando con Sir Thomas Graham la situación del combate a consecuencia del fracaso de los primeros ataques a la brecha abierta en la muralla de la fortificación, al descubierto, en las proximidades del cruce del río Urumea, en un lugar conocido como el Arenal de Gros, lugar en el que murió.

Su cuerpo con el de otros oficiales ingleses fue enterrado en el alto de Aitzerrota (Molino de Viento) en la finca que hoy se llama “La Cumbre”, propiedad del Duque de Tovar.

Fue erigido un sencillo monumento, cuya descripción está en poder del conservador del Museo Municipal de San Sebastián, Son Pedro de Soraluce. Durante la Primera Guerra Carlista en 1836, el monumento fue respetado tanto por los carlistas como por los cristinos, pero desapareció, en algún momento, hace unos 50 años aproximadamente, a causa de las remodelaciones de la ciudad y sus suburbios. Simultáneamente, en la ladera escarpada de las alturas de la Mota que dominan el Golfo de Vizcaya, fueron colocadas varias lápidas rusticas conmemorativas de los oficiales británicos de la British Legion que lucharon por la causa cristina en 1836, siendo colocada una más en memoria de sir Richard Fletcher. Es de resaltar que esta no tiene nada que ver con su sepultura o con el monumento original, siendo posiblemente colocada en este lugar como compensación por la destrucción de la sepultura y mausoleo originales.

El lugar en el que cayó – Arenal de Gros – está situado en la orilla Este del Urumea, al pie de las colinas de arena del Chofre (Chofre Sandhills),en el que estaban emplazadas las principales baterías de brecha; el lugar en el que fue enterrado está situado al oeste del río Urumea, en las alturas de San Bartolomé.

San Sebastián en la época de la I Guerra Carlista. A la derecha, en la parte inferior, señalado en rojo, se puede ver el comienzo del arenal donde cayó mortalmente herido Fletcher.

      La polémica no se limita a la conversación. La prensa vuelve una y otra vez sobre el tema. Así, el último año, el períodico guipuzcoano “El Pueblo Vasco”, cuando describe en varias ocasiones las visitas de los oficiales, hizo los siguientes comentarios:

“Hicimos una pequeña investigación topográfica para aclarar los detalles del entierro del famoso coronel inglés de Ingenieros, Sir Richard Fletcher, el famoso autor de las renombradas líneas de Torres Vedras en Portugal, donde se rompió el poder de Napoleón I, comenzando el declive de su gloria”.

     Igualmente.

“Es incomprensible la conducta del gobierno inglés respecto a Sir Richard Fletcher, ya que, en su aniversario ordenaba construir un mausoleo en la Abadía de Westminster, pero nunca se ocupó de sus restos mortales”

      Los extractos y opiniones reflejados muestran la admiración existente en España hacia la memoria de Fletcher que al acercarse 1913 se puso de mayor relieve por la Asociación Histórica del Centenario del Sitio.

Expuestos los hechos, queda una sensación molesta por la aparente negligencia de Inglaterra con la memoria de sus grandes hombres, ya que Fletcher fue el máximo exponente del Arte de los Ingenieros de Campaña, influyendo de una manera remarcable en la estrategia de cualquier campaña.“

      He omitido algunos párrafos, pero con lo expuesto no hay dudas de la postura que aquí se defiende.

      En 1906, a preguntas realizadas por el Mayor Leslie (R.A.), el vice cónsul británico en San Sebastián expone la creencia de que los restos de oficiales y tropa fueron enterrados en el cementerio de San Bartolomé, por lo que, al ser clausurado este, como no son reclamados estos por particulares ni gobierno alguno, fueron enterrados en una fosa común, desapareciendo todo rastro.

PASADO, PRESENTE Y FUTURO DEL CEMENTERIO

      El pasado creo que ha quedado bastante claro a todos los lectores de este trabajo. El presente lo intentaré exponer en breves líneas, y a consecuencia de este, no sé si podremos hablar del futuro, ya que muy a mi pesar, igual no lo tiene.

       En nuestros días, el cementerio ha pasado por muchos estados. Ha sido restaurado varias veces, ha sufrido ataques de incontrolados que han intentado borrar partes de la historia de nuestra ciudad que a algunos no gustan. Ha tenido responsables municipales más preocupados por la vegetación y jardinería de la zona, dejando setos, flores y arboles muy bien cuidados, mientras descuidaban el conjunto monumental que se caía poco a poco.

      El año 1987, el cementerio sufrió un ataque por parte de unos “descerebrados”, que ocasionó la perdida de una de las tumbas principales del conjunto, la del mariscal Gurrea. La derribaron de su pedestal, dejándola tirada en el suelo. Ante estos hechos, decidí intervenir en la prensa local para denunciarlos públicamente, así como plantear un cambio en la actitud de nuestros ediles con respecto a la seguridad y conservación del recinto.

      Seguidamente adjunto el artículo del periódico en el que se denunciaban los hechos, y a continuación otro artículo que publique sobre lo allí acontecido.

      Ese mismo año 1987, inmediatamente después de los ataques y tal vez como consecuencia de la sana y constructiva polémica que sostuve en prensa con D. Miguel Santamaria Erro, el ayuntamiento restauró la tumba de Gurrea y encargó la “restauración” del monumento de los soldados y castillete. Cuál es mi sorpresa cuando veo que se están “restaurando” las figuras sin un patrón histórico que seguir. No se había hecho ningún trabajo de documentación histórica de cómo eran las figuras originales. Ni siquiera se habían molestado en buscar una postal antigua que ilustrase a nuestros “restauradores”. De esta forma, encontramos que las figuras, a partir de esa fecha tienen las siguientes diferencias respecto a las originales.

