COPIA AUTENTICA DE LAS INFORMACIONES RECIBIDAS ANTE LOS ALCALDES CONSTITUCIONALES DE ESTA CIUDAD Y VILLAS

DEL PASAGE, RENTERIA, TOLOSA Y ZARAUZ EN VIRTUD DE DESPACHOS DEL JUEZ DE PRIMERA INSTANCIA SOBRE

La atroz conducta de las Tropas Británicas y Portuguesas en esta Ciudad el 31 de Agosto de 1813 y días succesivos.

 Pablo Antonio de Arizpe (1), Juez de primera instancia de esta M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa. Hago saber a los Señores alcaldes de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Sebastián y a qualquier Escribano de Su Magestad, que ante mí se presentó una Petición, cuyo tenor y de su provehido es el siguiente.

 Petición

 Señor Juez de primera instancia, Vicente de Azpiazu Yturbe (2), en nombre y virtud de Don Antonio Arruabarrena (3), Procurador Síndico del Ayuntamiento Constitucional de la Ciudad de San Sebastián, y Comisionado especial suyo, según resulta del testimonio que en debida forma presento y juro, y parezco ante V. S., como mejor proceda en derecho y digo: Que conviene a dicho Ayuntamiento recibir una información de testigos al tenor del interrogatorio siguiente:

 1.° Qué conducta observaron las tropas aliadas con los vecinos de San Sebastián el día del asalto, en su noche y días succesivos.

 2.° Quantas y quáles personas han sido muertas y heridas.

 3.° Quándo se notó por primera vez el incendio y quién lo causó; esto es, si fueron los enemigos o los aliados los que incendiaron.

 4.° A qué casas se vio dar fuego, por quiénes, en qué día, en qué modo y con qué combustibles.

 5.° Si algunos de los aliados impidieron en alguna casa el apagar el fuego.

 6.° Si se cometieron dentro de la Ciudad y a su salida algunas violencias y robos a los tres, quatro y ocho días y después de la rendición del castillo.

 7.° Si los Franceses tiraron sobre la ciudad algunas bombas, granadas o proyectiles incendiarios desde que se retiraron al castillo.

 8.° Si es cierto han sido castigados algunos yndividuos de las tropas aliadas por los excesos cometidos en la Plaza de San Sebastián.

 9.° Quántas casas son las que se han libertado del incendio y en qué parage de la Ciudad.

 Por tanto pido a V. S. se sirva mandar recivir la información que ofrezco con los testigos que se presentarán; y, como éstos han de ser vecinos de esta Ciudad, que se hallan dispersos en varios Pueblos inmediatos, mande también expedir los Despachos necesarios, con inserción del Ynterrogatorio, dirigidos a los Alcaldes de esta Provincia o dando comisión a qualquier Escribano de Su Magestad para que sean examinados a su tenor los testigos residentes en sus respectivas jurisdicciones, pues así procede de justicia, que pido, etc. Otro sí, digo que conviene al Ayuntamiento recoger originalmente las Ynformaciones que se recivieren y suplico a V. S. se sirva mandar que, evaquadas, se me entreguen los Despachos con las diligencias originales, pues también procede de Justicia, que pido ut supra.

 Livd° Eguiluz, Antonio Arruabarrena, Vicente de Azpiazu Yturbe.

 Recívase la Información que solicita esta parte, librándose, los Despachos convertidos a los Alcaldes Constitucionales de los Pueblos que designase al tiempo de la notoriedad de esta providencia; y en quanto al otrosí, como lo pide. Lo proveyó así el señor Juez de primera instancia de esta Provincia en Tolosa, a veinte y cinco de octubre de mil ochocientos y trece.

 Arizpe.

 Ante mí, Manuel Joaquín de Furundarena.

 Por ende mando se guarde y cumpla lo preinserto. Fecho en esta villa de Tolosa, a veinte y cinco de actubre de mil ochocientos y trece.

 Arizpe.

 EM EM Por mandado de Su Señoría, Manuel Joaquín de Furundarena.

 Guárdese y cúmplase el Despacho precedente y en su consecuencia se manda que los testigos sean comparecidos y depongan ante uno de los dos señores Alcaldes por tener que atender siempre alguno de ellos a varios puntos del servicio Nacional.

 Lo mandaron así y firmaron los señores Alcaldes de esta Ciudad de San Sebastián, a veinte y nueve de octubre de mil ochocientos y trece.

 Don Juan José Vicente de Michelena (4), Pedro Gregorio de Yturbe (5).

 Ante mí, José Elías de Legarda (6).

 Presentación de testigos

 En la Ciudad de San Sebastián, a dos de Noviembre de mil ochocientos y trece, Don Antonio Arruebarrena, Procurador Sindico de la misma, para, la justificación que tiene solicitada, presentó ante el sr. Alcalde Constitucional de esta Ciudad, Don Pedro Gregorio de Yturbe, por testigos a Don José María de Estibaus, Don Pedro Ygnacio de Olañeta, Don Miguel Ygnacio de Espilla, Presbítero, Don Antonio María de Goñi y Don Rafael Miguel de Bengoechea, vecinos de la misma Ciudad, de quienes y de cada uno de ellos separadamente recivió su merced por testimonio de mí, el infraescrito Escribano Numeral, juramento en la forma que previene el derecho, y baxo de él prometieron todos decir verdad y quanto sepan en lo que fuesen preguntados; y en su consecuencia firmó el señor Alcalde, y en fe de ello yo, el Escribano Pedro Gregorio de Yturbe.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 En la Ciudad de San Sebastián, a cinco de noviembre de mil ochocientos y trece, el mismo señor Procurador Síndico presentó por testigos ante el señor Alcalde, don Pedro Gregorio de Yturbe, a don José Manuel de Baracearte, don Manuel Angel de Yrarramendi, don José Ramón de Echanique, Presbítero, don Miguel de Arregui, Martín de Echave y Juan Antonio de Zubeldia, de quienes y de cada uno de ellos recivió su merced juramento conforme a derecho baxo del qual prometieron tratar la verdad y decir quanto supiesen en lo que fueren preguntados; firmó el señor Alcalde y en fe de todo yo, el Escribano Pedro Gregorio de Yturbe.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 En San Sebastián, a diez de Noviembre de mil ochocientos y trece, por presentación del mismo Síndico, recivió el citado señor Alcalde juramento conforme a derecho de don Pedro José de Belderrain, don Juan. Angel de Errasquin, don Fernando Antenio de Yrigoyen, don Gabriel de Serres, don Domingo de Echave, don José Vicente de Soto, don Juan José Garnier Remón y don Juan Bautista de Azpilcueta, vecinos de esta ciudad, quienes en su virtud ofrecieron decir la verdad y quanto supiesen en lo que fueren preguntados; firmó su merced y en fe de todo yo, el Escribano, Pedro Gregorio de Yturbe.

 Ante mi, José Elías de Legarda.

 En San Sebastián, a trece de Noviembre de mil ochocientos y trece, de presentación del mismo Síndico, recivió dicho señor Alcalde juramento de don José Francisco de Echanique, José Ygnacio Aguirresarobe, José Antonio Zornoza, José Antonio Aguirrebarrena, Domingo Aguirre, José Domingo Chipito, don Miguel Borne, Martín San Martín, don Joaquín María de Jauregui y don José María de Ezeiza, vecinos de esta Ciudad, quienes en su virtud prometieron decir la verdad y quanto supiesen en lo que se les preguntase; firmó su merced y en fe de todo yo, el Escribano, Pedro Gregorio da Yturbe.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 En San Sebastián, a quince de Noviembre de mil ochocientos y trece, de presentación del mismo Síndico, recivió dicho señor Alcalde juramento en forma de derecho de don Juan Antonio de Zabala, don José Ygnacio de Sagasti, el Dr. don León Luis de Gainza, Presbítero, don Bartolomé de Olozaga, Fermín de Artola, don Tomás de Brevilla, el doctor don Domingo Hilario de Ybaceta, don José Antonio de Eleicegui y Nicolás de Sarasti, vecinos de esta Ciudad, quienes, habiendo jurado separadamente, ofrecieron decir la verdad y quanto supiesen en lo que se les preguntase; firmó el señor Alcalde y en fe de todo yo, el Escribano, Pedro Gregorio de Yturbe.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 En San Sebastián, a diez y ocho de Noviembre de mil ochocientos y trece, de presentación del mismo Síndico recivió el dicho señor Alcalde juramento en forma de derecho de Vicente ybarguren, don Santiago Zatarain, Vicente Lecuona, don José Vicente Echegaray, José Ygnacio Ausan, José Joaquín de Zupiría, don Estevan Recalde, don Manuel Biquendi, Joaquín Arritegui y don José María Bigas, Presbítero, vecinos de esta Ciudad, quienes, habiendo jurado separadamente, ofrecieron decir la verdad y quanto supiesen en lo que se les preguntase; firmó el señor Alcalde y en fe de todo yo, el Escribano, Pedro Gregorio de Yturbe.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (1)   Pablo Antonio de Arizpe era natural de Bergara, se graduó en la Universidad de Oñate como abogado.

Era hijo de D. José Juaquín de Larrañaga Arizpe y de Francisca Antonia de Ybarra. Como mayor de seis hermanos, heredó gracias al testamento firmado por su padre en 1793 la casa solar del segundo apellido de su progenitor, “la casa está cargada de deudas y pide a sus hijos Juan Antonio y Pedro Antonio que residen en América que continúen en socorrerle para que se satisfagan sus deudas (GPAH, 1-660-40).

Participó en la Guerra de la Convención como Capitán de la Cia. de voluntarios de Vergara, y en 1795 fue nombrado Teniente Alcalde de esta localidad.

La institución de los juzgados de partido o de primera instancia, determinada por uno de los artículos de la constitución política de la monarquía de 1812, empezó a plantificarse en Guipúzcoa después de la expulsión de los franceses del territorio español. Se halla, en efecto, que D. Francisco Javier Castaños, General en jefe del 4º ejército, en uso de las facultades de que estaba revestido por el gobierno supremo, nombró en 4 de Agosto de 1813 por Juez de primera instancia interino de toda la provincia, con residencia en la villa de Tolosa, a D. José Joaquín de Garmendia. Consta así bien que por causa de una indisposición de este letrado, el nuevo juzgado fue instalado y desempeñado por el alcalde de la misma villa hasta el mes de Septiembre siguiente, en que la regencia del reino nombró en lugar de aquél a D; Pablo Antonio Arizpe, con residencia también en Tolosa. Resulta del propio modo que por traslación de Arizpe a otra parte en 1814 (…)

(GOROSABEL, P. “Noticia de las cosas Memorables de Guipúzcoa”. Libro IX. Del ramo legislativo y judicial. Cap. III. De la justicia en la vía ordinaria. Secc. IV De los juzgados del partido. Pág-293)

 (2)   Vicente de Azpiazu Yturbe, ejercerá como abogado defensor de algunas causas contra los liberales, como la del donostiarra Benito Aristizabal en 1824, por haber pertenecido a la Milicia Nacional Voluntaria desde 1821. (Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián. El Precio de la Libertad. Apuntes para una descripción de la Primera Guerra Civil Española de la Edad Contemporánea. San Sebastián y sus liberales en 1823. Carlos Rilova Jericó. Donostia-San Sebastián 2015.

 (3)   Juan Antonio de Arruebarrena era hijo del matrimonio entre Juan Ygnacio Arruebarrena Jauregui y María Clara Arregui Odriozola, casados en 1768. Tuvieron dos hijos fruto de este enlace, siendo Juan Antonio el primogénito que fue bautizado en la parroquia San Martín de Astigarreta el 10 de Noviembre de 1771.

Murugarren menciona la posibilidad de que se ejerciese como Maestro Chocolatero, profesión muy reconocida en la ciudad que proporcionaba grandes beneficios. Era propietario de una casa pegante a la Plaza Vieja de San Sebastián (Luis Murugarren. 1813 San Sebastián incendiada. Británicos y Portugueses. Grupo del Doctor Camino. Donostia-San Sebastián 1993), aunque en el plano levantado por Ugartemendia con los nombres de los propietarios de los solares, su apellido no aparece reflejado.

Tras el asedio y saqueo de la ciudad, le robaron 8 onzas de oro los soldados aliados junto al Convento de las Dominicas del Antiguo.

Tras este desastre, fue nombrado Procurador Síndico del Ayuntamiento de San Sebastián, cargo con el que aparece en este documento. En 1828 será nombrado Regidor de la ciudad. Tuvo casa en el barrio extramuros de Santa Catalina, pegante a la de Francisco Champion.

 (4)   Juan José Vicente de Michelena. Diputado general de Gipúzcoa, adjunto de tanda en San Sebastián, desde las Juntas de Elgoibar de julio de 1773. Fue reelegido en las Juntas de Segura de julio de 1778, en las de Zarautz de julio de 1780 y en las de Azkoitia de julio de 1782.

El 2 de mayo de 1778 presentó un escrito a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País oponiéndose al establecimiento de libre comercio con América de San Sebastián al amparo del decreto de 1778 conceptuándolo como contrafuero.

Era alcalde de San Sebastián cuando la ciudad capituló ante las tropas francesas del General Moncey el 4 de Agosto de 1794.

Debido a esta rendición, fue condenado en 1795 por el Consejo Militar de Pamplona a 6 años de extrañamiento a un mínimo de 20 leguas de Donostia, de la Corte y de los sitios reales, así como a la privación perpetua de empleo o cargo municipal. Estuvo cumpliendo pena de prisión hasta que se redujo su condena y repuesto su honor tras una sentencia del Consejo Supremo de Guerra en 1799.

 (5)   Pedro Gregorio Yturbe Atorrasagasti, donostiarra, fue bautizado en la parroquia de San Vicente Martir de San Sebastián el 17 de Noviembre de 1759, fruto del matrimonio entre Christoval Yturbe Sorais y de María Concepción Atorrasagasti Uranga.

Casado el 27 de Noviembre de 1787 en la Parroquia de San Vicente Martir de Donostia-San Sebastián con Josepha Antonia Arrataguibel Erdocia, con la que tuvo dos hijas, María Manuela Paula (17/07/1787) y Josepha Paula (02/04/1790).

 (6)   José Vicente Elías de Legarda Aztarain, fue bautizado en la Parroquia de San Vicente Martir de Donostia el 20 de Julio de 1760. Sus padres fueron Joseph Nicolas Legarda Aguinaga y Josepha Vicenta Aztarain Yrigoien.

Fue miembro de la Sociedad Patriótica de la «Tertulia Constitucional» de San Sebastián (1820) y redactor del «Liberal Guipuzcoano.

Fue regidor los años 1798, 1801 (destituido por desacato a la autoridad real), 1802, 1804, 1831 y 1832, Síndico en 1818, y escribano del número de la ciudad de San Sebastián en 1813, participó en la redacción de las Actas de la Reconstrucción de la ciudad, levantadas durante la celebración de las Juntas de la Casa de Aizpurua de Zubieta en 1813 y firmó el Manifiesto de 1814.

Simpatizante de la causa liberal, existe en la Real Chancillería de la ciudad de Valladolid un caso promovido por él en 1828, protestando porque le habían privado en San Sebastián de su vecindad e hidalguía por haber sido miembro de la Milicia Nacional. Tras escusarse por ese “borrón” en su historial, y sopesando el informe favorable que presentó el Concejo de Donostia, logró una Real Pragmática ese mismo año mediante la cual recuperó todos sus derechos perdidos. (MURUGARREN, L. 1813. “San Sebastián incendiada por Británicos y Portugueses”. Pág. 139. Grupo Doctor Camino. Donostia. 1993).

Testigo 1:

 Don José María de Estibaus (7), oficial encargado de la Administración de Correos de esta Plaza, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio declaró como sigue:

 Al primero dixo que se hallava dentro de la Ciudad al tiempo del asalto y por tanto vio que a luego que entraron las tropas aliadas empezaron a derribar las puertas de las casas que estaban cerradas, tirando a un tiempo seis, ocho o más tiros a las cerraduras, haciéndolas saltar de este modo y en seguida, subiendo a las habitaciones, mortificaban a todo aquél que no descubriese quanto dinero se les figuraba a ellos podía haber escondido; pues, antes de echar mano de quanto contenía una casa, se apoderaban de las personas para obligarles a que diesen dinero. Algunos infelices que dieron poco, porque no tenían más, fueron maltratados a culatazos pinchados con las puntas de las bayonetas sin hacerles graves heridas, reciviendo este trato de aquellos soldados que se presentaban con aire más sereno y pacífico, pues que otros, más coléricos e inhumanos, saludaron con balazos a los que les abrieron las puertas, haciendo lo mismo con los que hallaron en las habitaciones, siendo uno de los muertos de este modo Bernardo Campos, que cuidaba en la Plaza nueva de una casa correspondiente a don Manuel de Arambarri, que estaba a cargo del deponente, habiendo a la muger de dicho Campos atravesado el brazo de un bayonetazo; que al testigo un soldado portugués le disparó un tiro a quema ropa, porque tardó un corto momento en subir desde media escalera, a su habitación, a donde le gritaban ocho o diez, que le tenían cercado, subiese a dar dinero; que algunos oficiales le sacaron de pronto de este peligro, pero luego le dexaron y, apenas notaron los soldados la salida de los oficiales, volvieron a romper la puerta, en cuyo apuro salió al balcón a implorar el auxilio de un oficial y, estando hablando con uno que pasaba por la calle, le dispararon otro tiro desde el balcón de enfrente, que era la misma casa donde fue muerto el citado Campos, cuya muger huyó herida y desde entonces quedaron dueños de la casa algunos soldados yngleses y portugueses, que a la vista del cadáver de Campos, muerto por ellos mismos, estaban sentados en la sala, despachando algunas batallas de aguardiente y disparando tiros desde el balcón a donde se les antojaba

 Que lo mismo que experimentó el testigo sucedía en todas las vecindades con más o menos barbarie.

 Que al anochecer de este día de treinta y uno de Agosto, tubo que abandonar la casa y refugiarse, a una con su madre, hermanas y otras varias familias, a otra donde llevaron para su custodia á un oficial joven hannoveriano (8), sugeto de excelentes sentimientos, el qual, a pesar de su firmeza, estubo, a pique de ser muerto por unos portugueses en le casa del testigo. Que desde que cayeron las sombras de la noche, por momentos fue en aumento el desenfreno de los soldados, quienes con la continuación de hacer mal y beber mucho se transformaron en brutos feroces. En consequencia la noche fue horrorosa: no se oían más, que gritos y exclamaciones dolorosas de varias personas acongojadas que sufrían las mayores crueldades. Que notó en su vecindad, por la, parte del patio, que después de haber sido robada, maltratada y violada el ama de la panadería, llamada Francisca de Bengoechea (9), continuaban a las dos y media de la, mañana, azotando a la criada, muger casada de quarenta y cinco años, para que descubriese el dinero escondido o secreto que no había; que en todas las demás casas de la Plaza y sus alrededores se oían lastimosos ayes, lloros y chillidos de mugeres que imploraban el auxilio de los vecinos inmediatos, a quienes llamaban con sus nombres, para que las libertasen de las manos de los soldados que las hacían sufrir un martirio continuo hasta el extremo de violarlas, golpeándolas en seguida, y herido y dado muerte a algunas después de saciar su brutal lascivia, como lo hicieron con una muchacha en casa del comerciante Ezeiza (10), y en el zaguán de la, casa, de Cardon (11) con tres jóvenes que fueron arrojadas a la bodega, después de violadas, y en ella han sido consumidas por las llamas.

 Que la mañana siguiente, primero de Septiembre, la mayor parte del vecindario, despavorida y fuera de sí con las muertes, heridas, saqueo y ultrages que habían sufrido la noche anterior, pidió licencia para salir por medio de los Alcaldes y, conseguida, salió el deponente con su familia a eso del medio día, y con él casi todos los vecinos, todos aturdidos, alelados, muchos descalzos, otros medio desnudos, muchísimos y aun mugeres heridos y golpeados, algunas madres a quienes faltaba su hijo e hijos a quienes faltaban sus padres.

 Que al testigo y más vecinos ha asombrado mucho más este mal trato, de los que ellos llamaban sus libertadores y los esperaban corno, a tales, al ver el distinto y diferente. que han dado a sus enemigos, los franceses, a quienes no sólo se les vio dar quartel, cogidos en las calles con las armas en la mano, sino ser recividos por los yngleses y portugueses entre los brazos, y con sus mayores demonstraciones de fraternidad y benevolencia.

Posición aproximada de la casa donde sufrió el saqueo José María Estibaus (Círculo rojo). Casa propiedad de D. Manuel Arambarri, donde fue muerto Bernardo Campos y desde cuyos balcones dispararon los soldados aliados contra el testigo (Círculo azul). Casa propiedad del Cayetano Elósegui, desde la que se oían los gritos de la mujer de este Francisca Bengoechea cuano fue maltratada y violada y la ama de la casa azotada hasta la madrugada. (Círculo verde).

Al segundo, dixo qué las personas muertas y heridas que han llegado a ser noticia son a saber: las muertas don Domingo do Goycoechea, Presbítero Beneficiado, muerto de un balazo por haber salido a la ventana a victorear a las tropas aliadas, don José Miguel Magra, hombre muy anciano, fue tirado de un balcón, José Larrañaga asesinado, teniendo en los brazos a un hijo suyo de tierna edad, después de haberle quitado seis onzas de oro y bebido una pipa de aguardiente; Felipe Plazaola, el maestro ensamblador, Martín Altuna, porque quiso estorvar el maltrato que estavan dando a una hija suia; un niño que espiró sobre este mismo sugeto, hijo de un pescador de la casa de enfrente y se refugió a la de Altuna con su madre; José Jeanora, Bernardo Campos, Vicente Oyanarte, doña Xaviera Artola, la criada de Lafont, la mujer del practicante de cirujía don Manuel Biquendi; las personas heridas de que es noticioso son Pedro Cipitria, Juan Navarro y don Felipe Ventura de Moro, que han muerto a resultas, y últimamente, el veinte y seis de éste, ha muerto también a resulta de una herida Ygnacio Galarza; que otros muchos mueren todos los días a resulta de los golpes, sustos y maltrato que recivieron y de la miseria en que han quedado de que podría informar bien el médico titular don José Domingo Zubicoeta, y las viudas de Juan Navarro y José Larrañaga, que han quedado con quatro hijos cada una. (12)

 Al tercero, dixo que no se notó fuego en ninguna parte de la Ciudad hasta el anochecer del día en que entraron las tropas aliadas y entonces hacia la calle Mayor, de donde vio el deponente venían las chispas; que, a las tres de la mañana de primero de Septiembre, llegó a casa del declarante Ventura de Ezenarro, vecina de esta Ciudad, a acogerse en ella, la qual le dijo que dexaba ardiendo su casa y, preguntado por dónde tomó fuego, le respondió que los yngleses, la lardeada, del día anterior, habían incendiado la casa de la viuda de Echeverria, llamada de Soto (13), y que, siendo la de la Ventura la tercera, se había comunicado allí el fuego, el qual era imposible atajar por el mal trato que daban los yngleses y portugueses a quantas personas cogían y por el gran riesgo a que Se exponía qualquiera por tanto balazo como disparaban sin dirección, tino ni necesidad, y que ella se libró casi por milagro. Que después estuvo el testigo con doña Bárbara Urbieta, habitante en la casa contigua a la primera incendiada, y también con don Joaquín Soto, quienes le aseguraron que vieron a los aliados pegar fuego a dicha, casa de Soto; que le consta también que los yngleses pusieron fuego a la casa número 6 de la Plaza nueva, conocida con el nombre de la Naypera (14), aplicando el fuego por el almacén de atrás de la casa que está situada en la calle de Juan de Bilbao, donde había algunos retazos de cartón, y por aquella casa se comunicó el fuego a toda una cera de la Plaza nueva y de dicha calle de Juan de Bilbao.

Al quarto, dixo que se remite a lo que ha contextado al capítulo precedente, añadiendo que, según tiene entendido, incendiaron los aliados de varios modos; pero el medio más general era el de unos cucuruchos de cartón que los llenaban de un liquido de color azufre, los que, aplicados ya en los almacenes, ya en las escaleras o en qualquiera de las habitaciones, despedían una llama de color azul, que se propagaba con una celeridad increible.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, que a los infelices habitantes que salieron de la Ciudad el primero y dos de Septiembre, les registraban fuera de la Plaza, en todas partes, hasta llegar al convento del Antiguo y aun más allá; que al declarante le registraron varias veces y muy cerca del convento del Antiguo quitaron a Don Juan Antonio de Arruebarrena ocho onzas de oro, que en una bolsita de tabaco llevava, habiendo perdido todo lo demás; que el saqueo duró siete días continuos, entrando a robar a la Plaza los soldados de todos los campamentos inmediatos, los asistentes y criados de los oficiales, y hasta los muleteros de las Brigadas, sin que se pusiere orden en ninguno de estos días, al mismo tiempo que, si algunos vecinos lograban sacar algún fardo que otro, eran despojados a la salida de la Plaza por los soldados,

 Que hallándose, a los tres días después del asalto, en el atrio de la Parroquia extramuros del Antiguo en compañía del vicario don Martín de Echeverría, vio en manos de un soldado portugués el copón de la Parroquia de San Vicente y un viril (15) y el resto de la custodia despedazada, y, como en la Parroquia de San Vicente y en dicho copón se encerraban las sagradas formas para comulgar a los sanos y subministrar el Beático a los enfermos, infiérase lo que harían de su sagrado contenido.

 Al séptimo, dixo que los franceses, desde que se retiraron al castillo, no dispararon sobre el cuerpo de la Ciudad, ni el primer día, ni los siguientes, granada alguna, bomba, ni otra cosa que pudiese incendiar.

 Al octavo, dixo que no ha visto imponer a los aliados que entraron en esta Plaza por los excesos cometidos en ella, ni oído se haya impuesto otro castigo que el de unos azotes que dieron a un ynglés en la Plaza viexa y una paliza a un portugués en el atrio de la Parroquia de San Vicente.

 Al noveno, dixo que las casas que se han salvado del incendio serán de quarenta y cinco a cincuenta, y, fuera de diez o doze casucas pegantes a la muralla, las demás y las mejores, que forman una hilera entera, están situadas al extremo de la Ciudad y al pie y a la raíz del castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en ello, después de leído, se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de treinta y ocho años; y en fe de todo firmé yo, el Escribano, Yturbe.

 José María de Estibaus.

Ante mí, José Elías de Legarda.

 (7)   Bautizado en la Parroquia de San Vicente Martir de San Sebastián el 9 de Febrero de 1775, fue el primogénito de seis hermanos, fruto del matrimonio de Joseph Vicente Estibaus Yanzi y María Concepción Aristi Odriozola.

Simpatizante de la causa liberal, y miembro de la Sociedad Patriótica de San Sebastián fundada el 22 de mayo de 1820 con el nombre Tertulia Constitucional de la Balandra o Reunión patriótica de varios amigos y alistado en la Milicia Nacional Voluntaria de San Sebastián. (ESTEBAN, J.; BERMEJO, D.: “Mucho más que un libro de bailes. Contextualizando socialmente el discurso de…”)

Fallecio el 15 de Junio de 1854, y sus funerales también se celebraron en la Parroquia de San Vicente.

 (8)   También conocidos como Brunswick-Oels Jägers, o los "Negros de Brunswick", por el color de su uniforme, adornado con insignias de la muerte y calaveras plateadas, que impresionaban a sus rivales. Este detalle era acorde a la bravura y fiereza de sus hombres en el combate. Se trata de un cuerpo de voluntarios formado por el Duque de Brunswick, Federico Guillermo, tras la anexión sufrida por su pequeño estado por las tropas francesas. Combatieron a los ejércitos napoleónicos en todos los frentes.

Con el paso del tiempo y la aparición de la King's German Legion, también formada con tropas alemanas, las filas de esta unidad se vieron muy reducidas. Los mejores elementos se pasaron a esta segunda formación militar. Esto originó que los que se quedaron en la Brunswick no fueran los más deseables y disciplinados soldados, motivo por el que se dieron muchos casos de deserciones.

Al Campaña Peninsular solamente vino un batallón, del que dos compañías fueron destinadas a la 5ª División, donde permanecieron hasta el final de la guerra. El resto engrosó la 7ª división, participando englobadas en estos cuerpos en casi todas las acciones importantes de nuestra Guerra de la Independencia.

 (9)   C/ Juan de Bilbao nº 259, casa donde estaba la panadería de D. Cayetano Elósegui y su mujer Dña. Francisca Bengoechea.

 (10)   C/ Esterlines nº 436

 (11)   C/ Narrica nº 280

 (12)   Los nombres de las víctimas, tanto asesinadas como heridas, el lugar donde se desarrollaron los dramas y como fueron estos, aparecen en el listado que les facilitamos en esta misma web.

 (13)   C/ Mayor nº 541 esquina con la C/ Puyuelo.

 (14)Plaza Nueva nº 6 propiedad de la Viuda de Barbot, según el plano de Ugartemendía, que era conocida como de la Naypera.

 (15)Un viril es un objeto perteneciente al culto católico que consiste de un habitáculo, generalmente de cristal y redondo, rícamente decorado con metales y piedras preciosas, destinado a encerrar la hostia y que se coloca en la parte superior central de la custodia para la exposición de la misma.

Testigo 2:

 Don Pedro Ygnacio Olañeta (16), tesorero de esta Ciudad desde el año de mil ochocientos y quatro, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del Ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que a cosa de las dos y media a las tres horas, poco más o menos, de la tarde del asalto, entraron como leones a su habitación, en pelotones, multitud de tropas aliadas y el que hacía cabeza o comandante de ellos se agarró a la pechera de la camisola, le dio un sablazo de plano en el hombro izquierdo y le pidió en idioma portugués todo el dinero que tenía, so pena de matarle, poniéndole el sable sobre la tetilla izquierda; el deponente, con sumisión, hechó mano a la faltriquera para sacar una bolsa verde de seda, en que tenía buenos reales, con el fin de contentarlos con un par de onzas de oro a los primeros diez soldados que le sorprendieron y de continuar dando a los que eran espectadores en la puerta principal de la sala el tránsito hasta la escalera; pero, al momento que le vio la bolsa en la mano, retiró el sable de la tetilla y, con extremada violencia, se apoderó de ella y repitió el darle otro sablazo sobre el costado izquierdo, pidiéndole más dinero, pues que, según el adorno de la casa puesta, indicaba que era rico; empezó el declarante a darles satisfacción en idioma ynglés a todos quantos se hallavan presentes que no tenía más dinero y repartiesen entre todos; al oir esta respuesta, tratándole de pícaro, volvió a darle el mismo otros cinco sablazos en las espaldas y nalgas y, al mismo tiempo, le encajó otro soldado un culatazo en el costado derecho que le echó a tierra; en cuya vista, un granadero ynglés, que dijo ser católico y trahía un rosario pendiente del cuello, quiso ampararle y levantarle del suelo ,dándole la mano, y con otro culatazo que le dio otro le tumbó de nuevo al suelo; en este estado y aun antes, la pobre muger del deponente, postrada de rodillas, les pedía con lágrimas y gemidos no le maltratasen, pues que habían recivido el dinero que tenían ambos consortes; uno de ellos le dio un bofetón tan cruel en la mexilla de la cara que aún se la conoce. El granadero yrlandés se indignó contra sus primeros camaradas, armó la bayoneta y los llevó por delante. Entró el segundo trozo, que expectó de la puerta de la sala el mal rato que le dio el primero, pero, a pesar de ello, le hicieron la demanda de más dinero, a quienes les dixo que vieiron ellos mismos cómo le quitaron los primeros y que no tenía más que darles; un bárbaro le tiró un bayonetazo sobre el hombro izquierdo y, ladeándose un poco en el mismo a otro del golpe, corrió la bayoneta del hombro arriva sin causarle herida; pero otro le dio un culatazo también en el costado derecho, se le echó encima con crueldad, le registró las faltriqueras y, no hallando dinero, le quitó las evillas de plata de los zapatos, charreteras, casaca negra con su chupa de paño fino, pañuelo blanco fin del cuello, que los tenía puestos para salir en cuerpo de Ciudad a recibir y obsequiar al Excmo. señor General aliado y a su estado mayor; empezaron marido y muger a gemir y suspirar amargamente, pidiendo le dexasen con vida; pero, en medio de estas crueldades, le disparó uno de ellos y tubo la fortuna de no haberle prendido; en esta disposición llegó otro tropel de gente y armaron entre sí una gresca y, al favor de uno que hablaba muy poco el castellano y que le pidió aguardiente, pudo escaparse al texado de la, inmediata casa, donde permaneció desde las quatro y media de la misma tarde hasta las diez de la mañana siguiente, en que baxó a la calle por haber oído la conversación a varias mugeres que pasaban por las calles que el general ynglés dio la orden que saliesen fuera de la Ciudad los que quisiesen.

 Que, en medio de su consternación, afligieron sobremanera su corazón en aquella triste noche los gemidos lastimosos de las pobres mugeres de todas edades, que gritaban de sus hogares; ¡fulana, ven por Dios! y ¡ampárame que me están forzando!; otras gritaban, ¡No contentándose con las atrocidades que han cometido de día, están forzando hasta a las tiernas criaturas y matando a los padres que no consienten! De facto sintió aquella noche, en diferentes calles, más de ochenta tiros de fusil. Que vio el testigo, en la misma tarde, en su propia casa y en una de las dos primeras habitaciones, que, por no descubrir las personas no señala en qual de ellas, a dos tenientes yngleses tirarse con sus sables desembaynados y como perros rabiosos sobre dos señoras, muy conocidas en la, Ciudad, a quienes gozaron violentamente.

 Que chocaba mucho más esta conducta atroz de los aliados a ver, como vio el testigo, coger a los veinte y cinco pasos del atrio de Santa María a los franceses con las armas en la mano y, dándoles quartel con los brazos abiertos, les subministraban los soldados aliados ron de las cornetas que llevavan consigo y les hacían mil caricias; y que los vecinos de San Sebastián, tan adictos a la causa de la Nación, que habían estado suspirando por la llegada de los aliados y que durante el asalto no se oían en todas las casas sino el rezo de letanías y otras oraciones por el feliz éxcito del asalto, recibiesen la muerte, el saqueo, tantos ultrages y violencias de parte de los que creían ellos ser sus libertadores y amigos.

 Que, por fin, salió de la Ciudad, entre diez y once de la mañana siguiente, con otras varias familias desarropadas y sin poder menearse por golpes que recivió.

 Al segundo, dixo, que las personas muertas, entre otras muchas, cuyos nombres no tiene presentes, son el Presbítero Beneficiado jubilado, don Domingo de Goycoechea, de edad de setenta y seis años, don Martín Altuna, Vicente Oyanarte, José Larrañaga, Pedro Cipitria y doña Xaviera Artola y, a no haber subido otras diferentes a los texados por precaución, hubieran sido víctimas de su furor, pues que no trataban sino de robar primero, forzar y matar sin distinción. (17)

 Al tercero, dixo que, estando en el texado, extendido de largo, observó antes de las cinco y quarto que ascendía un humo denso de una de las casas de las quatro esquinas de la calle Mayor, que era de la viuda de Echeverría, y, a breve rato, de la casa de la Panadería, frente de la cárcel vieja, a distancia de unos treinta a quarenta pasos de donde estava, y seguidamente de las inmediatas; observó en todas las casas incendiadas unos tiros que parecían de cohetes con intermisiones de fuego graneado, que eran de mixtos incendiarios, puestos por los aliados.

 Al quarto, dixo que se remite a lo que ha contextado al capítulo precedente.

 Al quinto, dixo que ha oído públicamente que, habiéndose presentado varios propietarios a pedir auxilio a algunos aliados para apagar el fuego, se negaron con ademanes de indignación, alegrándose del mal que hacían.

 Al sexto, dixo que al mismo deponente, al salir fuera de la Ciudad, en el camino cubierto, le registró un soldado que llevava de guardia y que, por no haberle hallado dinero, le quitó una tabaquera ordinaria y a varias mugeres, que iban en su compañía, los pañuelos del cuello y sabanillas de la cabeza, y, habiéndole dicho a un teniente ynglés, de edad de veinte y uno a veinte y dos años, de pequeña estatura, cara larga y blanca y picado de viruelas, cómo iban quitando, le dio un bofetón y le dixo en portugués que hacía bien de robar a todos los habitantes de San Sebastián, que merecían ser pasados por las armas.

 Que no sólo robaron en la Ciudad el primer días sino que duró el saqueo siete días continuos y, aun este mismo mes, han sacado de los escombros y extrahído al muelle balcones y fierro (18).

 Al séptimo, dixo que los franceses, desde que se retiraron al castillo la tarde del treinta, y uno, no dispararon aquel día, ni en los sucesivos, bombas granadas ni ninguna cosa incendiaria al cuerpo de la ciudad.

 Al octavo, dixo que ningún soldado ha sido castigado, al contrario, protegido en los robos por algunos oficiales, que de noche iban con ellos a las casas.

 Al noveno, dixo que han quedado unas cincuenta casasy casi todas al pie del castillo.

 Y que lo depuesto es la verdad baxo del juramento. prestado en que se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, asegurando ser mayor de cincuenta años; y en fe de todo yo, el Escribano, Yturbe.

 Pedro Ygnacio de Olañeta.

 Ante mí, José Elías de Legarda

 (16)   Corredor de Cambios y Lonjas de la ciudad de San Sebastián. Ocupaba el puesto de Tesorero Municipal desde 1804.

Era natural de la población de Elgueta, y falleció el 17 de Enero de 1837, viudo, con 78 años de edad. Sus funerales se celebraron en la Basílica de Santa María de Donostia.

 (17)Ver pie de pág. nº12.

 (18)   Se refiere a los hechos que detalla D. José María de Ezeiza, testigo nº 29 “(…) vio que el quince un Bergantín ynglés de guerra se apoderó de varias anclas y cables pertenecientes a particulares y al Consulado, así como de todas las lanchas del muelle. Que el veinte y quatro del mismo mes vio que la tripulación de una cañonera ynglesa robó balcones de fierro y aun unos candeleros de madera de la parroquia de San Vicente. Que el nombre del Bergantín de guerra es Racer.”

Testigo 3:

 Don Miguel Ygnacio de Espilla (19), Presbítero Beneficiado de las Parroquias Unidas de esta Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del Ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que, con motivo de vivir en la calle de la cárcel vieja (20), vio la entrada de las tropas aliadas, entre dos y tres de la tarde del treinta y uno de Agosto, por la Plaza nueva y otros puntos, y que, a su vista, huían despavoridos los franceses hacia el castillo, pero que, a muy luego, los aliados empezaron a disparar balazos a las ventanas y balcones y a las cerraduras de las puertas, y notó que empezaron a saquear la casa de Armendariz (21), que está enfrente de la suya; que en seguida subieron a casa del testigo y, habiéndoles recivido con la mejor voluntad, le arrancaron quanto dinero

tenía y hasta los zapatos que tenía puestos; que saliendo unos, volvían, a entrar otros, y estuvo en tres ocasiones expuesto a perder la vida con el fusil puesto al pecho, porque descubriese dinero, sin que pudiese desarmar su ferosidad, representándoles que los anteriores le habían quitado quanto tenía y que tomasen todo lo que hubiese en casa, lo que no bastó para que desistiesen de su intento de matarlo, lo que hubieran hecho sin duda a no haberles enternecido un niño de doce años, hijo de una militara española, el qual, de rodillas y con lágrimas, pudo conseguir no le matasen, así como los muchos esfuerzos y ruegos de sus dos hermanas, a quienes les robaron hasta los pendientes que tenían puestos y abofetearon a una. Que, a la noche, se aumentó este desorden y sentía desde su casa tiros de fusil, que disparaban dentro de otras casas, gritos de hombres y mugeres que pedían confesión y confesores, ayes lastimosos de gentes que sufrían y de mujeres que pedían auxilio, sin duda por ser violadas en tanto grado que muchas personas, expecialmente mugeres, pasaron aquella noche en los texados, huyendo de la barbarie y ferosidad de los yngleses y portugueses de modo que no se pueden describir las lástimas, y desgracia de aquella noche; que a la media noche, habiendo notado fuego en las inmediaciones de su casa, salió despavorido y pasó a casa de Blanco en la calle de la Trinidad, donde hubo algún sosiego por haber un oficial herido; y por fin salió el día siguiente de la Ciudad con un montón de familias, todas abatidas, desarropadas, golpeadas y en el estado más lastimoso.

 Al segundo, dixo que los muertos de que tiene noticia son hasta unos veinte, de quienes no se acuerda por ahora, sino de su tío, don Domingo de Goycoechea, Presbítero Beneficiado jubilado, que fue muerto por los aliados al tiempo que salió a victorearlos a la ventana; Bernardo, Campos, don José Miguel Magra, que fue tirado de un balcón, según noticia; que, a luego de esta desgracia, dieron a su hermana, doña Manuela, en presencia del deponente; José Larrañaga, muerto con su hijo en los brazos, doña Xaviera Artola, Juan Navarro y Pedro Cipitria, que han muerto a resultas de sus heridas (22).

 Al tercero, dixo que el testigo, como estubo metido, en su casa, no notó el fuego hasta que llegó a sus inmediaciones, que fue a media noche del treinta y uno de Agosto, día del asalto, y que no vio quién lo causó.

 Al quarto, dixo que la mayor de la noche estuvieron en su casa y, aun guando salió el testigo, quedaron en ella quatro soldados, dos portugueses y dos yngleses, que tres de ellos tomaron a cada vela y amagaron varias veces de dar fuego a las cortinas de la casa y uno de ellos dio fuego al gergón de uno de los quartos y que se pudo apagar; y, como el testigo y sus hermanas dexaron abandonada la casa a media noche, no sabe o no puede asegurar si aquellos quatro la darían fuego; que, a la salida de su casas notó que la cabaña de Arruabarrena tenía fuego y que un portugués estaba mirando por la parte de afuera y, como esta cabaña está en el zaguán de la casa del testigo, pudo haberse comunicado al resto de la casa; y, unidas todas estas circunstancias y la de haberles visto baxar todos los baúles que había en las habitaciones atrás, le inclinan a creer a que los mismos soldados incendiaron la casa, lo que corrobora la falsa voz que les oyó de que tenían orden del señor General Castaños de matar a todos los habitantes e incendiar a la Ciudad, con cuya absurda especie querían sin duda cohonestar las intenciones que trahían de incendiar.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que, aunque el testigo no experimentó ningún robo ni violencia a la salida de la Ciudad, ha oído que otros muchos fueron despojados de algunos pocos efectos que pudieran salvar, ya al tiempo de la salida como en las inmediaciones y cercanías del Antiguo; y que el saqueo de la Ciudad duró siete días.

 Al séptimo, dixo que el testigo permaneció en la Plaza hasta las seis de la mañana del dos de septiembre, hasta cuyo día, desde la tarde del treinta y uno de Agosto, no notó ni ha oído que los franceses disparasen bombas, granadas, ni ninguna otra cosa incendiaria sobre el cuerpo de la Ciudad, ni ha oído tampoco que hubiesen disparado en los días succesivos.

 Al octavo, dixo que no vió ni ha oído que algunos yndividuos de las tropas aliadas hayan sido castigados por los excesos cometidos en esta Plaza.

 Al noveno, dixo que serán unas cincuenta casas, poco más o menos, las que se han salvado del incendio y que las más y mejores están situadas al pie del castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado, en el que, después de habérsele leído, se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de etrinta y y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de treinta y cinco años y en fe de todo firmé yo, el Escribano, Yturbe.

 Miguel Ygnacio de Espilla.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (19)Miguel Ygnacio de Espilla Goicoechea nació en San Sebastián, siendo bautizado en la Parroquia de San Vicente Martir el 5 de Agosto de 1778. Era hijo de Joseph Espilla Bengoechea y de Raphaela Goicoechea Echeverría, hermana del reverendo D. Domingo de Goicoechea, muerto en su casa por un disparo cuando vitoreaba a los aliados.

      Falleció el 18 de Septiembre de 1853, y sus funerales se celebraron en la Parroquia de San Vicente Martir.

 (20)La calle conocida como de la Cárcel Vieja se refiere al tramo de la antigua calle Íñigo, en su parte comprendida entre la calle Mayor y la Plaza Nueva, también denominada Íñigo Alto. Era el mejor tramo de la calle, muy despejada, con una anchura de entre 18 y 22 pies y con una plazuelita en su unión con la calle Mayor.

 (21)No he encontrado ni el apellido Espilla ni el de Armendariz entre los nombres de los titulares de las casas que señaló al arquitecto Ugartemendía en su plano, por lo que me limito a señalar la zona con un círculo rojo que siturá al lector en el lugar donde se desarrollan los hechos.

 (22)Ver pie de pág. nº12.