      1º El oficial que está junto al cañón, antes tenía el brazo levantado, en actitud de señalar algo con el dedo índice. Ahora ese brazo reposa apoyado en el cañón. No me extraña, ya que después de tantos años…

      2º Le han quitado el bicornio (sombrero) de oficial.

      3º Le han quitado el sable que portaba en la mano derecha.

      4º El cañón es más largo ahora que antes.

      5º El mástil de la bandera es más largo en su parte inferior.

      6º El soldado de la derecha también tenía en la cabeza un gorro o especie de casco, que por arte de magia ha desaparecido.

      7º El brazo de este soldado también ha cambiado su ángulo a la altura del codo.

      8º El hombre apoyado en la rueda, antes parecía herido de muerte, mientras que ahora está empujando la pieza de artillería.

      9º A este, tal vez a consecuencia de su nuevo trabajo, algo más cansado que morirse, le han protegido la cabeza con un sombrerito estilo marinero.

      Todos estos detalles los recogió y denunció en prensa el señor Santamaría.

      El humor que me crea este despropósito esta ocasionado por la poca importancia de estos detalles, ya que, como puede apreciarse en la siguiente foto, que refleja el estado del conjunto con fecha de mayo de 2011, hace que estos sean del todo irrelevantes.

      El año 1993, se sufrió un nuevo ataque, que yo califico de más peligroso. Mientras que en el anterior se limitaron a derribar un mausoleo, tal vez como un acto de “gamberrismo”, en este segundo hecho se buscó lo que los antiguos romanos llamaban “damnatio memoriae”. Es decir, silenciar el mensaje de las lápidas. Olvidar lo que se nos explican desde el pasado. Perder para siempre un mensaje que nuestros antepasados querían que sus futuras generaciones recordaran.

      En efecto, el ataque se centró en las inscripciones, desapareciendo para siempre la de Sara Callender y su hija (no entiendo como después de casi 20 años, el ayuntamiento deja que esa tumba siga siendo anónima, dando por bueno y conseguido el deseo de unos incontrolados). La dedicada al mariscal Gurrea se encontró hecha añicos, y la lápida de los capitanes tenía la cara principal picada. Afortunadamente la inscripción que dedicó el general Evans a su amigo Gurrea ha sido restaurada, pero las otras dos no, presentando esta última graves problemas de conservación que ya he indicado en su apartado correspondiente.

           Además de estos lamentables hechos, removieron la losa que cubre la tumba de Oliver de Lancey, hoy también restaurada, y violentaron mediante palanca la del coronel Tupper, que a fecha de hoy se encuentra en igual estado.

           La filmoteca vasca ha logrado rescatar y restaurar una cinta original de cine sobre la inauguración de 1924. Su estado era muy malo, pero su arreglo ha sido posible. Menos mal que de vez en cuando se puede dar una buena noticia, aunque para poder verla no haya más remedio que desplazarse hasta su sede, ya que no hacen copias a particulares, sólo a entidades oficiales y empresas del mundo cinematográfico. Parece que los particulares sólo contamos para poner el dinero de nuestros impuestos, y no para disfrutar de lo que se hace con él.

      Muchas cosas tienen que cambiar en las mentes y sensibilidades de quienes nos gobiernan y velan, o mejor dicho, deberían velar, con respecto a nuestro patrimonio histórico. Señores, el paso inexorable del tiempo y las chapuzas, la cultura, política, educación… o como queramos llamarlo, mal entendidas, harán que de manera irremediable perdamos para siempre un rincón de Donosti que invita a pensar. Un “txoko” nuestro, más nuestro que nunca, que hemos podido disfrutar, y que nos obliga, moralmente,  a intentar que nuestros hijos también puedan experimentarlo y sentirlo.

BIBLIOGRAFÍA Y DOCUMENTACIÓN

ANABITARTE, Baldomero. “Gestión del municipio de San Sebastián (1901 – 1925)”.

APALATEGUI, P.  Francisco. Oriamendi. El Infante Don Sebastián y la Batalla de Oriamendi. (1940).

AROZAMENA, Jesús María de.

BERRUEZO, José. San Sebastián. Itinerario Pintoresco a Través de su Historia.

BORDEJÉ GARCÉS, Federico. “Las Murallas y el Castillo de la Mota de San Sebastián” (1950).

CELAYA, Manuel. Boletín de Información Municipal 1962.

EL INSTRUCTOR o Repertorio de Historia, Bellas Letras y Artes. Londres 1836.

GOEBEN Von, Augusto. Cuatro Años en España. 1841.

IRABIEN LARRAÑAGA, Enrique de. Las Tumbas de los Ingleses en la Ciudad de San Sebastián. (1902).

MEXIA CARRILLO, Fernando. El Castillo de Santa Cruz de la Mota y las Murallas de la Plaza de San Sebastián.

MUÑOZ ECHABEGUREN, Fermín. Anales de la Primera Guerra Carlista en San Sebastián. Ins. Doctor Camino. 2001.

MURUGARREN. San Sebastián – Donostia.

MUSEO TOMÁS ZUMALACARREGUI. Estudios Históricos I.

OLAVIDE, ALBARELLOS Y VIGÓN.

PEÑA IBÁÑEZ, Juan María. Del San Sebastián que Fue (1999).

PIRALA, Ángel. San Sebastián en el Siglo XIX. (1900).

ROS de OLANO, Antonio. Edición de Jaume Pont. Editorial CRITICA.

SHAW, Claudius. The Panorama of San Sebastian (1838).

WILKINSON, Henry. Apuntes Paisajísticos y Musicales de las Provincias Vascas. 1838.

Fdo. JOSÉ MARÍA LECLERCQ SÁIZ