Testigo 4:

 Don Antonio María de Goñi (23), corredor de navíos de comercio de esta Plaza, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que al tiempo del asalto se hallaba en su casa número 212 de la calle de la Trinidad, a una con su madre, tío y una, criada y otras quatro vecinas que se refugiaron, teniendo la puerta de casa y las ventanas cerradas(24), y desde los resquicios vio entrar una tropa de yngleses que traían su dirección desde la calle del Matadero (25) y entraron en la Trinidad con repetidos vivas en seguimiento de los franceses, que huían despavoridos, arrojando las armas con tal precipitación, desorden y desaliento que cree el testigo que, si les hubieran seguido con ardor, se hubieran hecho dueños del castillo; pero, a pocas descargas, dexaron de perseguirlos y empezaron a disparar a las casas y, quando lo hicieron con la del testigo, baxó su tío, que posee el idioma ynglés, les abrió la puerta, los abrazó y ambos les ofrecieron quanto gustasen; que al principio pidieron solamente agua y les dieron también jamón y aguardiente; concluido lo qual, empezaron a saquear la casa y, habiendo el testigo expuesto a uno de ellos que no esperaban ni merecían este trato por ser españoles, le dio un culatazo en las costillas, a cuya fuerza cayó al suelo, y su tío, que debió de hacer igual reconvención a un achero portugués, recivió por respuesta un achazo dirigido a lacabeza, que le hubiera sacado de los hombros a no haber hurtado el golpe, ladeando pronto el cuerpo; que, habiendo pasado a otra pieza, donde se hallaba su madre, observó que un portugués quería forzar a la criada, lo que pudo evitar, a cuya vista y del desorden, que notó reynaba en todas partes, salió a implorar el auxilio de un oficial y tubo la buena suerte de hallar a un Alférez de cazadores del número 8, llamado don José Carrasco, quien, a una con su madre, tío y criada y otras tres mugeres, les condujo al alojamiento del General Esprey (26), que estaba ospedado en casa de la viuda Donton (27), frente las Puertas chiquitas de la Parroquia de San Vicente; que, hallándose allí, le dixo el coronel del Regimiento Portugués número 15 (28) le conduxese al café de la Aguila (29), donde se hallava el General ynglés (30) que mandaba todas las tropas; que, a una con este General, el coronel portugués y don Angel Llanos, volvieron por la calle de Escotilla y notaron que, en la tienda donde estuvo la hija de Zaloña, unos soldados con velas en las manos andaban por las paredes en ademán de pegar fuego, lo que dicho General estorvó; que para aquel tiempo, que era el anochecer, ya estava ardiendo la casa de la viuda, de Soto y debe observar que a su primera salida de casa a la del General Esprey sufrieron muchos insultos y baldones de parte de los soldados, y, quando fueron al café, vio en la calle de Embeltrán a tres mugeres ancianas hechas unas estatuas, aleladas y despavoridas, sin duda del mal trato que habían revivido. Que el General ynglés, que vino desde el café, fue azia Santa María a reconocer los puestos, y el deponente y el coronel portugués a casa del General Esprey, desde donde en toda aquella noche oían gritos, lamentos y quejas de mugeres, que, sin duda, eran maltratadas y violadas. Que la tarde anterior fue con el oficial Carrasco a la casa de enfrente de la suya, número 209, donde había varias mugeres jóvenes refugiadas, y en una de sus habitaciones, en un quarto cerrado, sintieron quejarse a dos Muchachas, a quienes forzaban algunos soldados, y, derribada la puerta, salieron en efecto dos portugueses, a quienes castigaron a sablazos dicho Carrasco y un, oficial ynglés.

 Que los quatro días que estuvo el deponente notó el saqueo más horroso y un absoluto desenfreno en la tropa, sin que hubiese patrullas ni se pusiese algún otro medio para contenerlo ni para cortar el fuego, el qual, habiendo llegado a la casa del General Esprey, determinaron salir de la Plaza, como lo hicieron.

 Al segundo, dixo que las personas que se acuerda muertas son el Presbítero don Domingo de Goycoechea, la ama del cura Hériz y su criada, Felipe Plazaola, el fondista Jeanora, la muger del Practicante de cirujía, don Manuel Biquendi, el criado de la citada casa número 209, la suegra del Escribano Echániz, la madre de don Martín Abarizqueta, Vicente Oyanarte, don José Miguel Magra, una tal Vicenta que vendía aguardiente, el Andaluz: Juan Navarra, Pedro Cipitria y otros que, por la dispersión de las familias, no han llegado a noticia del testigo, siendo muchas las heridas, entre ellas aquéllas tres ancianas que encontró corno pasmadas en la calle de Embeltrán, a las que el día siguiente vio que llevaban heridas a la Parroquia de San Vicente, de modo que la que no fue herida fue maltratada y golpeada a lo menos, como se notó en el aspecto de quanto se veían en las calles y a la salida del pueblo, lo que contrastaba terriblemente con el buen trato que vio que los aliados daban a los franceses aun cogidos en el acto del combate. (31)

Luis do Rego Barreto

Al tercero, dixo que no había fuego ninguno en la ciudad hasta la tardeada del treinta y uno de Agosto algunas horas después que los franceses se retiraron al castillo; esta circunstancia lo que notó en la calle de la Escotilla quando venía con el General, el no haber disparado sobre la Ciudad los franceses desde que subieron al castillo, el haber notado al tercer día fuego recién aplicado en la casa número 6 de la Plaza nueva por la calle de atrás y calle de Juan de Bilbao, estando el resto de la Plaza aun sin fuego, el desenfreno y absoluta indisciplina que reynaba en la tropa y la voz pública le persuaden y hacen creer firmemente que fueron los aliados, y no los franceses, los que incendiaron la ciudad.

 Al quarto, dixo, que se remite a lo que tiene contextado al capítulo precedente.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que tiene declarado que en los quatro días que estuvo el testigo en la Plaza, después que entraron los aliados, notó los mismos robos y desórdenes que en el primero y que al tiempo de la salida, al llegar al camino viejo de San Bartolomé, robaron a un cartero, vecino suyo, algunos pocos efectos que pudo salvar, que trahía liados en un pañuelo; que a los ocho días después que se rindió el castillo, quatro artilleros yngleses, a las dos de la tarde, forzaron a una muchacha entre las ruinas de la calle de los Angeles con motivo de haber ido a acompañar a una amiga suya, que quiso reconocer los restos de su casa, y esto, lo sabe el testigo por haber acudido por los gritos de otras mugeres que pidieron auxilio y les prestó un oficial portugués, que, paseándose por casualidad por la Muralla, de enfrente de la Aduana, mandó un piquete, que separó a los yngleses sin imponer otro castigo.

 Al séptimo, dixo que no observó ni ha oído que los franceses, desde que se retiraron al castillo, tirasen sobre el cuerpo de la Ciudad bombas, granadas o proyectiles incendiarios.

 Al octavo, dixo que no ha visto imponer más castigo que el de unos quantos sablazos a un soldado portugués en el atrio de San Vicente los dos o tres días después del asalto.

 Al noveno, dixo que las casas salvadas serán de quarenta a cincuenta, poco más o, menos, y la mayor parte, que forma una cera o hilera entera, se halla en la calle de la Trinidad, en el extremo de la Ciudad y al pie del mismo castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto bazo del juramento prestado e que, después de leído, se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, asegurando ser de edad de veinte y cuatro años cumplidos; y, en fe de todo, yo, el Escribano, Yturbe.

 Antonio María de Goñi.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (23)Nacido el 3 de Abril de 1789 fruto del matrimonio de Joan Antonio Goñi Weselves y Josepha Antonia Muñoa Lizarza, es bautizado en la Parroquia de San Vicente Martir de San Sebastián. Se casó con María Joaquina Alzate Olarán el 1 de Agosto de 1818 en la Basílica de Santa María. Falleció el 27 de Julio de 1863, celebrándose sus funerales en la Basilica de Santa María.

 (24)Perteneciente a la línea de casas pegante al monte Urgull, salvadas del incendio por albergar a muchos oficiales heridos en los combates. Muchas veces se han realizado afirmaciones en las que se aseveraba que los aliados conservaron esa línea de casas con el único fin de utilizarlas como vivienda para sus mandos. Nada puede ser más erróneo, ya que jamás se hospedaría nadie en lo que en ese momento, y en total durante una semana, sería la primera línea del frente. Únicamente hay buscar en esta medida la lógica militar, aprovechando una línea de casas que serviría como defensa en caso de ataque de las tropas enemigas encerradas en la fortaleza.

 (25)La calle de la Zurriola que aparece en el plano de Ugartemendía, era conocida popularmente como la calle del Matadero, al encontrarse este situado en la misma, cerca del mar.

 (26)Se tiene que tratar del Mayor General William Frederick Spry, que se encontraba al mando de la Brigada Portuguesa compuesta por el 3º y 15º regimientos de infantería de línea y por el 8º de caçadores. Era un veterano de las guerras en la India entre 1787 y 1807 en donde destacó en la acción de Seringapatam de 1799. Sirvió en las filas del ejército portugués integrado en las filas del Duque de Wellington desde agosto de 1810 hasta enero de 1814.

      Mencionado en los despachos oficiales por las acciones de Badajoz, Salamanca, Vitoria y San Sebastián, recibirá la Medalla de oro con las barras de estas tres últimas.

Falleció en la Península el 16 de enero de 1814 a consecuencia de una enfermedad.

 (27) Tiene que tratarse de la casa señalada en el plano de Ugartemendía como de la Viuda de Miranda

 (28)Louis do Rego Barreto (1777 – 1840), era en ese momento el Coronel al mando de 15º regimiento portugués de infantería de línea. Destacó por su arrojo en todas acciones en las que participó, destacando en San Sebastián al ser el primero en sobrepasar las defensas francesas por la denominada brecha pequeña, según algunas fuentes de la época. Es normal que lo encontrara nuestro testigo junto al General Spry, ya que este era su superior, y estaría reunido junto a su Estado Mayor. Fue apodado por el general Beresford como “el valiente”.

Nada más tomarse la plaza, fue nombrado gobernador de la misma, motivo por el que muchos historiadores le responsabilizan como culpable de los saqueos y destrucción de San Sebastián, al no haber podido o querido pararlos.

 (29)Analizando el recorrido que hicieron el testigo, el general Spry y el coronel Barreto desde San Vicente por la calle San Gerónimo o Escotilla, hay que suponer que se dirigieron hacia la Plaza Vieja, donde se situaba el Café de la Facunda o del Cubo. Es muy probable que durante los cinco años de dominación francesa este modificase su nombre por el del águila, denominación con sus connotaciones imperiales que tanto agradarían a las tropas de ocupación, pero esta afirmación no deja de ser una simple suposición.

 (30)Seguramente se trate del Mayor General Sir Andrew Hay, quien ostentaba el mando de la 5ª División por encontrarse su titular, el general Leith convaleciente de una antigua herida. Una vez reincorporado este justo a tiempo para participar en el asalto de San Sebastián, resultará nuevamente herido de gravedad, retomando Hay sus anteriores funciones.

      Fallecerá en la última acción de la guerra, cuando los franceses efectúen una salida desde la asediada ciudadela de Bayona el 14 de abril de 1814. Tenía 52 años de edad.

 (31) Ver pie de pág. nº12.

Testigo 5:

 Don Rafael Miguel de Béngoechea(32), vecino y del comercio de esta Ciudad, testigo presentado, y jurado, siendo examinado al tenor de Ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que el treinta y uno de Agosto, último día en que los aliados entraron por asaltó en esta Plaza, se hallava, a una con otros varios, en la casa de la Ciudad, desde donde vio que las tropas ynglesas y portuguesas corrían por toda la calle de Yñigo en persecución de los franceses, que en el mayor desorden se dirigían en tropel azia el castillo; que, llegados algunos de los aliados a la esquina de la Plaza nueva, llamada de la cárcel vieja, cogieron por la espalda a un artillero y dos o tres soldados franceses que, con un cañón de a quatro colocado detrás de la casa de la Ciudad, estavan haciendo fuego con dirección al arco de San Gerónimo, y, con admiración del declarante, les perdonaron la vida generosamente; que, guando se creyó que se había disminuido el tiroteo y guando se oyó tocar el clarín, pensando que sería señal para que saliesen los habitantes a las calles, el declarante, a una con los señores Alcaldes y demás que se hallaban reunidos, se presentaron en los balcones de la Casa consistorial con pañuelos blancos en la mano y, habiendo preguntado a un oficial que andaba paseando en la Plaza, si baxarían, les respondió que sí; que, habiendo abierto  las puertas, vinieron en tropel oficiales y soldados yngleses y portugueses y principiaron a hablar en ynglés y, no habiendo quién les entendiese, les preguntó el declarante si hablaban en español y, contextándole que no, aunque con mucha repugnancia y temor por el aborrecimiento que le parecía tendrían a quanto oliose a francés, se vio en la precisión de preguntarles, si poseían este idioma, y, diciéndole entonces uno de los oficiales ¿qué venían a ser aquellos señores? les respondió eran los Alcaldes y Regidor de San Sebastián que baxaban a darles la enhorabuena por la toma de la Plaza y que deseaban ir a cumplimentar al General; que, oída la respuesta, le conduxeron inmediatamente a la brecha, acompañados de un Edecan y el declarante, que vio que los aliados estavan saqueando la casa de Armendariz, se encaminó para la suia con un pañuelo blanco en la mano con el objeto de ver si podía libertarla; que en el tránsito observó que estavan no pudiendo abrir las puertas de las casas de los comerciantes Barandiarán y Queheille, tirando tiros y más tiros y que las demás estaban saqueando; que, un poco antes de llegar a la suya, entraron en ella los aliados, rompiendo las puertas del almacén y, habiéndose presentado en él, le agarraron inmediatamente entre todos con sables y bayonetas en las manos, diciéndole que les diese dinero y que, de lo contrario, le quitarían la vida allí mismo; entonces les contexto que no tenía, pero que tomasen todo quanta encontrasen en casa; que, poco satisfechos de esta respuesta, volvieron a reiterarle con la misma amenaza de muerte que les enseñase dónde lo tenía enterrado y, respondido que en ninguna parte, principiaron a maltratarle y le quitaron el relox y dinero que tenía consigo, el sombrero, levita, chaleco, tirantes, pañuelo del cuello y, por último, le arrancaron hasta la camisa, a pesar de hallarse muy inmediatos dos oficiales yngleses, que estuvieron mirando todo con la mayor indiferencia que, viendo el declarante que iban a despojarle aun del pantalón, hizo unesfuerzo y, libertándose de entre las crueles garras de aquellos verdugos, salió a la calle en la disposición indicada; que, según le contaron después, dos soldados yngleses quisieron dispararle por la espalda, mas, hallándose una vecina en el balcón de su casa, acompañada de tres oficiales de la misma nación, a, quienes dixo, que era su hermano, entonces fue quando mandaron retirar los fusiles; que el declarante, todo despavorido y sin saber lo que se hacía, entró en el primer zaguán que vio abierto y, habiendo subido a la segunda habitación, le dieron unas mugeres una camisa gruesa y una chupa vieja; que, al instante, pasó a refugiarse a la casa referida donde vio a los oficiales yngleses, quienes, habiendo salido afuera, se quedó también tan expuesta como las demás; que, en efecto, entraron en ella los soldados yngleses y portugueses en seguimiento de don Alexandro Montel (33), a quien, habiéndole agarrado en la sala, le pedían dinero, diciéndole que, si no, iban a matarle; que el declarante oía desde la cocina los tristes clamores de los hijos del dicho Montel, que gritaban «¡ay, que van a matar a mi padre!», quando, en esto, sintiendo que se dirigían a donde él estaba, a fin de salvar su vida, que poco antes la vio tan expuesta, tubo por único remedio el saltar de la primera habitación al patio, y meterse dentro del común, donde se mantubo por espacio de tres horas, oyendo los lastimosos ayes y tristes suspiros de las infelices mugeres que quedarron en la primera habitación, a quienes dispararon en la sala por cinco veces; y, aguardando por momentos el terrible lance de la muerte, pues que los soldados llegaron varias veces a mirar por la ventana del parage donde se hallaba; que, habiendo, pasado a su propia casa (34), en cuya puerta, mandó poner guardia el General por haberle solicitado su padre, Alcalde de primer voto de la Ciudad, para la seguridad de su persona se mantuvo en ella acogiendo a las muchas personas que fueron a refugiarse abandonando sus casas, siendo muy sensible al declarante no poder socorrerlas con un poco de alimento, a causa del horroroso saqueo, que había sufrido. Que últimamente toda aquella noche oyó muchos tiros y tristes alaridos de personas de otro sexo, que andaban por los texados, escapándose de entre las garras de los soldados que, qual leones y tigres ambrientos y semejantes a los yndios bravos, perseguían a todas, sin distinción alguna, ni a niñez ni a la ancianidad. Que varios oficiales franceses dixeron al declarante que desde el castillo oyeron igualmente los ayes lastimosos de aquella noche horrorosa.

Casa Consistorial donde se encontraba el testigo esperando a recibir a las tropas aliadas. (2) Posición de la pieza artillera francesa que cubría la calle San Gerónimo o Escotilla en la que fueron apresados no menos de tres artilleros. (3) El arco de la calle Escotilla junto a la Plaza Vieja. (4) Casa de D. Miguel Antonio Bengoechea, padre del testigo, en la que sefugió con muchas más personas al existir una guardia armada ordenada por el general a petición de su propietario, Alcalde primero de la ciudad.

Al segundo, dixo que, entre las muchas personas que fueron sacrificadas, recuerda por sus nombres a don Domingo de Goycoechea, sacerdote anciano, muy recomendable por su particular adhesión a la justa causa, que defiiende la Nación y aborrecimiento a los franceses, quien, habiendo salido al balcón de su casa a victorear a los aliados, llamándoles nuestros libertadores y restauradores, fue muerto de un balazo, a la ama del cura Hériz, a doña Carmen Echenagusia, a la suegra de Echániz, a Bernardo Campos, a Felipe Plazaola, a José Larrañaga, al suizo Jeanora, que fueron igualmente muertos, y don José Miguel Magra, ya anciano, que fue tirado de un balcón a la, calle; que, así mismo, entre los heridos, le consta fueron comprendidos don Juan Navarro y don Pedro Cipitria que han muerto de sus resultas, don Claudio Droville, don Joaquín Elduayen, Ygnacio Gorostidi y otros muchos, cuyos nombre no recuerda en este momento. (35)

 Al tercero, dixo que el incendio se notó el mismo día del asalto, al anochecer, que los que le causaron no fueron los enemigos y sí los aliados, para cuya conformación debe exponer el declarante que los portugueses, hechos prisioneros en varias salidas que hicieron los franceses durante el sitio, le dixeron al mismo y a otros muchos, a una voz, tenían orden del General Castaños para incendiar la Ciudad y pasar a cuchillo a todos sus habitantes.

 Al quarto, dixo que la primera casa que vio arder el mismo treinta y uno fue la de la viuda de Echeverria, situada en uno de los quatro cantones de la calle Mayor; que no sabe de qué modo la incendiaron, pero que el fuego principió desde el almacén y que los que andaban alrededor eran soldados ingleses y portugueses; que tampoco sabe con qué combustibles, mas ha oído decir a muchísimos que tenían unos cartuchos largos con los quales incendiaron las casas al momento; que le confirma en esta opinión la prueva que, en presencia del declarante, Carmen Ygnacia Lasarte y María Josefa Ubiscun, hizo don José Mateo Abulia, echando a un brasero encendido un pedacito de mixto (36) que dixo había recogido de una bomba que cayó al lado de su casa, el qual, a, pesar de no ser mayor que una avellana grande, hizo salir al momento una llama crecida, de color de azufre.

 Al quinto, dixo que ha oído decir que los aliados habían impedido apagar el fuego en algunas casas.

 Al sexto, dixo que no sabe si a los tres, quatro y ocho días después de la rendición del castillo, cometieron los aliados algunas violencias y robos, pero que el día primero de setiembre quando salió el declarante de la Ciudad, a pesar del miserable estado a que se hallava reducido, pues su vestido era un pantalón viejo de un tonelero, camisa y chupa de un herrador y sin sombrero en la cabeza, el zentinelá ynglés que estava en la Puerta de tierra le pidió un duro si quería salir de la Ciudad, al que le contexto que no tenía ni un quarto, que, si gustaba, le daría los pantalones, que tampoco eran suios, y que le dexase salir afuera; que también le consta que a, muchas personas arrancaron ese mismo día hasta los pañuelos que llevaban para cubrir sus pechos; que, asimismo, sabe con referencia a un sugeto fidedigno que un comerciante prometió a unos pobres amarradores, que habían salido de la Plaza, darles dos mil pesos, si le sacaban de casa de otro unos cofres de mucha, importancia, a lo que le respondieron a una voz «no volverían a meterse dentro por todos los dineros del mundo», siendo esto la prueva, más evidente que puede darse del modo bárbaro, cruel e irracional con que nos han tratado nuestros deseados aliados.

 Al séptimo, dixo que los franceses no tiraron sobre la Ciudad bombas, granadas, ni proyectiles incendiarios desde su retirada al castillo el tiempo que el declarante se mantuvo adentro, ni tampoco ha oído absolutamente a nadie que lo hubiesen hecho después.

 Al octavo, dixo que no ha visto, ni oído a nadie que algunos individuos de las tropas aliadas se hubiese dado ningún castigo por los excesos cometidos en la Ciudad.

 Al noveno, dixo que poco más o menos son unas quarenta las casas libertadas del incendio, de las quales parte están situadas al pie de la muralla, parte en la calle de la Trinidad, en la cera más inmediata al castillo, y parte a la espalda de la Parroquia de San Vicente, que están inhavitables.

 Que lo depuesto es la verdad baxo del juramento prestado y en ello se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de veinte y seis años cumplidos, y en fe de todo firmé yo, el escribano Yturbe.

 Rafael Miguel de Bengoechea.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (32)Nacido hacia 1787, sus padres son Miguel Antonio de Bengoechea Machienea (Testigo nº 78) y Rafaela Antonia Gorrizarena Zavala. Era el mayor de tres hermanos, aunque desgraciadamente sólo he localizado las partidas de bautizo y defunción de sus dos hermanos menores Feliza Carmen y Juan Rafael.Asistió a la Junta de Zubieta y fue uno de los firmantes del Manifiesto.

 (33)Alexandro Montel Amestoi, comerciante donostiarra (Aparece mencionado en la publicación “Almanak o Guía de Comerciantes para el año de 1803”) nacido el 21 de Mayo de 1753 y bautizado en San Vicente Martir, casado con María Magdalena Fernández Madrileño Alzua, con la que tuvo diez hijos.

 (34) C/Puyuelo Alto nº 59 del plano de Ugartemendia.

 (35) Ver pie de pág. nº12.

 (36) En la jerga militar, se denomina mixto a una masa o pasta compuesta de pólvora, sebo, carbón y salitre con la que se rellenaban las espoletas y se confeccionan otros combustibles aplicables a la artillería.

Testigo 6:

 Don José Manuel de Beracearte (37), vecino y del comercio de esta Plaza, Testigo presentado y jurado, siendo, examinado al tenor del ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que el treinta, y uno de Agosto, a las once de la mañana, rompió el fuego para el asalto, y a las dos de la tarde se hallavan ya los aliados en la calle del testigo, que es la del Puyuelo (38), manteniéndose el testigo en su casa con todas las puertas cerradas; que entraron gritando «¡Urra! ¡Urra!» y, luego, pidieron a los habitantes vino y agua, y todos los vecinos salieron a darles quanta pidieron, y, después de haber refrescado, se reunieron todos en la Plaza al son de una trompeta y, al instante, se esparcieron todos a tocar las puertas y tirar tiros a las ventanas, que también tiraron a la del testigo y le gritaron baxase con la llave a abrir la puerta; que baxó al instante con una muger y, a luego que le sintieron y antes de abrir la puerta, le dispararon varios balazos desde el ahugero de la llave y los resquicios de modo que la muger que le acompañava fue herida en un pie, y, atemorizardos ambos, no se resolvieron a abrir la puerta, pero, a poco rato, se atrevió el deponente a abrir la del almacén, y, apenas le vieron los aliados, quando, agarrándola entre varios, le despojaron de quanto llevava, le soltaron los calzones, le quitaron los zapatos, arrancándole hasta unas reliquias que trahía colgadas al pecho, debaxo de la camisa, dexándole quasi en cueros, lo mismo que a su muger; que en seguida le hicieron subir a sus habitaciones y le rompieron escritorios, armarios, arcas y quantos muebles había, llevándose quanto en ellos encontraron, y, habiendo consumido la tarde en este saqueo, quedaron muchos de ellos en su casa a la noche y le mandaron poner una cena, y, en efecto, les dio dos perniles, dos grandes panes, un queso de Holanda, todo el vino que tenía en casa y por postre quatro botellas de ron, de a seis chiquitos cada una, que, quando despacharon esta cena, le pidieron más y, como no tenía qué darles, le quisieron matar, poniéndole el fusil al pecho con el gatillo levantado varias veces, hiriéndole gravemente en la cabeza de modo que aún conserva las manchas de la sangre que vertió de ella en el pañuelo que tenía puesto al cuello. Que luego se echaron sobre toda su familia y sobre otras dos que se refugieron a casa del deponente, y, hallándose todas apiñadas en un punto, disparó un soldado sobre todos, sin que hubiese herido a ninguno, como por milagro. Que fue tal el terror que causó esto a un vecino suio, que se hallaba, en casa del testigo con toda, su familia, que, abandonándola, huyó azia, el común y, levantando la caxa, se metió en él. Que a luego intimaron que habían de gozar de todas las mugeres, amenazándoles de muerte si no consentían, y, por evitarla, tubieron que sufrir todas esta afrenta públicamente en la sala delante de todos; que luego pretendieron dormir con ellas y lograron también por fuerza. Por último, llegó hasta tanto el desenfreno y la barbarie que un portugués obligó al testigo a presenciar con una vela encendida en la mano el acto vergonzoso e ignominioso de gozar a todas las mugeres de su casa y de las familias refugiadas en ella, como lo hizo en un buen rato, y, al cabo, se retiró y pasó a las habitaciones de arriva, donde, viendo los mismos desórdenes y hallando continuos riesgos de perder la vida, volvió otra vez a la suia. Que llegó la atrocidad y feroz conducta de estos hombres al increible punto de tomar entre dos a un hijo de edad de tres años y quererlo partir en dos piezas, y lo hubieran executado a no haber intercedido otro soldado más razional que, compadecido, representó a, sus bárbaros camaradas quán blanco y hermoso era el niño y los desarmó y le dexaron vivo, el qual ha quedado tan atemorizado desde entonces que, aun en el día, viendo a un soldado ynglés o portugués, huye despavorido y se esconde en qualquier rincón. Que toda aquella noche fue la más horrorosa que puede pintarse, así en casa del testigo como en todas las vecindades, en donde no se oían más que ayes, gritos, lamentos y tiros. Que, a la madrugada, les dixeron sus feroces huéspedes que tenían orden de atacar el castillo a las seis de la mañana y oyó trataban entre ellos de matar a todos los de la familia, diciendo que se hallaban con orden del General Castaños para pasar a todos a cuchillo y que, antes de subir al castillo, habían de poner en execución esta orden. Que, temeroso de la muerte, huyó a casa de un vecino, a donde llegó también su muger, y allí halló otras varias familias refugiadas al abrigo de un oficial y entre ellas muchos heridos y maltratados, y se mantuvieron en aquella casa hasta que se supo por el señor Alcalde Bengoechea que había libertad de salir fuera de la Plaza, como lo executaron, todos desarropados, en medio de un montón de familias que presentaban el espectáculo más triste y horroroso. Que, al mismo tiempo que se dio este trato tan cruel a los habitantes y vecinos, vio dar quartel a los franceses que fueron cogidos en su calle y tratarlos con la mayor humanidad, pues los vio pasearse con los brazos cruzados con los aliados, debiendo esperar mejor trato los vecinos por ser españoles y por haber tratado a los prisioneros yngleses y portugueses, que fueron cogidos en el primer asalto del veinte y cinco de julio, como a hermanos suios, pues así el Ayuntamiento como todos los particulares les dieron todo género de auxilios.

Con un recuadro rojo la situación de la casa del testigo, correspondiente al nº 61 del plano de Ugartemendía. Junto a ella, señalado con el nº1, la primera casa incendiada por los aliados nº 541 de la calle Mayor, según Ugartemendía, perteneciente a la viuda de Echeverría, y con el nº2 la de la esquina de enfrente, nº 87 de la misma calle, donde murió su inquilina de un ataque de pánico.

Al segundo, dixo que los muertos que recuerda son el Beneficiado Goycoechea, dos chocolateros, cuyos nombres no recuerda, doña Xaviera Artola, Jeanora, Vicente Oyanarte, Juan Navarro, don Martín Altuna, Pedro Cipitria, don José Miguel de Magra, que fue tirador de un balcón, la suegra de Echániz, una muchacha que fue pasada con dos balas por los pechos y otros muchos que fueron muertos y heridos, que no recuerda.(39)

 Al tercero, dixo que no había fuego alguno en la Ciudad quando entraron los aliados ni algunas horas después que se retiraron los franceses al castillo ni se notó hasta el anochecer del treinta y uno, en que, desde la ventana de su casa vio que los aliados pusieron fuego por la tienda a la casa de la viuda de Echeverría o Soto con algunos mixtos, según la prontitud con que se esparció el fuego; que temió que desde ella pasarían a dar fuego a la del deponente, pero desde la de Soto pasaron a incendiar la de la esquina de enfrente, que es propia de don José María de Leizaur, cuya ynquilina, Bautista de Lecuona, ha muerto del susto.

 Al quarto, dixo que se remite a lo que ha contextado al capítulo precedente, añadiendo, que, concluida la quema, de la calle Mayor, incendiaron las casas del Puyuelo y últimamente las de enfrente del muelle, ocupándose en esta operación artilleros yngleses, acompañados de portugueses y empleando mixtos.

 Al quinto, dixo que nada sabe de su contenido.

 Al sexto, dixo que los días succesivos al asalto, quanto a lo más que salvaban, algunos efectos de la Plaza, después de lograr entrar en ella con varias recomendaciones, eran robados, y, aun después de la, rendición del castillo y después de establecido el Magistrado, nadie podía registrar los escombros de su casa sin ser inquietado por las tropas aliadas, que robavan fierro, anclas, balcones y maderos, viniendo lanchas a cargar con frontales, de modo que, después de haber llegado la Guarnición Española y mediante las providencias tomadas por el General Español y los Alcaldes, se ha podido aplacar el robo, a los veinte y más días después de la rendición del castillo, pues los aliados, specialmente los yngleses, llevavan quanto les era útil, diciendo que todo era suyo.

 Al séptimo, dixo que los franceses, desde que se retiraron al castillo, no tiraron bombas, granadas ni ningunos proyectiles incendiarios sobre el cuerpo de la Ciudad; que ni lo notó el testigo ni ninguna de las muchas personas que la noche del treinta y uno, en que ardían ya muchas casas de la Ciudad, se hallaba en los texados, huyendo del cruel trato que les daban los aliados especialmente las mugeres, que se valieron de este asilo y de los comunes por evitar la brutal lascivia de los soldados que, como bestias, se tiraban sobre ellas en las calles públicas sin distinción de edad; que tiene entendido que los mismos franceses, que desde el castillo veían el incendio y oyen los clamores y gritos de los, habitantes, estaban pasmados de esta conducta para con unos vecinos que aborrecían tanto a los franceses y esperaban con tanta ansia a los aliados, como a sus libertadores y amigos.

 Al octavo, dixo que no ha visto, ni oído que ningún soldado aliado, haya sido castigado por los excesos cometidos en San Sebastián.

 Al noveno, dixo que las casas que se han salvado del incendio serán corno unas quarenta, y casi todas forman una cera desde la casa de don Antonio Tastet hasta detrás de la Parroquia de San Vicente, a una con el Convento de San Telmo, y todas situadas pegantes y al piel del castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en ello se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, asegurando ser de edad de sesenta años; y en fe detodo yo, el Escribano, Yturbe.

 José Manuel de Baracearte.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (37)José Manuel Beracearte Barguiarena, contrajo matrimonio con Casilda Barrau Orlei y Azcárate en la Basilica de Santa María el 30 de Noviembre de 1809. Fruto de esta unión nació Eugenio María Joaquín Antonio, que fue bautizado en el mismo templo el 6 de Septiembre de 1810. Murugarren afirma que tuvieron una hija nacida hacia 1810, pero creo que se refiere al mencionado Eugenio.

Falleció en 1831 a la edad de 75 años (MURUGARREN, L. Idem.).

 (38)C/Puyuelo nº 61según el plano levantado por Ugartemendia de todos los propietarios de las casas, anteriores al incendio.

 (39) Ver pie de pág. nº12.

Testigo 7:

 Don Manuel Angel Yrarramendi (40), vecino de esta Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que de la ventana de su casa, número 299, vio que, a las dos de la tarde del día treinta y uno de Agosto, estaban defendiendo los franceses la entrada a la calle de Embeltrán y que el General Rey, desde la puerta de la casa de don Miguel Joaquín de Lardizabal les exhortaba y animaba a la defensa; que de allí a rato, derribaron los aliados la Barriquería y penetraron en dicha calle ,siguiendo a los franceses, hasta la otra esquina y entrada de la de San Gerónimo; que allí hicieron de seis a siete prisioneros franceses heridos que no podían correr; que el General Rey y la tropa francesa se dirigieron al castillo por dicha calle de SanGerónimo, en donde, si los hubieran perseguido los aliados, seguramente, antes de llegar a la mitad de la calle, hubieran hecho prisionero al General francés por la pesadez y torpeza con que caminaba; pero, lejos de hacerlo así, se contentaron con entrar en la primera calle por la parte de la Plaza vieja, que es la referida de Embeltrán, y comenzaron a derribar las puertas y tiendas de las casas; que el declarante se hallava en la suya, perteneciente al conde de Peñaflorida, donde entraron quince soldados, ocho yngleses y siete portugueses, a los cuales el declarante, lleno de gozo,salió a recibirles como a libertadores del yugo francés; pero, cuando esperaba iguales demostraciones de parte de ellos, se halló sorprendido con dos fusiles puestos en arma, y, apuntándole, le digeron «nosotros venimos aquí por dinero y no a otra cosa; ¡venga pronto! si no, te matamos». Y, habiéndole dicho que no tenía, le hicieron entrar en la primera habitación y rompiendo los baúles y demás piezas donde tenía sus efectos, se los robaron todos; que otros once volvieron luego que salieron aquellos llevaron al testigo a las habitaciones altas de la misma casa, sacudiéndole culatazos, rompieron en la quarta habitación dos baúles grandes, pertenecientes a don Xavier María Argaiz (41), de donde extrajeron muchas piezas de plata labrada y ropas de gran valor;

Los franceses tenían las calles cortadas por “barriquería”, realizadas estas sobre todo a base de barricas y adoquines de las calles. La de la calle Embeltrán (1) militarmente estaba muy expuesta, al poder quedar aislada si el enemigo entrase por la calle San Gerónimo, a su retaguardia. Seguramente este sea uno de los motivos pors el que fue abandonada por sus defenseros, entre los que se encontraba el mismísimo general Rey. Este animaba a sus hombres frente a las casas propiedad de Lardizabal números 467 y 468, señaladas en rojo (2). Todo esto lo pudo ver el testigo desde la suya (3), señalando la huida del general, marcada por la línea amarilla, hacia la fortaleza por la calle San Gerónimo. Los aliados que entraron desde la Plaza Vieja, en lugar de perseguir a los franceses por esta calle, donde pudieron haber hecho prisionero al mismísimo general, giraron hacia embeltrán (4) para dedicarse a saquear.

un sargento de cazadores portugués dixo a un soldado ynglés que aquella era casa rica que en ella debía haber mucho dinero, y, mirando al testigo, dixo: «este indigno lo tiene escondido; si no te dice dónde lo tiene, mátalo»; que en consequencia le agarró el ynglés y, sacándole a la escalera, le dixo que declarase dónde tenía escondido el dinero y, respondíole que no había dinero en casa, le disparó un tiro a quemarropa de modo que la bala le pasó por entre las piernas; que pudo libertarse de ellos, huyendo a la primera habitación, donde a la media hora volvieron a entrar otros cinco, de ellos tres yngleses y los portugueses que estubieron la primera vez; éstos igualmente comenzaron a hacer las mismas insinuaciones y amenazas; cogieron a la criada, Francisca Zubelzu y le arrancaron diez y siete duros que tenía; al declarante obligaron a entrar en un quarto donde había tres baúles, el uno verde, perteneciente a doña Xaviera de Munibe (42), rompieron y, quando vieron había alhajas de oro, un soldado le dijo, disparándole: «bueno, bueno, tú has escondido muchas cosas sin decir dónde están y también tienes el dinero guardado, venga pronto, y hasta tanto no sales de este sitio; que, en consequencia, se colocó haciendo guardia en la puerta; que los otros quatro, arrimando los fusiles a la pared, se echaron sobre las alhajas, viendo lo qual, el declarante dio un rempujón al soldado de la puerta y pudo escaparse; que le siguieron dos y, al tiempo que cogió la calle, le dispararon un tiro y la bala le pasó junto a la oreja derecha; que pudo entrar huyendo, en la casa número 297, que habitaba José Larrañaga, de oficio chocolatero, hombre bien acomodado, y los dos que siguieron al testigo tropezaron con Larrañaga y, después que le sacaron seis onzas de oro y el relox, le mataron, porque no daba más; que el declarante subió al texado y se mantuvo en él hasta las ocho de la noche, a cuya hora tiró una texa a una cocina contigua y, habiendo salido a las ventanas doña Casilda de Elizalde, mujer de sesenta y seis años, a su quien, compadecida, pudo facilitarle una escalera y subió a su habitación, donde, en compañía de ésta y de otra criada suia, de más de sesenta años, quienes le refirieron habían sido saqueadas completamente y, a eso de las diez, vinieron a refugiarse a la misma casa varias mozas huyendo de las suyas; que, a la una de la madrugada, llegaron tres portugueses, diciendo que no trahían otro objeto que el gozar a las muchachas, las quales, habiendo oído esto, se metieron en un

Cuando el testigo abandona corriendo y perseguido por los asaltantes su casa (1), esquivando incluso disparos, logra llegar a la calle Puyuelo donde se cruza con el maestro chocolatero Larrañaga (2), que se concierte en una improvisada víctima de la soldadesca, que terminará asesinándolo. Tras pasar la noche escuchando gritos desgarradores de las mujeres, amanece la esquina de la calle Puyuelo con San Gerónimo con la más atroz de las imágenes, recordada por todos los que alguna vez han leído los testimonios. Una joven muerta, desnuda, ensangrentada, con una bayoneta atravesada en su “oficina de la generación”.

rincón de la alcoba muy disimulado, y, habiéndoles dicho que no había en aquella casa más que las dos viejas y el declarante, les quisieron matar, sacando a ese fin las bayonetas, a cuyo tiempo llegó otro que les disuadió, diciendo que aquella tarde habían robado quanta había en aquella casa, y, con tanto, se fueron; que a las tres, sintió el testigo unos espantosos gritos y chillidos de mugeres en la esquina de la calle de San Gerónimo y, habiéndose asomado a la ventana quando amaneció, vio a una moza amarrada a una barrica de dicha esquina, que estaba en cueros y toda ella ensangrentada, con una bayoneta que tenía atravesada, y metida por la misma oficina de la generación, y que varios yngleses estaban a su alrededor, espectáculo que le llenó de horror y espanto; que a las siete, volvió a salir a la ventana y no existía ya entonces el cadáver de dicha muchacha; que, habiendo visto en aquella hora a los dos señores Alcaldes y Regidor Armendariz, con quienes se incorporó, y, habiéndole dicho el Alcalde Bengoechea que ellos iban a tomar disposiciones para cortar el fuego y que el testigo fuese a consolar a su muger, que se hallaba donde estaba el General ynglés, llorando porque le creía muerto, pasó allí inmediatamente y vio que estaban almorzando los criados del General y habiéndole preguntado un sargento ynglés, que estaba allí y hablaba bien el castellano, qual era el motivo de su aflicción le contexto que ellos lo eran por el saqueo y demás atrocidades que estaban cometiendo, a lo que respondió el sargento que no tenía culpa la tropa, sino quien la autorizaba, a lo qual repuso el testigo que, si seguían ese sistema y conducta en España sería la sepultura de ellos, y con tanto cesó la conversación. Que, a las diez de la mañana, salió el testigo de la Ciudad con su familia y otras muchas personas, entre las que vio varias heridas, que no puede citar por no saber sus nombres y apellidos, y sólo recuerda de Juana Arsuaga (43), moza soltera de diez y siete años, que, herida en el brazo derecho por una bala de fusil que le disparó un ynglés, porque se escapó de casa guando vio que le querían matar a su padre.

 Al segundo, dixo que los muertos que se acuerda son su tío don Domingo de Goycoechea, Beneficiado jubilado, fino español, pues le consta que todas las semanas celebraba una misa por la felicidad de los Exércitos Españoles y sus aliados; que este buen sacerdote, quando vio entrar a los aliados en las calles, salió lleno de gozo al balcón victoreando con un pañuelo y fue muerto de un tiro; doña, Xaviera de Artola, la criada de Lafont, José de Larrañaga, el criado de la Posada de San Juan, la suegra de Echaniz, José Jeanora y otros que no recuerda; que los heridos fueron don Juan Navarro y don Claudio Droville, un tal Petriarza, otro criado de la Posada de San Juan, Juana Arsuaga y otras muchas personas. (44)

 Al tercero, dixo que los aliados dieron principio a batir en brecha a las diez de la mañana del veinte de julio y el veinte y dos se notó por primera vez fuego por la parte de la calle de San Lorenzo sin que pueda decir si provino de las granadas que disparaban los sitiadores o cómo succedió, pero sí que la Ciudad tomó varias providencias para cortar el incendio y se logró en medio de las balas y granadas que llovían la noche del veinte y siete, habiéndose quemado en aquel incendio sesenta casas en dicha calle de San Lorenzo, en la de Atocha, Narrica y San Juan; que desde el día veinte y siete de Julio hasta las siete de la tarde del treinta y uno de Agosto no hubo incendio ni fuego alguno en la Ciudad hasta las siete de la tarde de dicho día treinta y uno de Agosto, en cuyo tiempo se notó azia la calle Mayor, donde principió, según le aseguraron, por la casa de la viuda de Echeverria o Soto y, aunque él no lo vio, tiene entendido que los aliados fueron los que incendiaron la Ciudad.

 Al quarto, dixo que no vio dar fuego a casa, alguna.

 Al quinto, dixo que tiene oído que el carpintero José Ygnacio de Vidaurre y otros fueron llamados por el Ayuntamiento el primero de Septiembre para cortar el fuego y, habiendo, solicitado éstos escolta, se les proporcionó y con ella pasaron a las ocho de la mañana a trabajar en apagar el fuego de la casa de don Pedro Queheille (45), pero se vieron en la precisión de abandonar y de huir por quanto los soldados que llevavan de escolta les pidieron dinero y maltrataron.

 Al sexto, dixo que, quando salió el día primero doña Bernarda de Goycoechea, muger del testigo, el primero de Septiembre, con otras muchísimas personas, los soldados de la Guardia de la Puerta de tierra le arrancaron una sortija de diamante que llevava puesta en el dedo, única alhaja que pudo salvar hasta entonces; que igualmente, a los tres, quatro y posteriores días, los aliados cometían robos a la salida de la Ciudad y fuera de ella.

 Al séptimo, dixo que, con motivo de haber estado, en el texado hasta las ocho de la noche del treinta y uno de Agosto, huyendo de las tropelías que experimentó y temeroso de la muerte, puede asegurar que los franceses no tiraron sobre la Ciudad ninguna bomba ni granada desde que se retiraron al castillo hasta que dexó el testigo el texado, ni notó ni ha oído que hubiesen tirado después.

 Al octavo, dixo que no ha visto ni oído el que a ninguno aliado se haya castigado en San Sebastián por los excesos cometidos; que lo único que tiene entendido es que, habiendo ido a saquear a los tres o quatro días después del asalto unos marineros yngleses de los transportes, surtos en el Pasage, fueron arrestados.

 Al noveno, dixo que las casas que se han salvado del incendio serán de quarenta a cincuenta y las más situadas en el extremo de la Ciudad y al pie del castillo.

 Es quanto sabe baxo del juramento prestado, en que se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, asegurando ser de edad de cincuenta años, poco más o menos, y en fe de todo yo, firmé, el Escribano, Yturbe.

 Manuel Angel de Yrarramendi.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (40)Bautizado en la Parroquia de San Vicente el 5 de Julio de 1795. Sus padres fueron Ygnacio Joaquín Yrarramendi Uzcaga y María Bentura Plauden Apaiztegui. Tvo seis hijos fruto de su matrimonio con Bernarda Goicoechea Zubiri el 8 de Septiembre de 1788, celebrandose la ceremonia en la misma Parroquia.

      Fue regidor en 1814 y regidor jurado en 1815. Murio el año 1836 en estado de viudedad.

Murugarren dice en su trabajo titulado 1813 San Sebastián incendiada por Británicos y Portugueses, que era propietario de la casa nº474 de la C/Embeltran, pero en el plano de Ugartemendía aparece este solar a  nombre de Juana Olaizola. En su testimonio menciona que su vivienda era propiedad del Conde de Peñaflorida,  por lo que seguramente se trate del solar colindante nº 473.

 (41)Xavier María Argaiz Aranguren, natural de Pamplona-Iruña, y se había casado con Javiera Munibe Aranguren, natural de Vergara-Bergara, el 29 de Enero de 1806 en la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Mendaro – Garagartza.

 (42) Esposa del declarante.

 (43)Existe una partida de bautismo de la Basílica de Santa María del 7 de Enero de 1799 a favor de Juana Arsuaga, hija de Tomás Arsuaga Olarán y de María Gertrudis Oyarzabal Lisarsaburu. De ser esta, tendría 14 años de edad.

 (44) Ver pie de pág. nº12.

 (45)La principal casa propiedad de D. Pedro Queheille es la que actual nº 28 de la calle 31 de Agosto, antigua calle Trinidad, una de las pocas superviviente, pero leyendo la declaración del testigo, esta da a entender que el fuego de la casa no pudo ser apagado. Por eso me decanto por otra casa con varios propietarios, uno de los cuales era D. Pedro Queheille, situada en la calle San Juan nº 191 del plano levantado por Ugartemendia.

 Testigo 8:

 Don José Ramón de Echanique (46), Presbítero Beneficiado de las Parroquias unidas de esta Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor delinterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que se halló dentro de la Plaza durante el sitio en compañía de su señor padre septuagenario, hasta las once del día inmediato del asalto, y, por tanto, sabe que, a cosa de las once del día treinta y uno de Agosto, se rompió el fuego Y, serían como las dos de la tarde, quando la primera vez vio, por una de las ventanas de su casa, que dos granaderos ingleses corrían por la calle en seguimiento de los enemigos, que a toda prisa, se retiraban al castillo; entonces fue quando lleno del mayor contento, le dixo a su señor padre: «ya se ha vencido el punto, nuestros aliados se hallan ya dentro»; mas duraron poco tiempo el contento y alegría, viendo pues que, al paso que iban entrando en la calle, comenzaban a disparar a las puertas, balcones y ventanas de las casas, mandó a su sirvienta que abriese las puertas de la calle, pues que acaso querían reconocer las casas, revelosos de que en ellas se habrían escondido algunos de los enemigos, quedándose él en las puertas de su habitación para recibirlos y ofrecerles quanto prestaba la casa, como en efecto lo hizo con el que primero se le presentó; mas éste, puesto el fusil en el disparador, dirigiéndose a su pecho y dándole un empujón, le

respondió: “saca dinero, muchas, muchas onzas; si no te mato”. A quien, porque le dexase con vida, tubo que darle en una bolsa como unos quatrocientos cincuenta reales vellón, no quedándosele satisfecho con la plata hasta que vio el oro; por último, viendo que se iba y, queriendo el declarante guardar algunos reales, algún relox y lo mejor que tenía, al pasar con éstos por el tránsito, se le presentó segunda vez mismo con otros quatro compañeros más, haciendo las mismas pretensiones, y, puesto en un rincón, entre dos paredes, con el fusil preparado y dirigiéndole al pecho, le despojó de quanto tenía, hasta de los pañuelos de faltriquera; aquí fue quando, como fieras, se tiraron sobre quatro o cinco mugeres que se habían refugiado al amparo de ellos, despojándolas primero hasta de los pendientes que llevavan y demás adrezos (sic), tirándolas a los pies arrastrándolas por el suelo, porque se negaban a sus iniquas pretensiones; satisfechos de que, fatigadas las miserables y rendidas de aquel tan inhumano, cruel y bárbaro tratamiento, desahogarían con ellos sus brutales apetitos. Creyendo el declarante que serían más perseguidos y estarían más expuestos entre las sombras y soledad de la casa con aquel continuo entrar y salir de los saqueadores que saliendo al público, fue a decirle a su padre, que se halla escondido, le parecía más acertado el que todos baxasen a la calle y estar todos en reunión, reciviendo a los que pretendían entrar en la casa, añadiéndole que, si le hallaban escondido, acaso mismo le quitarían la vida; en efecto, baxaron todos y, viendo el declarante que se estava un señor oficial con el sable en las manos arrimado a su casa, esperando hallar en él alguna protección, saludándole primero, le dio la enhorabuena y en seguido empezó a referirle lo que le acabava de suceder con quatro o cinco granaderos yngleses, señalando con la mano; mas este señor que, según después averiguó, era no menos que un coronel, con un aspecto y un mirar serio, le respondió: “Vms. se han compuesto y entendido muy bien con los franceses”. “Vms, dicen que el francés es malo, pero el inglés mucho peor; pues que lo prueven ahora al ynglés”. Con tanto, volvió las espaldas, dejándoles más desconsolados que antes; viendo también que, aun aquí y en presencia de los oficiales, no se miravan seguros, se metió el declarante a un zaguán, donde había varios que habían sido prisioneros y a quienes socorrió durante su prisión (como también los demás habitantes) con camisas, camas, ropa, comida y limosna, si al amparo de éstos podía defenderse, pero todo en vano, porque aun aquí, cargando el fusil en su presencia, quiso uno dispararle, porque no tenía dinero, ni cosa alguna que darle. Y, diciéndole otro que más le valdría meterse en su casa y esconderse, empezó a andar y, a pocos pasos, halla que le iban a buscar, diciendo que a su padre, después que le despojaron los unos de  todo, los otros le tenían puesto de rodillas en el mismo punto de tirarle, pero en esto quiso la divina providencia que a los lloros de las mugeres acudiese un oficial a socorrerle y sacarle de baxo del furor de aquellos bárbaros. Ya no le quedaba al declarante otro recurso que el de subirse al texado, como en la realidad lo hizo, permaneciendo en él arrimado a la chimenea el resto de la tarde, la mayor parte de la noche, casi sin ropa, reciviendo las muchas aguas que caían; desde donde oía los continuos, tristes y lastimosos ayes de toda clase de gentes, pero en especial de las mugeres, tanto en las calles como en las casas, no considerándose nadie seguro en parage alguno, saltando muchísimos y corriendo de tejado en tejado, así aquella tarde como a la noche y la mañana inmediata, hasta su salida, que le parecía que cada momento se aumentaba el desorden; y, por fin, salió a las once de la mañana del día primero en medio de un montón, de familias, todas maltratadas y muchas heridas.

 Al segundo, dixo que los muertos que han llegado a su noticia y conoce de hombres son diez, entre ellos el venerable ochentón Domingo de Goycoechea, Presbítero Beneficiado, heridos fueron muchos, de mugeres muertas conoce a tres, pero heridas y muy estropeadas muchísimas.(47)

 Al tercero, dixo que, quando entraron los aliados el treinta y uno de Agosto, no había fuego en la Ciudad, el qual se descubrió al tiempo de las Avemarías de dicha tarde en casa de la viuda de Echeverria o Soto, en las quatro esquinas de la calle Mayor; no se notó que lo hubiesen causado los enemigos, que se, hallaban retirados en el castillo horas antes.

 Al quarto, dixo que el día primero de Septiembre, a cosa de las tres y media de la mañana, vio que varios soldados de los aliados, después que rompieron con un acha la puerta de la calle por estar cerrada, entraron en la casa inmediata a la del señor Alcalde actual Michelena (48) y pegaron fuego a la sala de la tercera habitación; en seguridad bailaron a la luz de la llama y no salieron de dicha casa hasta que tomó bastante fuerza el fuego; que no puede decir de qué combustible usaron sólo si que el humo que salía de la sala era denso y de color de azufre obscuro, y añade que vio decir así a los soldados, como a algún oficial, que fueron hechos prisioneros por los franceses en la mañana del día de Santiago y los inmediatos, que tenían orden del señor Castaños para reducir a cenizas la Ciudad y pasar a cuchillo a todos los habitantes, lo que prueva en concepto del testigo las voces e intenciones que había en la tropa desde Julio.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo haber visto al tiempo de su salida, a las once del día primero de Septiembre, que los soldados en las puertas de la Plaza, y aun fuera de ella, quitaron a varias mugeres la poca ropa que habían salvado y llevavan consigo, pretendiendo arrancarlas hasta los pañuelos que llevavan en la cabeza y con que cubrían los pechos.

 Al séptimo, dixo que no vio ni oyó que los franceses tirasen, sobre la Ciudad bomba, granada ni otra cosa incendiaria, sino bala de fusil desde que se retiraron al castillo.

 Al octavo, dixo que no ha visto ni ha oído decir que haya sido castigado ningún yndividuo de las tropas aliadas por los excesos cometidos en la Plaza de San Sebastián.

 Al noveno, dixo que las casas que se han liberado del incendio serán como unas quarenta, poco más o menos, y las más se hallan situadas en el extremo de la Ciudad y a la raíz del Castillo.

 Todo lo qual declaró que es cierto baxo del juramento prestado, en que se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de treinta y seis años, y en fe de todo, yo el Escribano Yturbe.

 José Ramón de Echanique.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (46)Sus padres fueron José Francisco y Juana de Rezábal. Vivía en la C/Mayor nº547 (Murugarren, L. 1813 San Sebastián Incendiada por Británicos y Portugueses). Hijo del testigo nº 20.

 (47) Ver pie de pág. nº12.

 (48)Hay dos casas a nombre de Pedro Michelena en el plano de Ugartemendia, una en C/Narrica nº 456 y la otra en la C/Puyuelo nº 299.

 Testigo 9:

 Don Miguel de Arregui (49), vecino de esta Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del inventario, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que se halló dentro de la Plaza durante el sitio y que vio el treinta y uno de Agosto último entraron las tropas aliadas a eso de las dos de la tarde y las que vio el testigo desde su casa (50) penetraron por la calle de San Lorenzo, a cuyo frente estaba la brecha, hasta la de Esterlines y notó que, dexando de perseguir a los franceses que huían precipitadamente, se dispersaron a saquear las casas, habiendo sido saqueada la del declarante varias veces aquella tarde por diferentes partidas de soldados, y, habiendo visto en peligro su vida muchas veces con el fusil al pecho, porque no daba, dinero, a pesar de que en plata y en varias porciones dio a diferentes soldados hasta dos mil reales que tenía a mano con ese fin, pero nada bastó para aplacar su furia; que a la noche aumentó extraordinariamente el desorden y se emborracharon los soldados en términos que opine el declarante que, si los franceses se hubiesen baxado del castillo, los hubieran pasado a cuchillo como lo notó en quatro soldados yngleses, asistentes de un capitán que se alojó en su casa, los quales se embriagaron completamente y quisieron forzar a varias muchachas que se refugiaron a casa del testigo por igual causa, y lo hubieran conseguido a no haber subido, a los gritos, tres oficiales portugueses, que hicieron retirarse a dichos soldados; que en aquella noche no se oían más que ayes y lamentos de mugeres que eran violadas, y que la mañana siguiente, primero de Septiembre, viendo que seguía el mismo desorden y desenfreno, resolvió salir de la Ciudad, como lo hizo a las dos de la tarde, tan despavorido que ni cuidó de su muger e hijo que salieron sin duda después.

Al segundo, dixo que no es fácil saber guantes fueron las personas Muertas el día del asalto, su noche y días succesivos, por haber sido muertas dentro de las casas y haberse quemado éstas y por la dispersión de todas las familias de San Sebastián en varios pueblos; pero lo que recuerda ahora de pronto son D. Domingo de Goycoechea, doña Xaviera Artola, dos chocolateros, el Maestro Martín Altuna, la madre de don. Martín Abarizqueta, Bernardo Campos, Vicente Oyanarte, el Alcaide carcelero, Estevan Alvirena, primo del testigo, don José Miguel Magra, el fondista Jeanora, una criada que se refugió en casa del comerciante Ezeiza; que las personas heridas eran muchas, pues que era rara la muger, así joven como vieja, que no estubiese desfigurada de golpes.(51)

Al tercero, dixo que por primera vez se notó el incendio el veinte y tres o veinte y quatro de Julio azia la calle de San Juan por las granadas que disparaban los sitiadores, pero se extinguió enteramente antes del día treinta, habiéndose quemado en aquella ocasión sesenta y tres casas e inutilizadas hasta cincuenta y dos en cuyo reconocimiento entendió el declarante a una con don José Ygnacio de Bidaurre; que, desde el veinte y seis de Julio hasta igual día de Agosto estubo suspendido el sitio y desde dicho día veinte y seis hasta treinta y uno de Agosto no dispararon los sitiadores sobre la Ciudad bomba ni granada alguna, y que el declarante no vio fuego aun el dicho día treinta y uno hasta las diez de la noche en la casa de la viuda de Soto o Echeverria, pues que sabe de positivo al tiempo, del asalto y en los días anteriores no había fuego alguno en la Ciudad; que éste no pudo ser causado por los franceses, que se hallaban retirados al castillo y no disparaban sobre la Ciudad; además de que el testigo, habiendo vuelto a entrar en la Ciudad el día, tres de Septiembre, por si podía sacar alguna cosa de su casa, vio a unos yngleses dar fuego a la Casa Consistorial, aplicándole desde la Alhóndiga, sobre la qual se hallaba el Archivo; que, quando se incendió este edificio, les vio salir a la Plaza y hacer demostraciones de alegría por lo que veían.

 Este exemplar y el haber notado el día anterior, desde afuera, y también el siguiente quatro que prendían fuego a casas, a quienes no se comunicó por las inmediatas, ya incendiadas, y que aparecía en partes distintas, le convencen que toda la parte de la Ciudad que se preservó del incendio de Julio fue quemada por los aliados, quienes conservaron solamente las casas que ocuparon al pie del castillo; que, en prueva de ello, la casa Aduana que, habiéndose quemado toda la cera de enfrente del muelle, se hallaba sana, se la vio arder el cinco o seis de Septiembre.

 Al quarto, dixo que se remite a la contextación, que ha dado al capítulo precedente, añadiendo que él mismo vio, a los yngleses que incendiaron la casa de la Ciudad y ha oído también a otros que se valían de un palo o caña hueca, embreada o barnizada con algún mixto, la cual, teniéndola en la mano los soldados, despedía desde el hueco de la punta un fuego vivísimo, que se esparcía a los quatro costados del edificio, en cuyo centro se colocaban los incendiarios, y era tan activo y pegajoso el tal fuego que al instante prendía en todas partes; también añade que notó la, mañana del primero de Septiembre que la manzana de casas que comprenden parte de la calle de Escotilla, del Puyuelo, de la cárcel y Mayor, vino a quemarse por los dos extremos a un mismo tiempo, lo que denota que no vino el fuego por comunicación de la que se incendió primero en la calle Mayor, sino que a un tiempo mismo se dio, fuego por los dos lados.

 Al quinto, dixo, que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que vio el día primero y siguientes que los vecinos que podían salvar algunos efectos eran robados a la salida de la Plaza y en sus trincheras y aun en las cercanías del Antiguo, especialmente por los portugueses.

 Al séptimo, dixo que el testigo, como lleva declarado, estubo dentro de la Plaza hasta las dos de la tarde de primero de Septiembre, el dos se mantubo a la vista de la Ciudad, el tres volvió a entrar en ella y vio a los yngleses incendiar la casa Consistorial y el quatro y siguientes, hasta la rendición del castillo, se mantubo siempre a la vista, y en todo este tiempo puede asegurar que los franceses no dispararon sobre la Ciudad bombas, granadas ni ninguna cosa incendiaria.

 Al octavo, dixo que no ha visto, pero sí ha oído, que se dieron palos dentro de la Plaza a algunos soldados, pero ignora el motivo.

 Al noveno, dixo que serán quarenta casas, poco más o menos, y que las más y las mejores se hallan situadas al pie del castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto, baxo del juramento prestado, y en ello se afirmó,ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de cincuenta ycinco años, y en. fe de todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Miguel de Arregui.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (49)Primo del carcelero de San Sebastián José Ygnacio Elizalde Erausquin. Casado con Francisca Arrisigor. Falleció en Donostia el 18 de abril de 1819, celebrándose sus fuenrales en la iglesia de San Vicente Martir, y su viuda el 14 de Diciembre de 1823, con 58 años de edad.

      Firmó el manifiesto de 1814.

 (50)Propietario de la casa nº 446 de la calle Esterlines.

 (51) Ver pie de pág. nº12.

 Testigo 10:

 Martín José de Echave (52), testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que se hallaba en casa de Antonio Alberdi (53), en la calle de Escotilla, quando los aliados entraron por asalto en esta Plaza; que antes de la una entraron en la Plaza Vieja y en la dicha calle de Escotilla por la calle de Esterlines, hallándose aún en la esquina, inmediata de San Gerónimo el General francés Rey; que ninguno de los muchos soldados que entraron en la calle de Escotilla pasó de dicha calle, sino que todos, parándose en ella, empezaron a tirar tiros a las ventanas, a batir las puertas y a, saquear. Que al deponente, después de sacarle todo quanto llevava sobre sí, le arrancaron, así como a Alberdi, las camisas y le pusieron hasta tres veces de rodillas para matarlo con el fusil al pecho, y hubiera sido muerto seguramente por un sargento ynglés a no habérselo impedido un soldado de la misma nación en agradecimiento a haberle el testigo cubierto dos heridas que tenía con dos pañuelos. Que el mismo declarante fue herido de un bayonetazo junto al sobaco izquierdo y en una pierna de un culatazo; que, atemorizados con este mal trato, huyeron Alberdi y él al texado, avandonando a todas las mujeres de su familia, que se dispersaron también, y pasaron toda aquella tarde y noche, parte en el texado, reciviendo aguaceros sin camisa, y parte en el desván, del qual solían salir al texado guando sentían a los aliados que andaban registrando con luces todos los rincones de las casas.

 Que aquella noche fue horrorosa por los ayes lastimosos y gritos de mugeres, que se oían de todas partes, porque las querían forzar, pues oyó varias voces de mugeres que decían: “máteme vuesa merced”.

Echave en su testimonio nos indica por donde entraron los aliados (1), y situa al General francés, Emmanuel Rey (2), en la esquina de la calle Escotilla (San Gerónimo) con la de Puyuelo. Es fácil imaginarse el momento de terror de los franceses al ver que los aliados, si no se hubiesen entretenido en el pillaje, les iban a cortar el camino de retirada hacia la fortaleza de Urgull. Como la mayor parte de los tstigos afirma que la primera casa que vieron arder era la de la viuda de Soto (3) en la c/ Mayor esquina con C/ Pulluelo, y fecha la quema de la Aduana (4) entre el cuatro o cinco de Septiembre, hecho indicativo de cuanto se dilató en el tiempo y la falta de voluntad por parte de los aliados por detener el saqueo y la destucción deliberada de la ciudad.

Que la mañana siguiente notó en todas las mugeres un aspecto abatido y (espacio en blanco) de lo que habían sufrido la noche anterior. Que, quando oyó desde el texado la voz de uno de los Alcaldes expresava haber permiso para salir, corrió a la casa de la Ciudad y se mantuvo allí hasta las nueve ymedia, en que salió de la Ciudad con otras muchas familias, desarropado y abatido.

 Al segundo, dixo que los muertos que ha sabido son el Presbítero don Domingo de Goycoechea, don José Miguel de Magra, doña Xaviera Artola, Vicente Oyanarte, Martín Altuna, y otros que no recuerda; que de los heridos han muerto a resultas Pedro Cipitris (54) y Juan Navarro, y que las mugeres casi todas fueron maltratadas.(55)

 Al tercero, dixo que ha habido dos veces fuego en la Ciudad; la una por Julio, causado, por las granadas que tiraron los aliados y éste abrasó sesenta y tres casas en las calles de San Juan, San Lorenzo y Atocha, que apagó enteramente el veinte y ocho o veinte y nueve de Julio; que desde entonces hasta el treinta y uno de Agosto no hubo fuego en la Ciudad, pues que el deponente, a una con Antonio Zubeldia (56), la paseó todo el día anterior y no notó más que el que desde el veinte y nueve había en los maderos de la brecha pequeña, sobre Zurriola; que quando entraron los aliados no había fuego en la Ciudad y lo notó por primera vez el testigo a la tardeada, en la casa de la viuda de Soto, habiendo oído desde el texado gritos de mugeres, que decían lamentándose de que los yngleses habían dado principio a dar fuego a las casas, por lo qual y por hallarse retirados los franceses al castillo y no haber tirado éstos ninguna cosa incendiaria al cuerpo de la Ciudad, cree que los aliados causaron este incendio, a más que él mismo oyó a muchos de los aliados, la tarde del treinta y uno de Agosto, quando entraron a saquear su casa, que tenían orden de matar a todos los habitantes o incendiar a toda la Ciudad, lo que ayó también anteriormente a los prisioneros portugueses e yngleses que fueron cogidos el veinte y cinco de Julio.

 Que el quatro o cinco de Septiembre vio que, a las quatro de la tarde, estava sana y entera, con las inmediatas, la grande casa de la Aduana, en la que vio partir raciones a los yngleses, y para las seis y media o siete vio desde fuera que ardía por los quatro costados, de que infiere que, después que salió el testigo de la, Ciudad, se dio fuego a dicho edificio por los aliados.

 Al quarto, dixo que no puede decir sobre este punto más de lo que ha dicho al capítulo precedente, sólo de haber oído para incendiar se valían de unos palos o cañas que despedían fuego de mixtos.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que con la misma libertad que robaron el día que entraron lo hacían en los siete días siguientes. Que a los que salvaron algunos efectos se los robavan a la salida e inmediaciones de la Plaza, y vio muchas veces que varios que compraron efectos a los soldados eran despojados por otros que habían observado la venta.

 Al séptimo, dixo que desde que salió de esta Plaza se mantuvo siempre a la vista hasta la rendición del castillo y sabe por lo mismo que los franceses no tiraron bombas, granadas ni cosa alguna incendiaria sobre la Ciudad desde que se retiraron al castillo.

 Al octavo, dixo que no ha visto castigar a ninguno más que a un portugués, que le azotaron por haber perdido el respeto a algún Gefe; que, lejos de ser castigados por los excesos cometidos en esta Ciudad, no encontraban los vecinos protección alguna en los oficiales guando se quejaban de los robos y mal trato que recivían de los soldados.

 Al noveno, dixo que serán como unas quarenta poco más o menos las casas que se han salvado del incendio y las más se hallan situadas al pie del castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado, en que se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de treinta y un años, y en fe de todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Martín José de Echave

 Ante mí, José Elías de Legarda

 (52) Martín José de Echave Gogorza nació en Andoain hacia 1782 (No se conserva el libro de bautizados de esa localidad de los años 1752 a 1792). Hijo de Antonio Echave y María Antonia Gogorza, se casó en la Parroquia de San Vicente Martir de Donostia con María Carmen Osinalde Arzanegui el 25 de Agosto de 1805, con la que tuvo cinco hijos, todos bautizados en la misma parroquia.

      Es uno de los firmantes del Manifiesto.

      Falleció en San Sebastián el 17 de Agosto de 1813, a la edad de 48 años, y sus funerales se celebraron en San Vicente Martir.

 (53)Antonio de Alberdi es el testigo nº 53. No he encontrado ninguna referencia a su nombre en el plano de Ugartemendia, por lo que es seguro que vivía en régimen de arrendamiento.

 (54) Pedro Ygnacio de Cipitria, de profesión sastre.

 (55) Ver pie de pág. nº12.

 (56)Juan Antonio de Zubeldia (Testigo nº 11)

 Testigo 11:

 Juan Antonio de Zubeldia (57), testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que el día del asalto, treinta y uno de Agosto último, se hallava en la Plaza nueva, en la casa número 15, con su madre y hermana, y vio entrar a los aliados a eso de la una y media, tras de los franceses que huyeron al castillo sin hacer ninguna resistencia, y, aun vio pasar al General francés Rey con solo seis soldados; que los aliados, dejándolos de perseguir se desmandaron luego a saquear las casas, y al declarante, que salió con otro a darles aguardiente, le pidieron luego dinero, le arrancaron quanta tenía, y, quando no pudo dar más, le quisieron matar, poniéndole varias veces los fusiles al pecho, y pudo escapar de ellos y subir a su casa, que le halló llena también de soldados y a su hermana herida en la cabeza de un bayonetazo y a su madre igualmente en el brazo. Que la saquearon toda y, saliendo unos, volvían a entrar otros y cometían el mismo saqueo y otras violencias, de modo que así él como su hermana tubieron que esconderse; que aquella noche continuó el saqueo y el desorden de modo que de todas partes no se oían más que lamentos y ayes de mugeres, de las que muchas tubieron que meterse en los comunes por libertarse de la lascivia de los soldados.

Se deduce por el testimonio del testigo nº 11 que este se encontraba a pie de calle en la Plaza Nueva, motivo por el cual vio pasar al General francés (1) en su retirada hacia el monte Urgull, corriendo por la calle San Gerónimo. Cuando llegó a su casa, su familia ya había sufrido la furia de la soldadesca aliada. Coincide con la mayoría de testigos en el origen del primer incendio (2), que se va extendiendo de casa en casa hacia el este, y en el posterior en la casa conocida como de la Naypera (3).

Que todo el día siguiente y su noche, en que permaneció el testigo, continuó el mismo desorden y saqueo; y el día dos, guando vio que se acercaba, el fuego a su casa, abandonó el pueblo, a una con su familia, y salió a eso de las seis de la mañana; que notó que, siendo así que a los vecinos dieron tan mal trato, trataban a los franceses como hermanos.

 Al segundo, dixo que no recuerda de las personas muertas, solamente hace memoria del Presbítero don Domingo de Goycoechea, de Bernardo Campos, de Vicente Oyanarte, de dos chocolateros, el uno llamado José Larrañaga, que fue muerto teniendo a su hijo en los brazos, después que le robaron; las personas heridas en su casa lo fueron su madre y hermana, Juan Navarro y Pedro Cipitria, que han muerto a resultas de sus heridas, José Antonio Alberro, Juana Arsuaga y casi todas las mugeres han sido golpeadas.(58)

 Al tercero, dixo que quando, entraron los aliados no había fuego en la Ciudad y lo notó por primera vez el testigo al anochecer del treinta y uno de Agosto en la calle Mayor y casa de la viuda de Soto, y de allí se propagó azia las casas de Belderrain, Queheille y la Escotilla. Que el día primero, hasta la noche, no había fuego en la Plaza nueva, y se descubrió en la casa de la Naypera, por la parte trasera, y calle del Carbón o Juan de Bilbao; que este fuego, fue dado por los aliados, pues que no había fuego, quando ellos entraron y, quando apareció ya había algunas horas que los franceses estaban en el castillo, de donde no disparaban cosa que pudiese incendiar.

 Al quarto, dixo que no vio dar fuego a ninguna, casa, pero sí que los aliados trahían en las manos unas como velas o palos blancos encendidos, que no se apagaban ni pisándolos ni metiéndolos en el agua y que miraban con indiferencia y aun con alegría el incendio de las casas.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que guando salió el testigo con su madre y hermana, el día dos de Septiembre, robaron a esta última unos soldados yngleses un atado de ropa que pudo salvar y aun al testigo lo que llevava en las faltriqueras, y en las inmediaciones de la Ciudad vio que a muchas personas les arrancaron la pobreza que habían sacado, dexándolas llorando.

 Al séptimo, dixo que no ha visto ni ha oído a nadie que los franceses tirasen, a la Ciudad bombas, granadas o cosa alguna incendiaria desde que se retiraron al castillo.

 Al octavo, dixo que no ha visto que se castigue a ningún soldado por los excesos cometidos en esta Ciudad y solamente vio dar algunos palos a un soldado, a los seis días después del asalto.

 Al noveno, dixo que no sabe quantas son las casas que se han salvado del incendio, pero que las más y las mejores se hallan situadas al pie del castillo.

 Que lo despuesto es la verdad baxo del juramento prestado y en ello se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de veinte y cuatro años, y en fe de todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Juan Antonio de Zubeldia.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (57) Juan Antonio de Zubeldia, nacido en 1789 en Betelu, hijo de un bastero de esa localidad de la provincia de Navarra. Vivía con su madre, María Catalina de Arrizurieta,  y una hermana. Era labrador. Murió ya viudo e 5 de Septiembre de 1841 de “afecto pulmonar”, y sus funerales se celebraron en la Basílica de Santa María de Donostia.

 (58) Ver pie de pág. nº12.

Testigo 12:

 Don Pedro José de Belderrain (59), Regidor del Ayuntamiento constitucional de esta Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que, a cosa de las dos de la tarde del treinta y uno de Agosto, vio entrar a los aliados por su calle, quienes, al momento, dexando de perseguir a los franceses y hallándose aún éstos en el pueblo, empezaron a disparar a todos los balcones, ventanas y puertas, y, habiendo subido a las casas, después de beber y comer quanto encontraban, en términos que al deponente le bebieron más de quatrocientas botellas de vino y licores, empezaron a saquear y a pedir dinero a las personas, maltratándolas e hiriéndolas a culatazos y bayonetazos, como sucedió al deponente que, habiendo salido a la calle, huyendo del mal trato que le daban después de haber repartido más de ochenta escuditos de oro, le agarraron unos soldados yngleses y portugueses, le arrancaron el pañuelo del cuello, chaleco, tirantes y le soltaron los calzones, registrándole quanto cubren éstos, y, últimamente, le derribaron al suelo a culatazos, dexándole casi sin sentido, de modo que estubo tendido en el suelo un quarto de hora, pisado por varios soldados que pasaban por la calle y le dejaban por muerto; que volvió a su casa, donde había muchas mugeres refugiadas, y, después que saquearon quanto había, se echaron sobre ellos, violaron a las más, entre ellas, a una anciana de sesenta y seis años, que la gozaron más de doce; que el deponente dio ocho duros a ocho soldados por librar de esta violencia a una muchacha de once años, hija de un vecino suio, y, aunque logró en aquel momento el librarla, habiendo vuelto otra vez algunos de los primeros, la violaron por fin. Que era rara la muger que se libertaba de este insulto, a no ser las que se escondieron en los comunes y subían a los texados; que una muchacha con su madre, ambas vecinas del testigo, después de haber estado metidas algunas horas en el común de la casa de la viuda de Echeverría, se presentaron en casa del deponente llenas de inmundicia hasta el pescuezo y, aun en este estado, oficiales yngleses violaron a la muchacha; que la muger e hija del testigo se libertaron, subiendo al texado, desde donde, huyendo del fuego, pasaron de texado en texado al quartel de enfrente de la cárcel vieja, que estaba desocupado y cerrado de modo que, quando la mañana siguiente salió el testigo, ignoraba el paradero de ellas; que la noche del treinta y uno fue la más horrorosa que puede explicarse, en la que no se oían más que ayes lastimosos de mugeres que eran violadas y tiros que disparaban en las mismas casas, como lo hicieron en la del testigo, quien salió de la Ciudad quando halló a su muger e hija, entre quatro y cinco de la tarde del día primero de Septiembre, admirado del mal trato que dieron a los vecinos y de los abrazos y señales de amistad con que recivieron a los franceses cogidos con las armas en las manos, tratándoles de camaradas y dándoles de beber de sus cornetas, siendo así que todo el vecindario a los yngleses y portugueses hechos prisioneros el veinte y cinco de Julio les socorrió con chalecos, camisas, camas, vino, chocolate, viscochos, con cuya recolección corrió el testigo a una con los yndividuos del Ayuntamiento, y aún se les socorría, con limosnas quando les encontraban en la calle empleados en los trabajos en que les ocuparon los franceses.

 Al segundo dixo que no es fácil averiguar el número de los muertos, ya porque muchas personas heridas se abrasaron en las casas, ya por la dispersión total de las familias de esta Ciudad, de la que muchos individuos van muriendo a resulta de los sustos y mal trato; pero los que ahora tiene presentes son el Presbítero don Domingo de Goycoechea, que fue muerto en pago de haber victoreado desde la ventana a los aliados, don José Miguel de Magra, doña Xaviera de Artola y su criada, José Larrañaga y otros; que los heridos son muchos, que fue rara la muger que no fuese maltratada, y entre ellos se cuenta el mismo deponente, a Juan Navarro y Pedro Cipitria, que han muerto a resultas, y el criado de la Posada de San Juan que, herido de dos balazos en el brazo, se le va a hacer la amputación un día de éstos. (60)

 Al tercero, dixo que el primer fuego se notó el veinte y tres o veinte y quatro de Julio, en una casa de la Administración del exponente, situada en la brecha, en la calle de San Juan, que propagó de allí, y aun en otras casas distintas del Barrio de la brecha cundió el incendio causado por las granadas y bombas que disparaban los sitiadores, pero este fuego, por las activas disposiciones que tomó el Ayuntamiento y en las que intervino el testigo, se logró cortar a los tres o quatro días, en medio de las muchas granadas que a los operarios disparaban los sitiadores de modo que murieron dos de ellos, y, entre quemadas y derribadas, fueron sesenta y tres las casas que se destruieron; que desde fin de Julio hasta el treinta y uno de Agosto, a la tardeada, no hubo fuego ninguno en la Ciudad y estaban enteras más de las tres partes de la Ciudad quando entraron los aliados en la Plaza; que, a la tardeada de dicho día treinta y uno, vio el testigo desde su casa que los yngleses pusieron fuego a la casa de enfrente, que es de la viuda de Soto o Echeverria, en la esquina de la calle Mayor, donde había un cuerpo de guardia en la tienda, de yngleses. Que primero le dieron fuego por la quarta habitación y luego de la misma tienda, siendo el fuego de tal actividad que no duró dicha casa dos horas en quemarse; que, desde allí, pasaron a dar fuego a otras, entre ellas a dos del testigo (61), también al principio por los altos y luego por la tiendas donde había gergones y leña; en seguida dieron fuego, a la de Queheille, a la de Collado; en fin, a vista, del testigo incendiaron en su misma calle, por ambas ceras y a la tardeada y noche del treinta y uno, hasta doce casas.

 Que el día dos de Septiembre volvió a entrar en la Ciudad y vio a varias partidas de soldados pegar fuego a casas en la calle Mayor, entre ellas a la antigua casa de Peru, perteneciente a los señores de Otazu (62), en la calle de Embeltrán a la casa donde vivía la hermana de Yglesias, perteneciente a don José María de Leizaur (63), y en la del Puyuelo a la de don Pedro Lassa (64), de modo que progresivamente fueron incendiando toda la ciudad, y, habiendo hecho cargo aún a algunos oficiales, respondieron que tenían orden de incendiar y matar y que podían estar contentos los vecinos quando se les dejaba con vida, y que esparcieron esas mismas voces antes de entrar en la Plaza en todos los caseríos inmediatos.

Su casa estaba situada enfrente de la primera incendiada, perteneciente a la Vda. De Soto (2), desde la cual se escaparon su mujer e hija por los tejados hacia las casas que daban a la C/ Iñigo o de la Cárcel Vieja (1). El testimonio del declarante es muy interesante para saber como se van incendiando las casas por parte de los aliados. La de Otazu (3), Leizaur (4), Lasa (5) y Michelena (6).

Al quarto, dixo que en la pregunta precedente lleva señaladas las casas a las que vio que los aliados dieron fuego y se valieron en la quema de algunas, como en las dos del testigo y en sus habitaciones altas, de unos braserillos de hierro, llenos de mixtos, que despedían un fuego vivísimo, y por la parte de las tiendas con la paxa de los gergones que servían para los Cuerpos de Guardia y en otras, como en la casa nueva de Michelena (65), de camisas embreadas; que tiene dicho que vio dar fuego la tardeada y noche del treinta y uno, el primero de Septiembre, antes que saliese de la Plaza, y el día dos, quando volvió a entrar en ella.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que, al tiempo de su salida y todos los días succesivos, vio, por hallarse siempre en las inmediaciones de la ciudad, que seguía el saqueo, pues veía todos los días, cargados de efectos, a los soldados, algunos oficiales, a los empleados en las Brigadas, a las cantineras y aun a los marineros yngleses de los transportes de Pasages, y que a los vecinos que sacaban algo les robaban a la salida, como succedió al testigo o a su muger, que le robaron en la Puerta unas frioleras que pudo salvar y llevava envueltos en un pañuelo en la mano.

 Al séptimo, dixo que ni vio ni ha oído que los franceses tirasen bombas ni granadas, ni ninguna cosa incendiaria sobre el cuerpo de la Ciudad.

 Al octavo, dixo que no ha visto ni oído que ningún aliado fuese castigado por los excesos cometidos en San Sebastián.

 Al noveno, dixo que las casas salvadas serán como unas quarenta y las más y mejores se hallan situadas al pie del castillo.

 Lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en ello se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de cincuenta y nueve años; y en fe de todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Pedro José de Belderrain.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (59)Pedro José de Belderrain ,nacido hacia 1754, se casó en la Basílica de Santa María con María Fermina Aldanondo Echeberría el 13 de Octubre de 1779. Tuvieron tres hijos, todos ellos bautizados en el mismo templo.

Firmante del primer suplemento fechado el el 16 de Febrero de 1814 al Manifiesto publicado el 16 de Enero del mismo año, describiendo el comportamiento de las tropas aliadas. Igualmente, fue uno de los firmantes de la carta que envió el Ayuntamiento donostiarra al Rey Fernando VII, pidiéndole ayuda ante la situación en que se encontraba la ciudad.

Regidor del Ayuntamiento en Octubre de 1813, 1814 y regidor jurado en 1815.

Según Murugarren era propietario de una casería en la falda de Eguía y otra junto a la calzada de Pasajes.

Falleció el 1 de Noviembre de 1837, y sus funerales se celebraron en le Basílica de Santa María de Donostia.

 (60) Ver pie de pág. nº12.

 (61)En el plano de Ugartemendía con el nombre de los propietarios de las casas, no aparece el nombre de este testigo.

 (62)Propietario D. Saturnino Otazu, C/Mayor nº 536. La denomina como “Casa de Peru”, seguramente porque su trasera daba al callejón llamado de Perujuancho.

 (63)D. José María Leizaur tenía numerosas propiedades intramuros. La de la C/Embeltrán, mecionada por el testigo, era la nº 473.

 (64)D.Pedro Lasa era propietario de la casa sita en la C/Puyuelo nº 500.

 (65) Hay varias propiedades a nombre de Michelena. Por la proximidad al resto de solares mencionados como incendiados por el testigo, me decanto por la de María Ana Miranda, situada en la callejuela de Perujuancho nº 527 y 528

 Testigo 13:

 Don Juan Angel de Errasquin (66), natural de Azpeytia, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró corno sigue:

 Al primero, dixo que se hallava dentro de esta Plaza durante el sitio y, de consiguiente, el día del asalto, en el qual los aliados apenas entraron quando, antes de retirarse del todo el enemigo al castillo, empezaron a disparar a las casas de los habitantes, en medio de que éstos, a luego que los vieron, empezaron a victorearlos por las ventanas con mucha alegría; pero, respondiendo a estas demostraciones con balazos, entraron en las casas, acompañados de franceses (67), acometiendo a las personas con armas desembaynadas y queriéndolas matar, si no daban todo el dinero que pedían; que succedieron algunas muertes y hubo muchas personas heridas y golpeadas, casi todas de modo que el temor que concibió el testigo fue tan grande que, levantando la tapa del común de la quarta habitación de la casa en que estava, se metió él y estuvo atravesado en el caño mucho tiempo; que, cansado de esta postura, salió y estuvo también atravesado en el cañón de chimenea y, por fin, tubo que subir al texado, desde donde sintió las quejas y los ayes de las mugeres que eran violadas; que al principio creyó que aquel desorden era efecto del calor del asalto, pero vio que iba en aumento y que, a boca de noche se notó incendio, el qual fue en aumento toda la noche y también los lamentos y gritería de las mugeres que eran violadas; que la mañana siguiente, los habitantes atemorizados clamaron por la salida y lo lograron, siendo robados desde el Portal en los caminos y cubiertos hasta la Misericordia, si lograron salvar algo. Que los habitantes de esta Ciudad no eran acrehedores a este tratamiento, ya por su fidelidad y adhesión a la causa de la Nación, como por los socorros de camas, camisas y dineros y otros auxilios que todo el vecindario dio a los prisioneros yngleses y portugueses cogidos por el enemigo el veinte y cinco de Julio.

 Al segundo, dixo que, como el declarante sacó su familia, al principio del sitio a cinco leguas de distancia, se retiró allá quando salió de esta Ciudad y no puede dar razón individual de todos los muertos y heridos, sólo supo que entre ellos fueron muertos el Presbítero don Domingo Goycoechea, doña Xaviera Artola, el Fondista Suizo, dos chocolateros, uno que encendía los faroles de la Ciudad, el Alcaide carcelero y otros varios, que no tiene presentes, así como tampoco a los heridos.(68)

 Al tercero, dixo que hubo fuego por primera vez a fines de Julio a resultas de las granadas y bombas que tiraron los sitiadores, de manera que en el Barrio pegante a la brecha se quemaron sesenta y tres casas, pero se cortó este fuego por los vecinos, ayudados de zapadores franceses, en medio de las muchas granadas que disparaban de afuera; que el día treinta y uno de Agosto entraron a la una y media en esta Plaza los aliados, en cuya época no había fuego en la Ciudad, y el testigo, que esteva en el texado, observó a boca de noche del mismo día que ardía la casa de la viuda de Echeverria en la esquina de la calle Mayor y que se aumentó el fuego durante la noche, y, habiendo preguntado a la mañana la causa del fuego, le contextaron varios habitantes que los soldados daban fuego a las casas, como en efecto vio el declarante el día dos, a las nueve de la mañana.

 Al quarto, dixo que vio a un soldado aliado venir por la calle con un plato grande y, quando se acercó, observó que en el plato había el pie de veinte y quatro mechas encendidas, pero no sabe qué especie de combustible era el que había en dichas mechas, aunque notó que era de color de azeite obscuro; extrañado el deponente tuvo cuidado de prestar atención y vio que entró en la casa inmediata en que esteva el declarante, que es la del número 536 en la calle del Puyuelo (69); inmediatamente, habiendo visto a, un cabo ynglés, le refirió lo que había visto y sus recelos de que seguramente iría aquel soldado a pegar fuego; que luego fue el cabo y truxo por respuesta que había ido a reconocer si había algunos efectos, pero el testigo, que no separava la vista de la puerta de dicha casa, vio salir al mismo soldado con una caldera pequeña y en ella solamente quatro mechas, por haber dexado seguramente dentro las otras veinte, y con dicha caldera y quatro mechas se dirigió a otra casa, que no recuerda quál fuese; que el testigo, viendo inmediato el incendio, que no le dexaban salir de casa y que no tenía qué comer ni beber, se presentó a un capitán ynglés, que tenía alojado, y éste le aconsejó que saliese con sus libros, pues que aun por detrás habría fuego dentro de pocas horas; de que infiere que con todo conocimiento y noticia de los oficiales se incendiaban las casas.

Señalo las dos posibles localizaciones de la residencia del testigo.

Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que el declarante salió al tercer día, al medio día, viendo que reynaba el mismo desorden que en el día del asalto en quanta a los robos y amenazas de quitar la vida, y que, a su salida del Portal, observó que todo el camino cubierto hasta la Misericordia estava lleno de soldados que no tenían otro empleo que quitar a los habitantes que salían toda la ropa y alhajas que sacaban, como succedió también al testigo; que estos robos se executaban por los aliados al tercer día después del asalto y que, según aseguran los habitantes, han tenido esta conducta desde el primer día hasta la rendición del castillo.

 Que, habiendo discurrido sobre el mal tratamiento dado a los habitantes con un oficial ynglés de graduación, concluyó diciendo que debían darse por contentos los habitantes de San Sebastián.

Al séptimo, dixo que sin embargo de que el declarante andubo por los texados desde las tres de la tarde de la entrada hasta las once y media del día siguiente y a la vista del castillo, no vio que los franceses tirasen sobre la Ciudad bomba, granada ni cosa alguna incendiaria absolutamente.

 Al octavo, dixo que no vio ni oyó que algún soldado fuese castigado por los excesos cometidos en esta Ciudad.

 Al noveno, dixo que no puede asegurar quántas son las casas que se salvaron del incendio, pero sí que las más y las mejores están situadas al pie delcastillo.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en ello se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de quarenta, y cinco años, y en fe de todo yo, el Escribano. Yturbe.

 Juan Angel de Errasquin.

 Ante mí, José Elías, de Legarda.

 (66) Juan Ángel Errasquin Yribarren, natural de Azpeitia, se casó en la parroquia San Sebastián de Soreasu de esa localidad, con María Catalina Corta Ugartemendía, el 2 de Noviembre de 1795. Fruto de este matrimonio nacieron cinco hijos, todos ellos bautizados en la misma localidad.

      Aunque Murugarren basándose en la declaración del testigo, situa su residencia en la calle Puyuelo, yo me inclino a que esta localización es un error fruto de un fallo en la transcripción de su testimonio. La casa nº 536, señalada como colindante con la del testigo, estaría situada en la C/ Mayor, y por tanto su residencia sería la nº 435 o 437 de esta última.

 (67) Es muy interesante leer un testimonio en el que se afirma que incluso algunos prisioneros franceses, en lugar de ser recluidos inmediatamente por sus captores, se unieron a los saqueos. Esta actitud, sorprendente en su contexto, no nos sorprende, al haber existido algunos actos similares intramuros mientras el asedio estaba en curso. La unidad francesa que más problemas dio en este sentido fue la compañía de Cazadores de Montaña llegada desde Guetaria, que saqueó y destrozó la casa donde vivía el Comisario de Guerra francés, y la casa de los Blandín (AZPIAZU, José Antonio. “1813 Crónicas Donostiarras Destrucción y Reconstrucción de la ciudad”. Pág. 29 y 30. Edit. Ttarttalo. Donostia. 2013).

 (68) Ver pie de pág. nº12.

 (69) Tiene que tratarse de un error, al pertenecer el nº 536 a la C/ Mayor y no a la del Puyuelo, y coincidir con la declaración del testigo nº 12, que describe como se incendió dicha casa propiedad de D. Saturnino Otazu.

 Testigo 14:

 Don Antonio Fernando de Yrigoyen (70), testigo, presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que, a luego que entraron las tropas aliadas, a eso de las dos de la tarde del treinta y uno de Agosto, empezaron a batir las puertas de las casas y a disparar a las ventanas y balcones de modo que a la del testigo tiraron más de dos mil balas, aterrando a varios vecinos que, llenos de gozo y alegría, se asomaron a victorearlos como a sus libertadores de la esclavitud en que los tenían los franceses; que, luego, rompiendo con violencia las puertas, entraron en las casas, saquearon quanto en ellas había, hiriendo a algunos, maltratando a golpes y culatazos a todos y dando también la muerte a varios. Que entró la noche y se aumentó el desorden y la violación de las mugeres de todas clases de modo que muchísimas, por salvarse, tuvieron que subir a los texados y andar errantes por ellos; que no hay lengua que pueda explicar los horrores de aquella noche y las atrocidades que cometieron los aliados en ella y días siguientes hasta el cuatro de Septiembre, en que salió el testigo, quien varias veces estuvo expuesto a perder la vida con el fusil puesto al pecho con el gatillo levantado; después que le saquearon quanto tenía en casa, y le robaron todo lo que llevava consigo; que por salvar la vida se refugió a la sacristía de la Parroquia de San Vicente, creyendo hallar protección en los yngleses y portugueses enfermos, que fueron hechos prisioneros el veinte y cinco de Julio, a quienes cuydaba, y distribuía socorros propios y los que le daban todos los vecinos; que, al tiempo que huyó de casa para la Parroquia, le dispararon por detrás varios tiros y, habiéndole seguido hasta la sacristía sin que le estorvasen las guardias que había en la puerta, y allí, con la bayoneta puesta al pecho, le amenazaron quitar la vida si no daba dinero y, habiéndole hecho reconocer toda la sacristía, robaron tres cálices y una crismera de plata, que éstos eran yngleses.

 Que dentro de un quarto de hora se le presentó su cuñada (71), toda estropeada y maltratada, de modo que ha muerto a resultas; y, abandonando la casa, aquella noche se refugiaron en la sacristía, baxo de llave que el deponente tenía en su poder, advirtiendo que, así como cuñada, han muerto y van muriendo muchos habitantes de San Sebastián en los caseríos y pueblos inmediatos.

 Que el dos, a las diez de la mañana, yendo a casa de la Ciudad a buscar al señor Vicario para que sumiese las Sagradas formas y recoger el copón que las contenía, al tiempo de baxar de la casa de la Ciudad, donde no halló al Vicario, sino Guardia ynglesa y portuguesa; quatro soldados de esta última nación le acometieron con puñales y le arrancaron unos reales que le dio un amigo por favor y hasta la tabaquera con el tabaco que contenía; que, sin embargo de que no se podía andar por las calles sin exponer la vida en cada momento por las tropelías de los soldados, se mantuvo hasta no poder más, que fue la mañana del sábado quatro de Septiembre, en que salió de la Ciudad, llevando consigo la llave de la sacristía, que la dejó cerrada y en ella todos los ornamentos y el copón con sus formas, quedando en la yglesia los prisioneros enfermos yngleses y portugueses, y en las dos puertas y en todo el atrio una numerosa guardia de portugueses; que, después que salió el testigo, forzaron las puertas de la sacristía y robaron los ornamentos y el copón, rompiendo todos los caxones y armarios, el hórgano y hasta, los Libros Parroquiales, que los ha hallado todos despedazados, de modo que en la Parroquia nada ha quedado, aun de lo preciso, para el culto divino. Que toda la plata, del servicio de la Parroquia de Santa María, que estava escondida en la bóbeda, de la misma Parroquia, se hallava intacta quando entraron los aliados y ha faltado toda ella, como lo notó el testigo quando fue a reconocer el parage a los pocos días, después que volvió a entrar en la Ciudad y registró ambas Parroquias, habiendo tenido la de Santa María, la misma suerte que la de San Vicente en el órgano, caxonería de la sacristía, Libros Parroquiales y, lo que es más, los preciosos pasos de Semana Santa, obra del célebre escultor Felipe de Arizmendi, que llamava la atención de todos los amantes de las bellas artes.

 Al segundo, dixo que no es fácil averiguar el número de muertos, pero los que se acuerda de pronto, de conocidos suios muertos la tarde de la entrada y en su noche, serán como unos catorce, entre ellos el Presbítero don Domingo de Goycoechea, y las personas heridas y estropeadas son innumerables. (72)

 Al tercero, dixo, que por primera vez hubo fuego en la Ciudad el veinte y tres o veinte y cuatro de Julio en las calles cercanas a la brecha a resulta de las bombas y granadas que, en mucho número, disparaban los sitiadores y algunas que desde el castillo arrojaban a ellos los franceses y quedaron cortas; pero, así este fuego como el que en alguna casa cercana a la brecha pegaron los mismos franceses (73), se cortó enteramente por las disposiciones que tomó el ayuntamiento, habiéndose quemado sesenta y tres casas en aquella época; que, desde entonces hasta el treinta y uno de Agosto, después que entraron los aliados, no hubo fuego en la Ciudad y lo notó por primera vez en la calle del Puyuelo, que hace esquina a la Mayor, al anochecer, y en seguida se propagó el incendio, con tal actividad que el viernes, tres de Septiembre, ardía ya toda la Ciudad; que este fuego, no fue dado por los franceses, que estavan ya en el castillo horas antes que se viese el primer fuego, sino por los aliados, que vio, andaban con mixtos en varias calles, pegando fuego a las casas y aun dieron también fuego al campanario de San Vicente, del que se quemó parte, y de las dos naves baxas de la derecha del templo (74), y no se comunicó o propagó por ser de piedra sillar la nave principal y estar más elevados los texados de ella, que de lo contrario se hubiera abrasado.

Los principales hechos relatados por el testigo nº 14 se desarrollan en la sacristía de la Parroquia de San Vicente, con la descripción de los robos y saqueos sufrido en y por el templo. La línea roja (1), indica el trayecto que realizó el testigo en busca del vicario del templo hacia el Ayuntamiento, y el lugar donde fue asaltado por los aliados para robarle (2), cuando regresaba tras no encontrarlo. Con las llamas señalo la casa de la Vda. de Soto (3), la primera en ser incendiada según la mayoría de los testimonios, y el campanario y dos naves de San Vicente (4). Este último fuego es sorprendente, al quedar todavía heridos propios en el templo habilitado como Hospital de Sangre, por lo que me inclino a pensar que se trató de un incendio fortuito fruto de los desmanes incontrolados de esos días.

Al quarto, dixo que se remite a lo que ha contextado al capítulo precedente.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que tiene declarado que el día, siguiente al asalto, hasta el quatro, en que permaneció el testigo, se experimentaban los mismos robos y violencias que quando entraron y que, aunque el testigo, al tiempo de su salida, que no llevaba más que el vestido y una niña de pecho en los brazos, no le hicieron nada, vio que a otros les robaron a la salida de la Plaza y aun fuera y en sus inmediaciones la pobreza que salvaran.

 Al séptimo, ,dixo que, aunque el testigo estubo dentro hasta el día quatro, no vio, aunque estubo en observación día y noche, que los franceses tirasen sobre la Ciudad bombas, granadas ni cosa alguna incendiaria desde que se retiraron al castillo, ni nadie puede decir los contrario, con verdad.

 Al octavo, dixo que no es cierto que ningún soldado haya sido castigado por los excesos cometidos en esta Ciudad, antes bien se les dio una absoluta licencia, de la que no hay exemplo, según se vio por los efectos; y que, por último, se dexó entrar a saquear y saquearon los muleteros empleados en las Brigadas.

 Al noveno, dixo que serán, poca más o menos, unas quarenta casas las que se han salvado, del incendio y las más y las mejores están situadas al pie del castillo, y se libertaron éstas seguramente, en concepto del testigo, porque las ocuparon los aliados para su alojamiento.(75)

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en ello, después de leído, se afirmó, ratificó y firmó, manifestando ser de edad de cincuenta y seis años, y en fe de todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Antonio Fernando de Yrigoyen.

 Ante mi, José Elías de, Legarda.

 (70) Fernando Antonio de Yrigoien Echeverría (en la partida de bautismo figura en ese orden su nombre), fue bautizado en la donostiarra parroquia de San Vicente Martir  el 30 de Mayo de 1757. Tenía una hermana menor, fruto del matrimonio de Nicolás Yrigoien Jaureguía y Cathalina Echeverría y Otamendi Zubeldia. Se casó el 4 de Mayo de 1781 en San Vicente con Fermina Gurbindo Juanisenea, con la que tuvo un hijo.

 (71)Tiene que tratarse de Vizenta Cruz Gurbindo, de 76 años de edad, hermana mayor de su mujer.

 (72) Ver pie de pág. nº12.

 (73)Los ingleses mencionaron varias veces como justificación por su fracaso del asalto del 25 de Julio a la ciudad, que los franceses habían incendiado las casas pegantes a las brechas. Este testimonio incide en este importante detalle, aunque aclara que no fue lo que ocasionó la total pérdida de la ciudad.

 (74)Sorprendente que intentaran quemar la Parroquia de San Vicente, cuando ésta era utilizada como Hospital de Sangre para sus propias tropas. Por este motivo, como ya  he señalado anteriormente, me inclino a pensar que se trata de un incendio fortuito.

 (75)Ver pie de página nº 23

 Testigo 15:

 Don Gabriel Serres (76), natural, vecino y del comercio de esta Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que las tropas aliadas, a luego que entraron en la Plaza, empezaron a saquear todas las casas y, además, cometieron las mayores atrocidades, como son matar y herir a muchos habitantes, y además violar a la mayor parte de las mugeres; que aún los franceses no se retiraron al castillo quando dieron principio a estos excesos; que al declarante, después de haberle quitado hasta todas las ropas que tenía a cuestas, le dieron muchos golpes y varios sablazos, que por su dicha, no pasaron los vestidos.

 Que el día primero de Septiembre no fue menos cruel para los pobres habitantes que, ya no teniendo dinero, comestibles ni cosa alguna para poder contentar a la tropa que entraba en sus casas, los maltrataban de tal modo que a muchos les quitaron las vidas y a los demás les dexaban estropeados; que el declarante, estando ya en la inteligencia de que cesaría ya el saqueo la noche del treinta y uno, fue sobre la cama a descansar un poco, por quanto no se podía tener sobre sus pies por los sustos que pasó, y, a cosa de las tres de la mañana, vinieron a su casa cinco yngleses y, habiéndole dicho que se levantase, luego lo hizo así; luego le pidieron dinero y, habiéndoles dicho, que no tenía, le amenazaron varias veces con la muerte, poniéndole las bayonetas en el pecho si no les entregaba al momento alguna cantidad; viendo lo qual y por evitar esta triste suerte, les dixo que para quando ellos baxasen de la segunda vivienda, vería de hallar alguna cosa, si acaso no dieron con algunos rincones en que tenía guardados unos reales; entonces le juraron, si para quando baxasen no tenía listo el dinero, le matarían a sablazos; en cuya vista, a luego que subieron al segundo piso, el declarante salió de su casa y fue a refugiarse a la casa de la Ciudad por quanto había guardia en la puerta.

 Que lo que hay de más fuerte es que a los soldados franceses, que cogieron prisioneros en la brecha y en las calles, los trataron con la mayor humanidad, pues los abrazaban y daban de beber, siendo así que a los habitantes, que, se sacrificaron por servir a los yngleses y portugueses que el enemigo cogió prisioneros el día veinte y cinco de Julio, dándoles todo lo necesario hasta hacer una requisición para recoger sábanas, camisas, etc. para los heridos y sanos y camisas de percal para los oficiales, los maltrataron en recompensa de estos servicios; que, además, es bien público y notorio que los habitantes de San Sebastián esperaban con la mayor impaciencia el día feliz de la entrada de sus aliados, pues, a luego que se apoderaron de la Ciudad, muchos salieron a las ventanas con mil aclamaciones de júbilo, pero muchos fueron víctimas, pues, en señal de agradecimiento, tiraron varios tiros y mataron a algunos de ellos; visto lo qual, los demás se apresuraron a cerrar las ventanas para evitar de seguir igual suerte, pero de nada sirvió esta medida, respecto a que derribaron las puertas de la calle con tiros de escopeta.

 Al segundo, dixo que, aunque le consta al declarante que mataron e hicieron a varios habitantes por haberlo oído decir a muchos, no sabe quiénes son, si no es los siguientes: el sacerdote don Domingo de Goycoechea, y doña Xaviera, que vivían juntos a la Plaza nueva (77), Jeanora, que vivía en la calle de la Trinidad, que tenía la Posada del suizo, y dos chocolateros, cuyos apellidos ignora; éstos fueron muertos por las tropas aliadas el mismo día de la entrada; y heridos los siguientes: Pedro Cipitria, sastre que vivía junto a San Vicente, el Andaluz, que vivía frente a la cárcel vieja, y el espadero, que vivía en la calle Mayor. Los dos primeros murieron a resultas de sus heridas, pero el tercero, según tiene entendido, se halla ya sano. (78)

 Al tercero, dixo que el treinta y uno de Agosto, quando entraron los aliados, no había fuego en la Ciudad hasta eso de las seis de la tarde, en que se notó que la casa de la señora viuda de Echenique (79), sita en los quatro Cantones de la calle Mayor, ardía; aunque el declarante no vio darla fuego, tiene entendido a varios de aquella calle que las tropas aliadas le pegaron fuego.

 Al quarto, dixo que, como el declarante estuvo huyendo para guardarse del mal trato que le daban (pues que a cada paso le querían matar), no vio pegar fuego a las casas, pero observó que, a luego que salieron cinco o seis soldados aliados de la casa número 7 de la Plaza nueva, la casa principió a arder.

 Además el relogero García, que estaba con el declarante en la casa de don José María de Soroa y Soroa, lo tiene dicho que, habiendo baxado al almacén, llegó a tiempo que iban a pegar fuego a la casa y que pudo conseguir el que el fuego no operase.

 Al quinto, dixo no puede decir nada sobre este capítulo.

 Al sexto, dixo que el declarante salió fuera de la Ciudad el día dos de Septiembre, no pudiendo ya aguantar el mal trato que le daban, pues, aun entonces, continuaba el saqueo lo mismo que el primer día, no sólo en la Ciudad, sino también a sus alrededores.

 Al séptimo, dixo que el declarante no vio tirar sobre la ciudad ninguna bomba, granada ni otros proyectiles incendiarios por las tropas francesas desde que se retiraron al castillo.

La casa donde se encontraba el testigo era una de la muchas propiedades de José María Soroa y Soroa, pero que desde ella hubiese podido ver como incendiaban la nº 7 de la Plaza Nueva, reduce las posibilidades a sólo una, la situada en la calle Narrica nº 242, esquina con la calle Íñigo.

Al octavo, dixo que no ha llegado a noticia del declarante el que ningún yndividuo de las tropas aliadas haya sido Castigado por los excesos cometidos en la Plaza de San Sebastián.

 Al noveno, dixo que las pocas cosas que se han libertado del incendio son toda la cera de la calle de la Trinidad por el lado del castillo y unas pocas casitas que hay desde el Pozo de la Plaza vieja hasta el Guartel de San Roque, pegantes a las Murallas.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado, en que, después de leído, se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, manifestando ser de edad de veinte y cinco años; y en fe todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (76)D. Gabriel Serres Lone fue bautizado en San Vicente Martir de Donostia el 19 de Marzo de 1789. Sus padres fueron Santiago Serres Marone, natural del pueblo francés de Monte Marsan y la donostiarra Josepha Xaviera Lone Lacarra. En total este matrimonio tuvo seis hijos.

Era uno de los principales proveedores de carne de la ciudad, regentando la Compañía “Serres Hermanos y Laffite”. También fue Síndico de la ciudad los años 1841 y 1842.

Falleció el 22 de Agosto de 1857, celebrándose sus funerales en la Basílica de Santa María de Donostia.

 (77) No se sabe con exactitud la casa que ocupaban. Me inclino a pensar que su asesinato se produjo en la casa propiedad de su hermano Juan Ramón, localizada en la C Puyuelo nº 331, aunque este lugar no sería de los más seguros durante los bombardeos de las brechas.

 (78) Ver pie de pág. nº12.

 (79) Tiene que ser un error. Es la casa propiedad de la Vda. de Echeverría.

Testigo 16:

 Don Domingo de Echave (80), testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que el testigo habitaba en la casa de la señora viuda de Cardon (81), desde donde, que es en la calle de Narrica, vio la entrada de las tropas aliadas a eso de la una del medio día del treinta y uno de Agosto y a los primeros soldados que vio y pidieron agua, hallándose todabía aún los franceses sin retirarse del castillo, les dio una herrada de agua que, por ser de Pozo, la mezcló con dos botellas de coñac, que vertió delante de los mismos en la herrada; y habiendo bebido dichos soldados y un oficial, a quien abrazó el testigo de gozo, le mandaron cerrar la puerta, corno lo hizo; que, de allí a rato, empezaron a tirar tiros y a batir las puertas y, habiendo abierto el testigo la de su casa, se echaron como leones sobre él, pidiéndole dinero, le arrancaron quanto tenía; subieron a las habitaciones, saquearon todo, rompiendo arcas, escritorios, caxones y quanto había; que, saliendo unos, volvían a entrar otros de modo que era un continuo fluxo y refluxo de soldados que entraban y salían. Que el testigo vio muchas veces expuesta su vida con el fusil al pecho, recivió golpes y especialmente dos culatazos que le duelen aún y un bastonazo en la cabeza; que, en el mismo zaguán y delante de un montón de mugeres, fue despojado hasta de la camisa, dexándole en cueros y que el otro día, a las tres de la tarde, salió sin camisa hasta Loyola, donde le prestaron otra.

 Que es imposible describir los horrores, atrocidades y violencias que los aliados cometieron aquella tarde, en su noche y día siguiente; que las mugeres fueron violadas sin respetar la ancianidad y la niñez, pues que dos ancianas conocidas suyas, que pasan de sesenta años, lo fueron y no pudo tampoco impedir el que, a vista del testigo, un sargento, que le parece era portugués, violase a una criada suia, de edad de diez y seis años, habiendo amenazado al deponente, que lo quiso estorvar, quitarle la vida con una lanza o alabarde que le puso al pecho; que sería nunca acabar el pormenorizar todos los actos de ferocidad cometidos por los aliados, cuyo furor no se aplacó ni el día siguiente, pues a las ocho de la mañana de primero de septiembre vio que mataron a un paysano en la calle de la Escotilla; que el

En la casa de Cardón fueron violadas no menos de tres mujeres, que tras sufrir ese ataque, murieron presas de las llamas en la bodega del inmueble. El testigo vio desde su casa como prendían fuego a la cercana casa de D. Manuel Joaquín Alcain, en el nº 286 de la calle Puyuelo (1). La casa del testigo corrió la misma suerte el día 1 de septiembre.

testigo pasó la noche en el texado a una con una muchacha que escapó como pudo de las garras de los aliados; que desde el texado, donde sin camisa recivió los aguaceros que cayeron, oía los alaridos y ayes lastimosos de las mugeres que eran violadas, heridas y maltratadas; y, por fin, por salir de aquel infierno y martirio continuo, resolvió a las tres de la tarde del primero de septiembre dexar la Ciudad, de donde salió envuelto en una saya vieja de su muger, coxo, estropeado y después de haber perdido en metálico, plata y alhajas unos ochenta mil reales.

 El segundo, dixo que serán como unas veinte las personas conocidas del testigo que han sido muertas, entre ellas el respetable eclesiástico don Domingo de Goycoechea, cuyo cadáver vio en su casa, en medio de otros dos muertos, y las personas heridas son innumerables. (82)

 El tercero, dixo que quando entraron los aliados no había fuego en el cuerpo de la Ciudad, sino en las ruinas de una casa pegante a la brecha, de la que no pudo comunicarse por ningún estilo, por hallarse todas las de aquellas inmediaciones quemadas en el primer incendio de Julio; que el treinta y uno, a la tardeada, notó fuego el testigo en el centro de la calle del Puyuelo, en la casa, en concepto del testigo, perteneciente a don Manuel Joaquín de Alcain (83), y que un soldado ynglés, monstrándole con el dedo dicho fuego, le dijo las palabras siguientes: “¿Ves aquella casa quemar? Pues todas así mañana!”. Y, en efecto, sucedió así, pues que a la mañana siguiente vio dar fuego a unos soldados yngleses a la casa de don José Cardón, donde habitaba el deponente, sita en la calle de Narrica, y, habiéndose ensayado a apagarlo, observó que el fuego era dado con mixtos que se contenían en unos cucuruchos o cartuchos gordos, y era tan activo que por más ensayos que hizo no pudo apagarlo. Que el fuego se aplicó por el almacén entablado; de consiguiente no tiene la menor duda en que los aliados fueron los que incendiaron la Ciudad, lo que confirma el no haberse practicado diligencia por ellos para cortar el fuego.

 Al quarto, dixo que en el capítulo precedente tiene dicho a qué casa vio dar fuego y todo lo demás que abraza esta pregunta.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que, por haber ido el testigo a luego que salió a la villa de Tolosa, distante cuatro leguas, y no puede dar razón sobre este capítulo.

 Al séptimo, dixo que mientras estubo dentro de la Plaza no tiraron los franceses bombas, granadas ni otra cosa incendiaria sobre la Ciudad desde que se retiraron al castillo, lo que hubiera visto el deponente por haber pasado la noche en un texado muy alto.

 Al octavo, dixo que ni vio ni ha oído que ningún soldado haya sido castigado por los excesos cometidos en la ciudad, contrario, que se acuerda bien que, teniendo entre tres soldados en un zaguán de la calle de Ynigo a una muchacha violándola, se quejó una vieja a un oficial ynglés y le pidió auxilio para libertar a la muchacha de aquellas violencia, pero el oficial, lexos de auxiliarla, la despidió diciendo que los dejase, que no matarían a la moza y que callase.

 Al noveno, dixo que no sabe quántas son las casas que se han salvado del incendio, pero sí que las más y las mejores están situadas al pie del castillo.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en ello se afirmó, ratificó y firmó, después de su merced, manifestando ser de edad de cincuenta y cinco años, y en fe de todo, yo, el Escribano, Yturbe.

 Domingo de Echave.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (80) D. Domingo de Echave Areiza nació hacia 1759 en Andoain (No se conserva el libro de bautizados de Andoain de los años 1752-1792). Eran sus padres Manuel Echave y María Josefa Areiza, de profesión labradores. Se casó con Francisca Antonia Egües, con quien vivía en la C/ Narrica nº 280.

Su mujer falleció en 1823 con 75 años de edad, y él en 1841 con 82, y su fuenral de celebró en la Parroquia de San Vicente Martir de Donostia. (Murugarren, L. 1813. San Sebastián Incendiada por Británicos y Portugueses).

 (81)La casa propiedad de Cardón donde vivía el testigo con su mujer era la número 280 de la C/ Narrica.

 (82) Ver pie de pág. nº12.

 (83)La casa propiedad de D. Manuel Joaquín Alcain era la nº 286 de la C/ Puyuelo.

 Testigo 17:

 Don José Vicente Soto (84), testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que, quando entraron las tropas aliadas la tarde del treinta y uno de Agosto, se hallaba en su casa, sita en la esquina de la calle Mayor, conocida con el nombre de la viuda de Soto y Echeverria (85); que, a luego que entraron, empezaron a disparar tiros a las ventanas, balcones y, por haberse asomado un poco a la ventana, le tiraron tres balazos; que desde ella vio que hicieron prisioneros a tres franceses, dos del Regimiento número 62 y uno de Zapadores, a quienes dieron de beber ron y les recibieron con los brazos abiertos; que el testigo, así como otros muchos, recibió a los aliados con el mayor gozo y buena voluntad, les ofreció y dió a beber, pero éstos empezaron a pedir dinero, a robar, saquear y golpear, y, habiéndole quitado al deponente quanto tenía, acometiéndole con puñales y poniéndole al pecho fusiles con el gatillo levantado y, por último, habiéndole pedido cincuenta duros que no tenía, les persuadió que le acompañasen a casa de un amigo a pedirle dinero por no tener él un quarto y, en efecto, para aquel momento le arrancaron ya veinte mil reales y la ropa que tenía puesta; que, sin sombrero y en camisa, fue por todas las calles, seguido de un sargento portugués que venía por los cincuenta duros, y se refugió en la casa de la Ciudad, en la que había un guardia respetable y a donde no dexaron subir al sargento; que allí pasó toda la noche y oió los gritos y lamentos de las mugeres que eran violadas y maltratadas; que, estando el deponente en la casa Consistorial, entró a refugiarse en ella el respetable anciano don Miguel Miner (86) en cueros, sin más que los calzones; finalmente, que no hay quien pueda explicar los horrores de aquella noche y por fin salió de la Ciudad a las nueve de la mañana de primero de Septiembre, habiendo perdido toda su fortuna y hasta su ropa.

El testigo 17 habitaba la primera de las casas incendiadas, la de la Vda. de Soto en la calle Mayor nº 541, desde la que vió como los aliados apresaban a dos franceses del 62º regimiento de infantería de línea y a uno de zapadores (1), que se retiraban hacia Urgull por la calle Escotilla . Cuando escapó del maltrato que sufrieron los de la casa se dirigió al Ayuntamiento (2)

Al segundo, dixo que no sabe quántas son las personas muertas, solamente recuerda del presbítero don Domingo de Goycoechea, de doña Xaviera Artola, José Larrañaga, Vicente Oyanar, Bernardo Campos y el chocolatero Felipe Plazaola, que lo enterró su propia muger, el fondista Jeanora; los heridos que recuerda son Joaquín Santos de Elduayen, hombre muy anciano que aún no ha sanado, y otras muchas personas que no es fácil averiguar por hallarse esparcidas todas las familias de San Sebastián.(87)

 Al tercero, dixo que, quando entraron los aliados en la Plaza el treinta y uno de Agosto, no había fuego en la Ciudad y la primera vez que vio el deponente fue en su propia casa al tiempo que baxaban con un sargento portugués por las cincuenta duros y se marchó a la casa de la Ciudad; pues entonces, que serían entre seis y siete de la tardeada, vio que soldados yngleses y portugueses, estaban dando fuego por el almacén y la tienda, y debió ser tan activo el fuego que a los tres quartos de hora vino a la casa Consistorial el Alcalde Bengoechea y le aseguró que estaba ya abrasada su casa y ardiendo las inmediatas.

 Al quarto, dixo que se remite al capítulo precedente y que en quanta a los combustibles no puede decir otra cosa, sino que les vio en las manos una especie de paquete, como de cartuchos, y una cosa, que parecía mecha.

 Al quinto, dixo que ignora su contenido.

 Al sexto, dixo que ha oído decir que, días después del asalto, se cometieron robos y violencias en la Ciudad y sus inmediaciones, y vio el deponente, quando salió, que en la Puerta los centinelas robaron a unas mugeres los pañuelos con que cubrían los pechos y el dinero que llevavan.

 Al séptimo, dixo que, mientras estubo el deponente en la Ciudad, no tiraron los franceses cosa alguna incendiaria sobre ella desde que se retiraron al castillo ni ha oído que hubiesen tirado después que salió el testigo.

 Al octavo, dixo que no ha oído que ningún soldado hubiese sido castigado por los excesos cometidos en San Sebastián.

 Al noveno, dixo que no sabe de positivo quantas son las casas que se han salvado del incendio, pero sí que son bien pocas y que las más están situadas al pie del castillo.

 Y todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado, en que se afirmó, ratificó y firmó, manifestando ser de edad de diez y ocho años, y en fe de ello firmo yo, el Escribano. Yturbe.

 José Vicente de Soto.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (84)Murugarren dice en “1813. San Sebastián incendiada por Británicos y Portugueses”:

      Para aquel tiempo sólo hemos hallado dos familias Soto: La de D. Tomás, que casó con la donostiarra Doña María Josefa Sost Arzebiscaray, en 1786 (y de quienes no consta descendencia en la parroquia de San Vicente hasta 1811), y la del gallego Don Manuel, que nació en 1788 y en Vivero, y que casó con la donostiarra Doña Patricia de Mancilla.

 (85)C/Mayor nº 541

 (86)Joseph Antonio Miguel Miner Ynchausti, donostiarra bautizado el 9 de Enero de 1738 en San Vicente Martir, contaba 75 años de edad en el momento de la tragedia. Sus padres se llamaban Domingo y Juachina (sic). Fue uno de los firmantes del manifiesto de 1814. Falleció el 10 de Octubre de 1816, celebrando sus funerales en San Vicente.

 (87) Ver pie de pág. nº12.

 Testigo 18:

 Don Juan José de Garnier Remón (88), vecino de esta, Ciudad, testigo presentado y jurado, siendo examinado al tenor del ynterrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que la conducta de los aliados el día del asalto y los siguientes fue la más fatal y escandalosa, según se dice, egecutaron en otras familias en quanto a violencias de mugeres y saqueo general.

 Que, por lo que toca a la persona del testigo, declara que, habiéndose empezado el tiroteo dentro de la ciudad entre yngleses, portugueses y franceses, un oficial ynglés, herido, le pidió vendage para curarse, se lo hechó por el balcón y le dio gracias; que, de allí a rato, otro oficial portugués le pidió un poco de aguardiente, cuyo auxilio le subministró prontamente y sin reparar en ningún peligro. Que baxó las escaleras con una botella y vaso, acompañado de un vecino de la segunda habitación de su casa, mas, antes de llegar a la puerta de la calle, que la tenía cerrada, oyó un tiro de fusil, que tiraron para abrirla, y entiende serían los portugueses, porque entonces no había franceses en la calle, que abrió la puerta y, con la mayor precipitación, se introduxo una porción de tropa portuguesa la que, habiéndole quitado tres dientes de un culatazo de fusil, le siguieron sacudiéndole sablazos hasta que llegó a la quarta habitación y, en aquel sitio le obligaron a que diese dineros y, en efecto, entregó los que tenía, mientras que los compañeros se entretenían en romper armarios, papeleras, caxones y demás muebles en que creían poder hallar interés para saziar su injusta codicia.

 Que en esta, primera ocasión se llevaron todo lo más precioso de su casa, con inclusión de la mejor ropa, y en su cuarto, donde tenía su escritorio y papeles de correspondencia y documentos importantes, como escrituras de imposiciones, testamentos, legados y mandas a favor de los herederos de su familia, los quales, por haberlos maltratado, tirándolos y pisándolos, se perdieron todos, cuya pérdida es la más sensible para el testigo y sus interesados, como se puede deducir.

 Que, a la noche, que fue horrorosa por los alaridos que se oían de todas partes, se refugieron a su casa, al abrigo de un oficial que se alojo en ella, varias familias de las vecindades; y, por fin, quando vio arder su casa, salió de la Ciudad el primero de Septiempre por la mañana, aunque volvió el día dos a ver si podía sacar algo.

 Al segundo, dixo que, en quanto a muertos y heridos en esta fatal desgracia, aunque ha visto muchos de una y otra clase y de entrambos sexos, no puede asegurar el número fixo, sólo dirá y atiende que serán más de lo que algunos creen por hallarse muchos de estos infelices envueltos en las ruinas que causó el incendio. (89)

 Al tercero, dixo que el primer fuego que notó fue, cerca de su casa, en la de la viuda de Soto o Echeverría y fue causado por los yngleses y portugueses; y que, habiendo preguntado al coronel ynglés del Regimiento número 38 (90) por qué dieron fuego a dicha casa, le contexto que porque rezelaban habría alguna mina.

 Al quarto, dixo que, además de la dicha, las casas que vio arder, al romper el día primero de Septiembre, desde la guardilla de la suya, fueron azia el centro de la Ciudad, sin poder asegurar con qué mixtos incendiaron y, como los franceses en aquella hora estaban en el castillo, deduce que las incendiaron los aliados; que, a la mañana, estando en su casa, vio que echaban mixtos y que antes de media hora, empezó a arder toda la casa, aun desde los almacenes baxos, hasta lo más alto y que con tanta prontitud se aumentaba el incendio, que sólo tubo lugar de tomar el capote y escapar a la calle, abandonándolo todo con deseos de salvar la vida.

 Al quinto, dixo que, aunque andubo por la Ciudad, no observó que ningún ynglés ni portugués trabaxase en apagar el fuego y, aunque el testigo se presentó en la Plaza vieja al General ynglés a pedirle auxilio, le contextó que no podía por entonces.

 Al sexto, dixo que a los tres o quatro días del asalto robavan los aliados a todos los paysanos, hombres y mugeres, que salían de la Ciudad, todo lo que llevavan oculto y descubierto habiendo sido el testigo robado en tres ocasiones que salió con algunas cosas que el primer día pudo salvar del pillage.

El testigo 18 presenció todo desde la casa nº 81 dela calle Mayor, hasta que vió que fue incendiada (2) durante la madrugada del día 1. Allí sufrió los robos y maltratos de los aliados. Coincide con los demás testigos en que la primera casa incendiada fue la de Soto (1). Cuando abandonó su hogar fue a la Plaza Vieja, donde pidió ayuda al General Inglés, que suponemos fuese Andrew Hay (3).

Al séptimo, dixo que, desde que los franceses se retiraron al castillo, no dispararon ni un tiro sobre la Ciudad.

 Al octavo, dixo que no ha visto imponer más castigo que el de unos pocos palos o baquetas, que, a los tres o quatro días después del asalto, dieron en la Plaza Vieja a un ynglés, no sabe por qué motivo.

 Al noveno, dixo que las casas que se han libertado del incendio son las que hay desde el muelle, línea recta, hasta la Parroquia de San Vicente, situadas al pie del castillo, y que sabe su número por no haberlas contado.

 Todo lo qual declaró por cierto baxo del juramento prestado en que se afirmó, ratificó y firmó, asegurando ser de edad de cincuenta y dos años cumplidos, y en fe de todo, yo, el Escribano. Yturbe.

 Juan José Garnier Remón.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (88) Juan José Garnier Remón, seguramente sea un vecinodedicado al comercio, procedente de San Juan de Luz (Francia). Falleció el 23 de Marzo de 1845, y sus funerales se celebraron en la Basílica de Santa María.

 (89) Ver pie de pág. nº12.

 (90) Del 38º de Infantería de Línea británica había tres mandos importantes en San Sebastián. Eran los Tenientes Coronel Hon. John Thomas Fitzmaurice Deane (Lord Muskery) y Edward Miles. Descarto a este último al haber resultado herido en el ataque del 31 de Agosto, y al primero por su graduación, presuponiendo que el testigo distinguía correctamente las divisas de grados británicas.

De esta manera, por descartes, se trataría del Hon. Charles James Greville, Coronel Provisional del 38º de Infantería de Línea desde el 4 de Junio de 1813, y veterano de la campaña de Walcheren (1809).

Sirvió en las Campañas Peninsulares de Agosto de 1808 a Enero de 1809, y de Junio de 1812 hasta Abril de 1814. Perteneciente al Estado Mayor de la 5ª División de Julio de 1812 hasta Octubre de 1813.

Estuvo presente en las acciones de Roliça, Vimeiro, La Coruña, Castrejón, Salamanca, Burgos, Villamuriel, Osma, Vitoria, San Sebastián, Paso del Bidasoa, Nivelle, Nive y Bayona.

Condecoraciones:       Mencionado en los Despachos por el ataque a la brecha de San Sebastián del 25 de Julio de  1813.

                                         Medalla de Oro por Roliça, Vimeiro, La Coruña, Salamanca, Vitoria, San Sebastián  y Nive.

                                         Caballero de la Orden del Baño.

Falleció en 1836.

Testigo 19:

 Don Juan Bautista de Azpilcueta (91), testigo presentado y jurado siendo examinado al tenor del interrogatorio, declaró como sigue:

 Al primero, dixo que el treinta y uno de Agosto, a cosa de las dos de la tarde, se posesionaron los aliados del cementerio de Santa María, donde vivía el testigo, cuyo puesto abandonaron los franceses después de una resistencia de un quarto de hora, retirándose en tal desorden al castillo que, en concepto del declarante, si los aliados los persiguen en seguida, se hubieran apoderado de él, pero se contentaron con quedarse en este puesto y observó desde el resquicio de su ventana que a una infeliz muger, que salió a la suia y victoreó a los yngleses, inmediatamente le dispararon fusilazos desde el cementerio y no sabe si murió, porque al instante cerró el resquicio el deponente.

 Que para dar una idea de la conducta de los aliados referirá lo que le consta y sabe de positivo ocurrió en cierta casa donde vivía un sacerdote con tres señoras y una criada, todas de mayor edad, pues la que menos no baxa de quarenta años; que, después de haber derribado las puertas de dicha casa, entraron los aliados en ella, al medio día del treinta y uno de Agosto, la saquearon toda hasta que al pobre cura le pusieron en cueros y desde el mismo cuerpo le arrancaron tres o quatro cartuchos de orillos y doblones de a quatro, y le dexaron en esta forma quando, a cosa de las quatro de la tarde, se presentó en dicha casa un oficial de los aliados y, compadecido de toda esta gente, les ofreció su protección, tomando por apunte el nombre de la casa, quedando corriente en venir a dormir a ella; que en todo este intermedio hasta la noche fue esta casa depósito de lo que robaban en otras y donde se hacían las reparticiones.

 Que, a cosa de las seis de la noche se refugiaron a esta casa siete mugeres por el fuego que tenían en las suyas, habiendo sido también despojadas de todo quanto tenían; que estaban todas juntas en la cocina, muy contentas de haber salvado la vida, pero siempre teniendo a ocho soldados que sobre los colchones estaban en la sala; que, a eso de las ocho de la noche, llegó el oficial ya citado y, preguntando por el padre cura, a quien saludó, dixo que venía a cumplir su palabra y que no tubiesen cuidado, con lo que todas las mugeres quedaron muy contentas; que, de allí a un rato, pidió le pusiesen una gran cama y dixo que necesitaba para sí una concubina, señalando una de las mugeres que estaban allí; que le contestaron no había sábanas y, habiendo estado pensativo un rato, se marchó sin decir nada, dexando a todas las mugeres y al cura en medio de los ocho soldados, quienes a eso de las diez de la noche apagaron quatro luces que había encendidas, pusieron un centinela en la puerta de la calle y dieron principio a la violación de todas, como lo executaron, incluso una muchacha de once años y una muger de sesenta y dos, y se dexa inferir lo que sufriría el espíritu del infeliz sacerdote a vista de estas violencias; que por fin, a cosa de la una, dos oficiales que pasaban por la calle, compadecidos, de los lloros y gritería de estas gentes, subieron a la casa y sacaron a todas, a una con el sacerdote, de las manos de aquellos leones y las trasladaron a la Casa de la Ciudad.

 Que el testigo tenía la puerta de su casa bien atrancada y se mantuvo así toda la tarde y noche del treinta y uno sin quererla abrir, aunque dispararan a la puerta veinte y ocho fusilazos; que toda la tarde y noche estubo sintiendo en todas las vecindades gritos de mugeres y niñas que clamaban pidiendo socorro y que los aliados disparaban muchos tiros de  fusil dentro de las casas, lo que le tenía bastante acobardado y en no ver en la calle ni un habitante de la Ciudad.

 Que el día primero de Septiembre, a eso de las siete de la mañana, sintió golpear la puerta de su casa y que le llamaban por su nombre y, habiendo conocido la voz de don Manuel Renart (92)y que le decía quería alojarse en su casa el Mayor del Regimiento número 9, baxó inmediatamente a abrir la puerta y la primera salutación que le hizo fue darle con mucha furia un rempujón y reconvenirle porque tenía la puerta y ventanas de su casa cerradas, y, habiéndole contextado que por los desórdenes que no ignoraba y habiendo reconocido toda la casa, se marchó sin decirle palabra, dejándola toda abierta de par en par; que, apenas salió éste, llegaron dos capitanes del número 9 a pedirle por favor les permitiese entrar a almorzar, a que condescendió con gusto, como también a la súplica que le hicieron de quedar alojados en su casa, rogándoles pusiesen un centinela en la escalera para evitar el que entrasen los soldados a robar, y, colocada dicha centinela, despidió a muchísimos que subieron por la escalera con ese fin; que se mantuvo así, con su familia, hasta el dos a la mañana, en que, viendo que el fuego era grande y que nadie acudía a apagarlo, hizo salir de casa y que siguiesen la suerte a su madre, de ochenta y cinco años, a su hermana y criada, quienes con una multitud de trabajos pudieron llegar a un caserío del Antiguo; que el testigo quedó solo en casa con los capitanes y quatro asistentes hasta el quatro de Septiembre a las doce del medio día, en cuya hora relevaron el Regimiento número 9 (93)y entraron en su casa veinte y dos soldados, y, entre ellos (lo que le admiró más) dos oficiales, que no reparó el número de su Regimiento, que le empezaron a maltratar y golpear fuertemente; que el deponente, viéndose ultrajado y bastante estropeado, tomó en brazos a un perrito y una manta al hombro, apretó a correr fuera de casa y, recibiendo en la calle infinitos puñetazos y culatazos de fusil que le daban los soldados, pudo llegar a la Puerta de tierra, de donde apenas iba a salir le despojaron de la manta, perro y algún dinero que llevava, dexándole sin nada, pero contento y dando gracias a Dios de haber salido de las manos de aquellas fieras.

 Al segundo, dixo que ha oído a varios que han sido muchos los muertos y heridos, pero no recuerda quiénes son. (94)

 Al tercero, dixo que el testigo notó el incendio por primera vez el treinta y uno a la noche, en la calle del carbón o Juan de Bilbao (95), y que el día primero de Septiembre a las ocho de la noche, habiendo subido a la azotea de su casa, vio que ardía el Pueblo por siete u ocho parages, y se conocía claramente, según los puestos que estavan ardiendo que los aliados, desde afuera, trahían ya destinados los puntos a que debían dar fuego; que no hay género de duda que el incendio fue causado por los aliados, pues que el dos, a cosa de las diez de la mañana, estando el testigo en el balcón de su casa con uno de los capitanes que tenía alojados, hablando sobre el mucho fuego que se veía, le dijo, si podía, buscase una habitación en la cera de casas que se han salvado e la calle de la Trinidad o San Telmo y se trasladase allí, a que preguntó el deponente que, aun quando encontrase casa en aquel parage, quién le había de trasladar los muebles, le contexto el capitán que sus soldados nada se podía fiar, porque le

No conocemos la casa exacta del testigo, pero señalo su posición aproximada dentro del círculo rojo. El número 1 señala el atrio de Santa María, lugar donde se produjo una tenaz resistencia de cerca de 15 minutos por parte francesa, para dar tiempo a que se retiraran las tropas que defendían las posiciones avanzadas del frente de tierra, hacia la fortaleza de Urgull. Menciona varios fuegos dados por los aliados, coincidiendo con varios testigos en el de la casa nº 6 de la Plaza Nueva, que se originó en su parte trasera perteneciente a la calle Juan de Bilbao.

robarían todo, pues eran las peores cabezas que tenía la Inglaterra (96), que no obedecían ni la misma oficialidad; de cuya conversación infirió que debía ser abrasada toda la Ciudad menos aquella cera de casas que las conservavan para defenderse del castillo y del fuego de fusilería que podían hacer los franceses desde los caminos cubiertos (97). Que, hablando con este mismo oficial sobre el origen de tanto fuego, dijo que la tropa embriagada era la que daba fuego a las casas por hacer daño y que no se podía remediar.

 Al quarto, dixo que lo que puede decir es que vio la calle Mayor pasar de una cera a otra dos sargentos, uno con tizón encendido en la mano derecha y en la izquierda una especie paquete bastante grande y el otro con otro paquete que apretaba con las dos manos al pecho, los quales entraron en las casas del Palacio del Marqués de Mortara y no sabe de qué modo las incendiaron, pues que hubiera sido muy arriesgado el ir a verlo. Que observó también, a la noche, que de algunas casas de las incendiadas, a una con la llamarada, salían y se elevavan a bastante altura, ciertas llamas anchas como la palma de la mano, a la manera de aquellos cohetes que despiden una porción de luces.

 Al quinto, dixo que no sabe si los aliados impidieron apagar el fuego, pero que ellos mismos, a haber querido, podían haverlo cortado, como lo hicieron en Santa Teresa, pues que el dos, a la noche, un capitán de sus alojados, que estubo de guardia, aseguró que aquella noche se posesionaron de Santa Teresa, convento situado al pie del castillo, el qual lo evacuaron los franceses a resulta de haberse incendiado por las muchas bombas y granadas que tiraban los aliados, y los yngleses, porque no se quemara hicieron traher inmediatamente unos quarenta zapadores que instante apagaron el fuego.

 Al sexto, ,dixo que ignora su contenido, porque desde su salida no ha vuelto a pisar la Ciudad.

 Al séptimo, dixo que los franceses no tiraron de que se retiraron al castillo bombas, granadas ni otra cosa incendiaria ni podían tirar, porque un capitán francés del número 1 (98), que estaba alojado en su casa, le aseguró el treinta que en el castillo se les concluyeron o tenían muy pocas granadas y que las esperaban de San Juan de Luz.

 Al octavo, dixo que a ningún soldado aliado vio castigar por los excesos que cometieron, antes bien vio desde el balcón de su casa que los soldados, delante de dos Generales yngleses que estaban en el cementerio de Santa María, iban a dicha Yglesia a depositar los fardos de lo robado y que, delante de ellos mismos, rompieron los soldados tres pianos, espejos y otras muchas cosas que traxeron a aquel puesto; que dichos Generales veían a varios soldados vestidos de curas, a otro con uniformes bordados y de otras mil maneras, y no vio que les castigasen ni tornasen providencia alguna; que advierte que ha asegurado que dichos oficiales, en cuya presencia pasó lo que lleva referido, eran Generales, porque así le dijeron sus alojados, pues que el testigo no conoce las divisas de los yngleses, pero recuerda muy bien que el centro de los sombreros tenían lleno de Plumas blancas.

 Al noveno, dixo que no sabe quántas son las casas que se han salvado del incendio; pero sí que casi todas están situadas al pie del castillo.

 Todo lo cual declaró por cierto baxo del juramento prestado y en él se afirmó, ratificó y firmó después de su merced, asegurando ser de edad de treinta y ocho años cumplidos, y en fe de todo, yo el Escribano. Yturbe.

 Juan, de Azpilcueta.

 Ante mí, José Elías de Legarda.

 (91) Existe una partida de nacimiento de la parroquia de San Vicente, con fecha 2 de Febrero de 1800, de una hija natural llamada Juana Josefa Ángela Azpilcueta Yrigoyen (Fallecida en 1817), cuyos padres son Juan Azpilcueta Yribarren y Josefa Yrigoyen Echeverría. No tengo la certeza absoluta, pero por fechas, el testigo tendría en ese momento 25 años, pudiendo ser el padre.

 (92) Testigo nº 70

 (93) El regimiento nº 9 estuvo involucrado en el ataque contra el convento de Santa Teresa, en el que los franceses, desde el 31 de Agosto por la tarde, se habían atrincherado en los pisos superiores. Entre el día 2 y 3 lo abandonaron voluntariamente, ante la sospecha de que los aliados hubiesen preparado una mina en sus pisos bajos con la intención de volarlo, y terminar con la resistencia francesa.

      En la pregunta 5ª de este testimonio, el oficial que dormía en casa del testigo afirma que lo hicieron por la proliferación de un incendio en el edificio, que posteriormente apagaron los británicos. Puede ser el único caso, en toda la ciudad, de un solar en el que los aliados procedieron a apagar el fuego. El motivo es evidente, era tácticamente muy importante su conservación.

 (94) Ver pie de página nº 12.

 (95) Se refiere a la casa de la Plaza Nueva nº 6 propiedad de la Vda. de Barbot, que fue incendiada desde su parte trasera de Juan de Bilbao.

 (96)Los oficiales británicos, al igual que el mismísimo Lord Wellington, tenían en muy baja estima a sus hombres, calificándolos siempre como delincuentes y deshechos de la sociedad.

 (97) Coincide la declaración de este testigo con mi defensa sobre la verdadera razón por la que los británicos conservaron esa línea de casas, en la que insisto en que es un error afirmar que fue únicamente por alojar a los mandos aliados. La razón fue táctica, sirviendo de defensa ante un contraataque francés y de línea de contención entre los dos bandos.

 (98) Cuatro son los Capitanes del 1º de Infantería de Línea que podrían ser el mencionado por el testigo: Gauthier, Jean Marie Roch, Gouffé, Etienne Jean Claude, Jumel, Pierre, o Letang, Jacques. Este último resultará gravemente herido en la cabeza por la explosión del depósito de munición francés de la brecha.

 

FDO. JOSÉ MARÍA LECLERCQ SÁIZ